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El español en EE. UU.

Algunas reflexiones sobre el periodismo en español

Rosa María Calaf

Quiero agradecer, ante todo, a los organizadores de este Simposio, en primer lugar, el tema elegido y, después, la oportunidad que me brindan de participar en este foro al que acudo no para dar lecciones de nada —ni quiero ni puedo— sino más bien para compartir dudas, escuchar, aprender y, todo lo más, para poner sobre la mesa ideas y observaciones que surgen de la práctica diaria e, incluso, algunas preocupaciones de muchos profesionales de la información, ante el deterioro del periodismo o, tal vez, sería más preciso decir de la forma de hacer periodismo hoy.

Y aunque, en general, los males son los mismos independientemente de la lengua, el periodismo en español, que es el que aquí nos interesa, sufre el impacto, además, del inglés y la influencia avasalladora de los modelos norteamericanos. Por encima de todo, la televisión, que es al medio al que yo me voy a referir, primordialmente, en mi charla, porque es del que algo sé. Y, asimismo, porque es la más influyente institución de la segunda mitad del siglo xx.

Respecto al estricto embate contra la lengua hay que diferenciar, como señala Víctor de la Serna, una colonización más severa sufrida por Iberoamérica que por España. Por una parte, en cuanto a la cantidad de anglicismos utilizados y, por otra, a las técnicas de redacción. En América —dice— se llega al extremo de expresarse casi como si fuera una traducción literal. En España, es el empobrecimiento del idioma, la invención de neologismos inútiles, la pérdida del hábito de la lectura, la decadencia de la enseñanza lo que menoscaba el buen uso de la lengua más que la presión del inglés.

Respecto a los modelos, hubo una influencia positiva a finales del franquismo que se tradujo en la búsqueda del rigor y de la construcción anglosajona de la noticia. Pero, no tardó en llegar la copia de lo menos bueno. Volviendo a la televisión, la información se convirtió en espectáculo. También allá, como aquí en Estados Unidos, se decidió que las noticias debían ser negocio. Ya no es la verdad la que verifica sino el mercado. Los medios no escapan, sino que más bien sucumben, ante el fenómeno del mercantilismo que caracteriza esta era. El título de esta ponencia habla de la televisión en español como instrumento de cohesión. Ciertamente así es o así debería ser.

El teórico colombiano Jesús Martín Barbero es bien conocido por su análisis, que va aun más allá, al considerar que la televisión como medio de comunicación social en Iberoamérica desempeñó un papel importante en el nacimiento de la idea de nación. Como anécdota, sin duda superficial pero ilustradora, un colega de la Folha de Sao Paolo me decía siempre que los gauchos ya no hablaban como antes por culpa de la tele; que en Porto Alegre, a pesar del fresco invierno, las gentes visten ligero porque todos en Brasil, siguen la moda que marca la Rede globo. A la segunda parte del enunciado, a la pregunta «¿algo más que boleros y telenovelas?» la respuesta también es sí y llevando, de nuevo el agua a mi molino, diría: sí, y ese «algo más» es y debe ser la información. Y, precisando más, de asuntos internacionales.

La información en español, expresada y, sobre todo, pensada en español según los intereses de la comunidad hispanohablante. Y en esta segunda exigencia estriba la mayor dificultad. Al igual que la Agencia Efe cuyo lema era darle a esa comunidad de España y América la visión del mundo desde su propia sensibilidad, distinta y, a veces, opuesta a la anglosajona, también, el canal internacional de televisión española nació con esa vocación no obstante, creo que sus objetivos no se han cumplido como hubiera sido de desear. Obstaculiza: primero, la fuerza de los medios norteamericanos que parecen tener el monopolio de contenidos e imagen; segundo, las suspicacias de neocolonización en América. Tercero, la insuficiente atención al proyecto en España por falta de medios.

