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La comunidad cubana del Gran Miami: elección idiomática y medios de comunicación pública

Humberto López Morales

1. Introducción

La comunidad cubana del Gran Miami

El Miami-Dade, condado nacido en 1957, consta de 30 municipios y de una buena cantidad de territorios no incorporados, extendidos a través de más de 2000 millas cuadradas en el sur de la Florida, excepción hecha del Parque Nacional de los Everglades, que ocupa una tercera parte de esta superficie. El mayor de los municipios del Condado es la ciudad de Miami, que junto a otras municipalidades de altos índices demográficos, constituye el llamado Gran Miami.

En el nuevo Condado, con una demografía actual de 2 100 000, la población hispana es de 1 291 737 individuos; de este 61,5% sobresalen los cubanos, con un 50%. Miami-Dade es hoy el condado de mayor concentración hispana de todo el país, pues ha llegado a superar a Bexar, donde está enclavada la ciudad de San Antonio, que ostentaba ese título hasta hace una década.

Aunque se encuentran hispanos y cubanos en todo el Estado de la Florida, la mayor cantidad de ellos está distribuida entre los siguientes municipios del Gran Miami (Cuadro 1).

Al margen del Condado de Miami-Dade, la población hispana, y cubana en particular, está empezando a adquirir cotas importantes en el sur de la Florida: el Condado de Broward ha experimentado un ascenso del 71% de hispanos en esta última década, y el de Palm Beach, del 77%, aunque aún sus proporciones alcanzan cifras modestas: el 13% y el 11%, respectivamente. Sin embargo, estos índices han convertido a Broward y a Palm Beach en el segundo y el tercer condado del país, solo superado con respecto al incremento de la población hispana por el de Clark (Nevada), sede de la ciudad de Las Vegas. Los índices demográficos hispanos han comenzado a tener también un gran incremento en los cayos sureños.

Aunque la emigración cubana a los Estados Unidos es fenómeno antiguo, la formación del importante complejo demosocial que es hoy la zona metropolitana de Miami es el resultado de los que, en olas sucesivas, han ido abandonando la isla antillana desde finales de diciembre de 1958. Los últimos cuarenta y tres años han sido testigos de este auténtico alud poblacional, que ha logrado cambiar drásticamente la estructura de la antigua ciudad apacible y provinciana de antaño.

En 1990, ya el Gran Miami era la tercera concentración de hispanos de Estados Unidos, solo superada por Los Ángeles y Nueva York, cuyos primeros asentamientos databan de mucho tiempo atrás, y hoy es la primera zona metropolitana de la Unión americana de más de dos millones de habitantes con una mayoría hispana. Esta importante concentración marca una diferencia radical con respecto a mexicanos y puertorriqueños, los grupos más populosos de inmigrantes hispanos en Estados Unidos que, por el contrario, han venido dispersándose cada vez más de sus lugares de origen.

La población cubana de la zona metropolitana es hoy un abigarrado conglomerado de gentes procedentes de zonas urbanas, de campesinos y de pescadores, de blancos, negros y mulatos, de pobres, de clase media y de millonarios, de profesionales altamente especializados, de grandes empresarios y de trabajadores de todo tipo, incluyendo los de categoría más modesta, de individuos con escasa instrucción y de otros con títulos universitarios superiores. Estamos, pues, ante una especie de gran palimpsesto demosocial enclavado al otro lado del estrecho de la Florida, a tan solo unas 90 millas de La Habana.

La muestra

Para captar esta notable complejidad demosocial se procedió a diseñar una muestra empírica que, tomando en consideración una serie de factores estratificatorios, permitiera describir bien la situación sociolingüística de la comunidad cubana de esta zona. (Gráfico 1 - Gráfico 2)

El resultado fue la selección de 80 sujetos, clasificados según nuestra variable independiente más importante, el lugar de nacimiento: Cuba (87,5%) o Estados Unidos (12,5%), y dentro de los primeros, la edad de llegada a suelo norteamericano: constituyeron el grupo A los que en ese momento contaban con 18 años o más (64,3%), el B, los que tenían entre 17 y 7 (25,7%), y el C, los que habían cumplido un máximo de seis años (10%), todo ello, siguiendo rigurosas cuotas con afijación proporcional.

