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Rafael Lapesa

Lapesa en la Academia (1 de 4)

Pedro Álvarez de Miranda

Verano de 1927. Un joven de 19 años se incorpora, llevado por quien ha sido su profesor de Latín en el instituto, a una sala de la Real Academia Española. Se trabaja allí en la preparación de una obra que va a llamarse Diccionario histórico de la lengua española. La tarea del joven aprendiz consiste en copiar textos previamente seleccionados que respaldan las definiciones de cada palabra o acepción. Su instructor es un hombre de cierta edad, menudo, que musita sentencias con aire misterioso. Sorprendido de que el alevín de lexicógrafo se atreva a cuestionar, en ocasiones, la adecuación de un texto al significado que se le atribuye, y a proponer otra interpretación, aquel gnomo bondadoso le espeta: «Usted será académico algún día».

Pero la asistencia del joven a aquel taller dura muy poco. En septiembre de ese mismo año otro profesor suyo, en este caso de la universidad, le ofrece un puesto de becario en el Centro de Estudios Históricos (hay una plaza vacante, provocada por el fallecimiento en trágico accidente de un joven y prometedor dialectólogo). El recién licenciado acepta, y al poco está trabajando, a las órdenes nada menos que del director del Centro, en tareas que, casualmente, son también lexicográficas: la elaboración de un glosario de las voces romances presentes en los documentos que sustentan la gran obra de investigación que el maestro acaba de dedicar al momento auroral de la historia del idioma.

Desvelar el elenco de las dramatis personae es prácticamente innecesario en unos casos, y no, tal vez, en otros. Empezando por el final: el director del Centro de Estudios Históricos era, naturalmente, don Ramón Menéndez Pidal. El profesor universitario del joven, don Américo Castro. El malogrado investigador se llamaba Pedro Sánchez Sevilla. Aquel enigmático colaborador del primer Diccionario histórico era, en el relato de la anécdota que nos dejó su protagonista, un Sr. Bueso que, si no me equivoco, se llamaba don Agustín Manuel Bueso y Rucabado. El catedrático de Latín, y además académico, era don Vicente García de Diego. El joven protagonista lo es también de esta exposición y catálogo, conmemorativos del centenario de su nacimiento: don Rafael Lapesa Melgar.

Tras aquel muy fugaz paso por la Academia en 1927, la relación estable de Lapesa con la institución comienza veinte años después, cuando en 1947 (el mismo año en que obtiene su cátedra universitaria) ingresa por oposición en el recién fundado Seminario de Lexicografía. Esa relación durará ya más de medio siglo, y será extraordinariamente fructífera.

En varias ocasiones la ha evocado y explicado ya la persona que, sin duda, mejor la conoce (porque la conoce, además, testificalmente), el también académico Manuel Seco: en el homenaje que la Corporación tributó al maestro al cumplir los 80 años; en un artículo en Ínsula con motivo de los 90; en su necrología académica; en otro homenaje, en fin, póstumo, de la Universidad Complutense. También, naturalmente, en sus fundamentales trabajos sobre el Diccionario histórico. Tras todo lo cual será fácil comprender mi embarazo: las cuartillas que para esta ocasión se me han pedido, sobre un maestro mío, no podrán ser sino pálido eco de las excelentes ya escritas por otro maestro mío. Me viene aquí al recuerdo la dedicatoria de un trabajo de don Rafael, el titulado «Tendencias y problemas actuales de la lengua española»: uno de sus destinatarios era, precisamente, Manuel Seco, «a quien cito de una vez —se leía en ella— para no citarlo en cada párrafo». Salvadas todas las (insondables) distancias, me encuentro en similar tesitura. Pero adueñarme del recurso sería redoblar el pillaje. De modo que mencionaré o citaré a Seco cuantas veces sea preciso.

Aquella obra en la que Rafael Lapesa trabajó por muy breve plazo, en el verano del 27, había empezado a prepararse en 1914, y de ella llegaron a publicarse dos tomos, en 1933 y 1936. Llevaron por título Diccionario histórico de la lengua española, pero se trataba, en realidad, de una especie de «diccionario de autoridades» ampliado en su cobertura cronológica respecto al que antonomásticamente se conoce como tal, el de 1726-1739. Fiel, en líneas generales, a la macroestructura y la microestructura del diccionario usual de 1925, agregaba citas, cuando estaba en su mano hacerlo, a las definiciones de este. Padecía debilidades y lagunas que no hace aquí al caso exponer (¿y que tal vez entrevió aquel joven de 19 años?). Baste decir, porque es detalle significativo, que, según se desprende del segundo tomo, la Academia había encomendado la confección de la obra a una «Comisión del Diccionario de Autoridades», tres de cuyos miembros (García de Diego, Cotarelo Valledor y Casares) se repartían en calidad de «ponentes» responsables el tramo alfabético cubierto por dicho tomo.

Es difícil aventurar qué hubiera sido de ese diccionario si la Guerra Civil no hubiera existido. Paralizada la publicación en la entrada cevilla, cuando la Academia de la posguerra volvió sobre el proyecto lo hizo con muy débil empeño; pronto creyó conveniente «revisar el plan primitivo», y «en vista de las deficiencias observadas, [decidió] emprender una obra de nueva planta sobre bases más sólidas, con mayor amplitud de criterio y con materiales más abundantes y de mejor calidad». Estas palabras las escribe la persona que pilota el cambio de rumbo, don Julio Casares. En coincidencia temporal con un admirable manifiesto de Menéndez Pidal, «El diccionario que deseamos» (1945), o acaso espoleado por él, Casares, un lingüista autodidacto y excepcionalmente dotado, buen conocedor de la lexicografía extranjera, concibe el ambicioso proyecto para un diccionario «total», un nuevo Diccionario histórico de la lengua española paladinamente inspirado en el modelo del Oxford English Dictionary. Para llevarlo a cabo, promueve y consigue la fundación, en el seno de la Academia, del Seminario de Lexicografía (1946).

Medalla del Tercer Congreso de Academias de la Lengua Española

Medalla del Tercer Congreso de Academias de la Lengua Española.

(Colección particular. Fotografía de Maque Falgás.)

Medalla de la Orden de Andrés Bello

Medalla de la Orden de Andrés Bello.

(Colección particular. Fotografía de Maque Falgás.)

Rafael Lapesa estrecha la mano de Doña Sofía

Entrega de la medalla de la Universidad Complutense.

(Colección particular.)

Fotografía de Rafael Lapesa en el Palacio de la Zarzuela

Recepción en el Palacio de la Zarzuela.

(Colección particular.)

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