Una lengua común, dijo Juan Luis Cebrián en el Congreso de Valladolid, es una historia común, una cultura, unos orígenes y un destino comunes. Y un instrumento incalculablemente, única forma de liberar a los pueblos de la opresión, la miseria y la ignorancia. Sabemos bien que solo una sociedad informada es capaz de exigir derechos y defender libertades. El lenguaje —escribe Fernando Lázaro Carreter—, nos ayuda a capturar el mundo y cuanto menos lenguaje tengamos, menos mundo capturamos. Si se empobrece la lengua, se empobrece el pensamiento. El conocimiento es información procesada. Tenemos en las manos una poderosa herramienta de trabajo que bien utilizada puede proporcionar beneficios para bien de la información y de la opinión.

El problema, insisto, es resistir la presión exterior y las tendencias actuales. La naturaleza de la prensa vista como negocio ha cambiado de forma drástica el panorama. Las prioridades comerciales incentivan la mezcla de información y entretenimiento como estrategia para aumentar los índices de audiencia, el dios oculto de este universo, según el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Los medios son cada vez más numerosos, sin embargo también cada vez más unificados y más uniformes. Es el mismo mensaje por más canales. Curiosamente, en la supuesta era de la información es cuando peor informados estamos. Es paradójico: por una parte, se nos dice que el desarrollo de los medios y las nuevas tecnologías han conectado todo el planeta —la famosa aldea global— pero, por otra, los temas de internacional ocupan cada vez menos espacio y su tratamiento es cada vez más superficial. Cada vez las noticias son más cortas. «Para no aburrir al público» es el argumento utilizado de un lado a otro del planeta.

Si se me permite una referencia personal, en 1983, cuando era corresponsal en Nueva York, una crónica de Telediario o noticiero en España era de 3 minutos; en 1988 en mi puesto de Moscú era de algo más de 2; en Buenos Aires después se pasó al minuto cuarenta y cinco; en Roma, en 1996, minuto y medio y ahora en Asia Pacífico conseguir un minuto diez es una proeza. Arthur Miller dijo al recibir el Premio Príncipe de Asturias hace un mes que ya no se tiene en cuenta el contexto, la historia, el pasado. Está preparando un libro, en estos momentos, feroz sátira de la televisión, sus modos y maneras. La avalancha de comunicaciones instantáneas, los teléfonos celulares, los faxes, Internet… crean un muro de ruido y movimiento frenético como si una tiránica tecnología buscase suspender los momentos de silencio y de reflexión.

Se amplían los presupuestos para deportes, para cotilleos, reality shows y se recortan para los informativos. Un colega de la BBC me decía hace poco que en los años 90 murieron las noticias y el periodismo y que la televisión se ha convertido en un circo. Hay que ponerse el chaleco antibalas a 300 km del frente, llegar el primero sólo para estar ahí aunque no haya nada que contar, o, incluso, inventar la imagen espectacular. En Pakistán, hace un año, algunos equipos de televisión incitaban a que los manifestantes les tiraran piedras.

Otro debate distinto sería (y solo lo apunto porque me inquieta mucho aunque se sale de nuestro tema de hoy) si la presencia de la cámara, en realidad, a veces no provoca precisamente la violencia. Y, asimismo, me gustaría hacer otro inciso, para señalar cómo el lenguaje se pone al servicio de ese nuevo concepto de información que busca atraer por encima de ejercer su función social. ¿Se han fijado en que las imágenes de niños hambrientos, de víctimas de atentados, de penurias y dolor se anuncian, a menudo, como espectaculares, cuando lo que se debería decir, en todo caso, es: trágicas, dramáticas, intolerables…? Pero estos adjetivos han caído en desuso. Solo el carácter de espectáculo parece ser capaz de aumentar el valor y el atractivo de lo que se nos ha de mostrar en la pantalla.

