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Rafael Lapesa

Semblanza de un maestro en el centenario de su nacimiento (1 de 2)

María Teresa Echenique

Rafael Lapesa recibió la formación escolar en el seno familiar; sus hermanas mayores se encargaron de enseñarle a leer y escribir, siendo así que su padre regentaba colegios privados en tierra valenciana durante su niñez. Quizá por ello la tarea de enseñar a otros estuvo impregnada de veneración, de donde nació su máxima con la que infundía ánimos a los discípulos noveles enfrentados con temor a su nuevo quehacer: «Cuando se tiene que enseñar a otros es cuando se aprende de verdad».

Estuvo siempre muy vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, lo que explica que la coeducación fuera para él un hecho natural; por ello mismo, jamás hacía distinciones por razón de la naturaleza masculina o femenina de sus colaboradores. Esta consideración igualitaria se ponía de manifiesto al referirse a figuras femeninas de relieve, como Margot Arce o M.ª Rosa Lida: en su boca, esos nombres adquirían la misma sonoridad que los de Dámaso Alonso o Navarro Tomás. De igual raíz nacía su modo respetuoso de entender el mundo y las relaciones humanas, fundado en la mesura y corrección más afables que cabe imaginar. Era un hombre bueno, y su bondad forma también parte de su legado.

Su actividad en el Centro de Estudios Históricos le brindó la oportunidad de tener dos maestros, Américo Castro y Menéndez Pidal, de quienes se reconoció siempre discípulo. En 1930 ganó oposiciones a Cátedra de Instituto, pero pidió excedencia para continuar en el Centro de Estudios Históricos como colaborador; allí, en la sede de la calle Almagro, permaneció hasta 1932 dedicado a la elaboración de un glosario del español primitivo, al tiempo que ayudaba a Menéndez Pidal en trabajos sobre la épica y el Romancero. De 1930 a 1932 sustituyó en la Facultad de Filosofía y Letras a Américo Castro en su estancia como embajador en Berlín, y a partir de 1932, al regreso del maestro, le fue confiado un curso introductorio de Historia de la Lengua española como profesor ayudante. En 1932 reingresó a la Cátedra de Instituto. Su destino fue Oviedo, si bien permaneció en Madrid en el Instituto Calderón de la Barca, pasando durante el comienzo de la guerra al también madrileño Lope de Vega.

Durante la guerra desempeñó el mismo papel profesoral. Fue después movilizado y enseñó a analfabetos como «miliciano de la cultura» (según palabras propias, en entrevista concedida a Magdalena Velasco Kindelan para el Boletín del Ilustre Colegio oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias, marzo-abril de 1985). Desempeñó un papel equiparable al de Secretario de lo que quedaba del Centro de Estudios Históricos, con el fin de mantener contacto con la Junta para Ampliación de Estudios, que había pasado a Valencia, donde estaba Dámaso Alonso, pero la Guerra Civil le apartó de cuanto se había ido construyendo en torno a sus maestros y le llevó a constituirse en solitario eje orientador del estudio histórico integral de la lengua española.

Tras la guerra le fue negada la renovación del nombramiento de profesor ayudante en la Facultad. Tras unos meses en el Instituto Beatriz Galindo, a consecuencia de la depuración pasó a su Cátedra de Oviedo con sanciones que luego fueron borradas. De Oviedo se trasladó a Salamanca, donde estuvo de 1942 a 1947 (en la Universidad contó con alumnos como Manuel Alvar, Tomás Buesa o Carmen Martín Gaite), fecha en que ganó la Cátedra de Gramática Histórica (denominada luego Historia de la Lengua Española) de la Universidad Central de Madrid, de la que había sido titular Américo Castro. Desde entonces repartió su tiempo entre la Universidad y la Real Academia Española, con algunas salidas al extranjero: cinco años en Estados Unidos entre el 48 y el 60, sobre todo en las Universidades de Princeton, Harvard, Yale, Berkeley y Wisconsin; después, en universidades europeas e hispanoamericanas, principalmente Argentina y México. Se jubiló en 1978, si bien continuó impartiendo cursos monográficos en el Colegio Libre de Eméritos. Dictó un curso sobre Morfosintaxis histórica como Profesor invitado en la Universidad Autónoma de Madrid (1984-85).

Su paso por el Centro de Estudios Históricos, donde se incorporaban a gran velocidad los nuevos métodos europeos de investigación filológica, le permitió trabajar codo con codo con colegas de la talla de Tomás Navarro Tomás, Dámaso y Amado Alonso, y tantos otros (muchos de los cuales venían de países extranjeros a investigar allí), lo que le proporcionó una sólida formación. La concepción integral de la Filología emanada del Centro le confirió la amplitud intelectual necesaria para dedicar con igual maestría trabajos esenciales a la obra de literatos insignes como Garcilaso o el Marqués de Santillana, a autores desde Berceo a nuestros días, así como a poetas y prosistas de ayer y de hoy, y otros a la historia de la lengua, la morfosintaxis histórica o el léxico. Todo ello encontró reflejo en su magisterio en el aula, que enriquecía con el resultado de sus últimas contribuciones. Los autores literarios americanos, por una parte, y la lengua española en América, por otro, fueron siempre objeto de atención preferente. No está de más recordar que, a sus casi noventa años, dictó en el Colegio Libre de Eméritos de Madrid un curso titulado «Modernismo: Rubén Darío», dentro de una serie de ellos dedicados al comentario de textos, materia para la que demostró dotes excepcionales, que año tras año transmitía en clase a sus alumnos.

Cubierta de la primera edición de la «Historia de la lengua española»

Primera edición de la Historia de la lengua española.

(Biblioteca Valenciana. Biblioteca Rafael Lapesa.) (T)

Cubierta de la novena y última edición de la «Historia de la lengua española»

Novena y última edición de la Historia de la lengua española.

(Biblioteca Valenciana. Biblioteca Rafael Lapesa.) (T)

Medalla de la Orden de Andrés Bello

Fotografía de Rafael Lapesa tomada el día de su boda, según nota explicativa de su propia mano al dorso.

(Colección particular.)

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