En el primer caso, se trataría, cuando menos, de jóvenes con su lengua materna suficientemente adquirida y, en caso de contar con estudios, finalizadas las escuelas primaria y secundaria. El segundo grupo, situado a lo largo de un período de unos diez años, es más heterogéneo; constituye realmente un grupo bisagra, que puede ser de gran utilidad para el estudio de fenómenos en marcha. El tercero y último ha tenido un proceso de adquisición de su lengua materna in situ relativamente corto, pues a lo sumo ha durado seis años; apenas ha habido tiempo de que su escolarización reglada hubiese podido ir más allá de los comienzos.

Junto a estos, los sujetos nacidos en Estados Unidos, de padre y madre cubanos, tienen también su representación. Las razones que llevan a la inclusión de estos hablantes son muy claras. Si queremos analizar la influencia de la lengua dominante en el español hablado por los cubanos del Gran Miami, no es posible desconocer esta importante parcela demográfica, precisamente la que ha podido estar expuesta desde más temprano a este tipo de influjo.

Soporte lingüístico del proceso de instrucción

En la muestra, no hubo ningún sujeto que solo tuviera estudios primarios. Un 17,5% corresponde a individuos que han cursado entre 7 y 12 años (más los anteriores, naturalmente) de escolaridad, pero no nos es posible hacer mayores especificaciones. Aunque nuestro interés esté centrado en la lengua que sirvió de base a la instrucción, los resultados generales con respecto a los niveles educativos de nuestra muestra coinciden planamente con los últimos datos censales sobre los cubanos en Estados Unidos. Los porcentajes más altos de escolarización de todos los hispanos radicados en el país lo tienen los cubanos: un 70,3% ha terminado la escuela secundaria, y un 27,8% poseen un título universitario de primer ciclo. Es verdad que la primera cifra está por debajo de la de la población no hispana (el 87,7%), pero la segunda, la de los estudios universitarios, es incluso ligeramente superior (el 27,7%).

Con respecto a la lengua manejada en el proceso de escolarización, la muestra presenta las características recogidas en el cuadro 2.

Los datos son muy evidentes. Los nacidos en Cuba, aun teniendo en cuenta los llegados de muy niños o de adolescentes presentan, como era de esperar, los porcentajes más altos de escolarización completamente en español, aunque no deja de ser significativo que cerca de la cuarta parte haya disfrutado de una educación bilingüe, salvo unas pocas excepciones, en español y en inglés.

Lo que sí sorprende es que solo el 10% de los nacidos en territorio norteamericano hayan sido —o estén siendo— educados solo en inglés, igual proporción de los que han cursado sus estudios en español. Menos llamativas son las cifras de los que han sido escolarizados en ambas lenguas, aunque no de forma simultánea: un alto 50% entre los nacidos ya en la Unión. Los que se han beneficiado íntegramente de programas bilingües son mayoría entre los de este grupo, aunque aquí las cifras no ofrecen contrastes acusados con las que muestran los nacidos en la isla (22,8% y 30%, respectivamente).

Índices de competencia idiomática

La instrucción reglada, los múltiples cursos ofrecidos por todas partes para el aprendizaje del inglés, los cursillos y seminarios de capacitación profesional, de actualización, de especialización, y de un variado número de propósitos, el contacto con los medios de comunicación pública, más lo aprendido en la universidad `de la calle´, han llegado a producir en el Gran Miami una situación de bilingüismo casi generalizada, aunque —como era de esperar— con muy variados grados de competencia. De este panorama que ofrece hoy la comunidad estudiada hay que excluir a los recién llegados de la isla y a un grupo reducidísimo de personas de edad avanzada.