Así pues, ante esta más bien desoladora situación, por mucho que el vínculo entre países de la comunidad iberoamericana y la alianza «Televisión-Lengua» puedan tener una fortaleza inusitada, ésta no es suficiente para determinar los contenidos de los programas informativos. Me refiero a los grandes temas. Lo que compondrá la parte esencial del llamado minutado de un telediario y, aunque algo menos, también el contenido de un periódico viene en gran parte decidido por lo que las agencias y los medios internacionales marcan. Y esas agencias y medios no son hispanohablantes.

Por supuesto, es bien sabido que el mundo se mueve al son de los intereses de los más poderosos y de las filosofías a su servicio. Y eso es especialmente cierto en el ámbito de los medios de comunicación. Las nuevas tecnologías, fundamentalmente, el teléfono celular y satélite y el correo electrónico han transformado radicalmente las relaciones entre la redacción y el periodista en misión exterior. Es harto frecuente la discusión del corresponsal o del enviado especial con el responsable en la central para determinar lo que se va a contar durante las coberturas informativas de acontecimientos, catástrofes, conflictos… Antes buscabas, descubrías, verificabas, seleccionabas y elaborabas tu crónica. Ahora, no hay tiempo. La redacción cuenta con profusión de datos y sus propias fuentes, que condicionan su percepción y que no necesariamente coincide con la del periodista que está en el lugar. Datos y fuentes, en la inmensa mayoría de los casos, con la etiqueta Made in USA o afines. Es decir, el mercado de venta del producto noticia está acaparado. Iberoamérica, como España, se limita a seguir la corriente, no a fijarla. En el caso de la televisión, además, se tiende a dar primacía a la imagen.

Muchas veces la televisión no solo no la refleja sino que la rehace. Aquello de que la cámara no miente es mentira. De mi experiencia reciente, puedo comentar algunos ejemplos sucedidos el año pasado en Pakistán tras los primeros ataques aéreos de la aviación estadounidense sobre Afganistán. Algunas televisores extranjeras mostraron en un hospital paquistaní a «los primeros heridos afganos». Luego, resultó que era una familia paquistaní que había sufrido un accidente de tráfico. Cuando los fundamentalistas islámicos se manifestaban contra Estados Unidos, lo más habitual y lo que hacían casi todos los medios, era mostrar escenas de furiosos extremistas quemando banderas y vociferando. Se elegían planos relativamente cerrados que, de hecho, no daban idea del número de manifestantes. Y pocas veces se precisaba que, cuando más, eran unos pocos miles en un país de 140 millones de habitantes. La protesta era, pues, digna de ser tenida en cuenta, pero no indicadora, como se quería dejar traslucir, de un Pakistán al borde de la guerra civil y la desestabilización.

No es raro tener que pelear para que el impacto, pues, de una imagen parcial no impida entender la situación global. El desarrollo de los medios electrónicos en los últimos 30 años ha transformado sustancialmente —señala Jaime Olmedo—, la difusión y el alcance de la información, con todo lo que esto supone para la irradiación de la cultura y para la constitución de las opiniones. Y aquí quiero introducir la hipótesis de «la agenda programadora» de la que habla, entre otros, Mauro Wolf, y que se podría definir como la capacidad de los medios para crear agenda. Es decir, ya no formarían opinión sino que su auténtico poder estaría en proponer los temas sobre los que la ciudadanía debe pensar. En este caso, una vez más, nos encontraríamos con una agenda —dice Ignacio Ramonet—, director de Le Monde diplomatique, que nos encontramos ante un movimiento que se puede llamar de homogeneización cultural a escala planetaria. A pesar de las resistencias, (que, por otra parte, insiste, deseamos ver reforzadas), este fenómeno tiene tendencia a imponer sus modelos en todo el mundo. ¿Cuál es el modelo actual en el ámbito de la información? Es la CNN.

Por otra parte, José Ferrater Mora señala, asimismo, que el llamado medio puede acabar predominando sobre el mensaje. Que poco importe el contenido. Un mensaje potente puede sobrepasar su medio de transmisión. Pone como ejemplo el sermón de la montaña. Así como un medio de transmisión potente no garantiza la calidad del mensaje que transmite, aunque lo revista de aparente prestigio. El ser humano debe reservarse la facultad de discernir. Solo él es el descifrador imprescindible.

Sin embargo, muy a menudo nos vemos obligados a llevar a cabo ese proceso con claves desconocidas porque no son las nuestras. Son las de otra cultura y otra lengua. Si, además, sumamos la fantasía, en la actualidad, tan arraigada, de la inmediatez y la velocidad en el procesamiento de la información, el riesgo de errores en el resultado es enorme.

A titulo de curiosidad, el cerebro humano, en lenguaje hablado, solo procesa 120 palabras por minuto. Y, la televisión, al recortar tiempos, cada vez se caracteriza más por la prisa. El doctor Manuel Álvar en uno de sus últimos artículos, titulado «Palabras sobre la lengua», sugiere otra de las peculiaridades y peligros de la información hoy: «Estamos inmersos en el mundo de los medios de comunicación —escribe— y sobre nosotros vuelan, como las serpentinas en un baile de carnaval, miles y miles de posibilidades de información».

Ahora más que nunca necesitamos inteligencia. En suma, tres son los aspectos que configuran el mundo de las noticias: su superabundancia, cuando durante siglos fueron escasas, su extrema rapidez, más valiosa que el contenido, y la supresión del análisis y la contextualización. Si nos detenemos a pensar en estos conceptos veremos que más información no significa mejor información, más bien lo que trae es mayor confusión.

Al elemento cuantitativo hay que añadirle el cualitativo: la credibilidad, por ejemplo. El culto a la instantaneidad conduce a que se quiera hacer creer que asistir en directo a un acontecimiento es comprenderlo, y, en verdad, sería como si asistiéramos a un partido de fútbol sin conocer las reglas. No entenderíamos nada de lo que sucede sobre el campo.

El periodismo de declaraciones y de comunicados, o lo que es lo mismo, el alquiler de parcelas informativas. El que lo importante sea el estar en un lugar, no el saber lo que está sucediendo, atenta contra la razón de ser de la figura misma del periodista y su tarea de ejercer la mediación entre el hecho y el ciudadano. Y retomando el eje central de este simposio, añade pesimismo a estas consideraciones un tanto negativas, aplicables al periodismo en general, el hecho de que, solo en contadas ocasiones, me haya encontrado con colegas iberoamericanos del sector televisivo para intentar hacer frente al desafío de aportar nuestra visión. Aun a sabiendas de que el éxito es improbable. Las empresas invierten en tecnología, el hardware pero, no invierten en el software, los periodistas.

Quiero recordar ahora a un maestro de periodistas, el italiano Indro Montanelli, privilegiado testigo del siglo xx, a quien tuve el privilegio de conocer:

La abundancia de información es como la bomba atómica: no se puede desinventar. Cuando mandaba mis reportajes desde España, hace dos tercios de siglo, enviaba noticias.

Hoy, un enviado especial proporciona piezas de un rompecabezas que el lector-oyente-telespectador tendrá que poner juntas, si quiere. Aunque, a menudo, no quiere. ¿Es esto un bien o un mal? No lo sé. Lo que sí sé es que el oficio funciona así. Y me doy cuenta de que el oficio se ha hecho más difícil, tanto para los informadores como para los informados.

En la gran manzana mediática todo se confunde. La obsesión por la audiencia ha conducido a sensacionalizar los acontecimientos, a privilegiar las noticias de usar y tirar. ¿Debemos resignarnos, nosotros los periodistas y ustedes los lectores? Creo que no.

Yo creo también que no y que, como diría Antonio Machado, debemos distinguir las voces de los ecos y debemos defender nuestra lengua para defender nuestra forma de ser. Debemos conseguir una opinión pública sana; convencer de que la seguridad no se obtiene construyendo murallas sino reforzando instituciones y facilitando una información buena y desde nuestra perspectiva.

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