Para medir el grado de competencia lingüística en ambas lenguas, los individuos que integraron nuestra muestra rellenaron un cuestionario especial que ofrecía, tanto para el español como para el inglés, un conjunto de posibilidades de entre las que elegir. La selección fue, por lo tanto, subjetiva. Se preguntó por cada una de las cuatro destrezas de comunicación lingüística (el único tipo de comunicación que se estudiaba aquí): hablar y entender las manifestaciones orales, y escribir y leer. En cada uno de los casos se ofrecían cinco opciones graduadas: muy bien, bien, regular, mal y muy mal.

En los cómputos se tuvieron en cuenta estas cinco posibilidades para cada una de las cuatro destrezas en las dos lenguas del estudio. En los casos en que la opción marcada fuera muy bien, la puntuación era de 5, de 4 en las respuestas bien, y así sucesivamente hasta la última posibilidad, muy mal, que se puntuaba 1. Si el individuo contestaba uniformemente muy bien (en hablar, entender, escribir y leer), alcanzaba el máximo de 20 puntos; si sus respuestas eran siempre regular, obtendría 12 puntos, y si marcaba muy mal en las cuatro destrezas, solo conseguía 4 puntos. Las respuestas combinadas se tabulaban con el mismo sistema (Cuadro 3).

El patrón que presenta este cuadro está claramente estratificado: entre los nacidos en Cuba se observa que cuando se va desde el grupo de los llegados con más años a los más pequeños, hay un ligero descenso de la competencia en español (99,5% < 96% < 90,5%) y, por el contrario, un importante incremento en el dominio del inglés (70% > 95% > 97%), a tal grado, que ya en el grupo C, llegados con seis años o menos, la competencia en inglés es superior a la de español. Con todo, se observará que aun en este grupo el índice de dominio declarado de la lengua materna es sumamente alto. Entre los nacidos en Estados Unidos el dominio del inglés es absoluto (100%), mientras que el del español es relativamente bajo (74%).

2. Miami y los medios de comunicación pública en español

Aunque, desde luego, los medios de comunicación pública son mayoritariamente en inglés en el Gran Miami, aun sin contar con las muchas posibilidades que ofrece el cable, los medios en español, más modestos desde muchos puntos de vista son, sin embargo, más numerosos que en otras zonas con gran concentración de hispanos.

En 1959 solo existía el Diario Las Américas, de propiedad nicaragüense, periódico relativamente pequeño entonces. En 1960 amplió su estructura y, en consecuencia, su plantilla; muchos de los nuevos periodistas eran cubanos, y cubanos eran los temas a los que más atención se dedicaba, en especial, los relativos al exilio.

La primera versión española del periódico The Miami Herald nació en 1976; se trataba de un pequeño encarte ofrecido gratis al solicitarlo. Con todo, constituyó el único caso de que un gran periódico norteamericano lanzara una tirada diaria en español, sorprendente, sobre todo en Miami, siendo esta, no la primera sino la tercera ciudad de la Unión —tras Los Ángeles y Nueva York— en cuanto a la proporción del mercado hispano. Tres años más tarde llegaba a 36 000 hogares. En 1987 se reorganizó del todo, convirtiéndose en un periódico independiente; en 1990 vendía 102 289 ejemplares de la edición diaria y 118 799 de la dominical. Su director y una gran parte de sus profesionales son cubanos. Hoy es una institución periodística de primer orden, un actor cívico sobresaliente y la voz editorial más influyente del Miami hispánico.

Además de estos rotativos, debe señalarse la existencia de un buen número de periodiquitos `tabloides´, revistas y boletines. Es verdad que algunos llegaron a publicar solo un número, pero otros, en cambio, han vivido durante veinte años. Algunas de estas publicaciones tenían su historia cubana (Alerta, El Mundo, Bohemia, El Avance Criollo, El Imparcial, Isla, Occidente) y renacieron en el exilio, mientras que las demás eran de nuevo cuño. No hay que olvidar las publicaciones en español de importantes revistas norteamericanas, varias de las cuales se editan en la zona. El ejemplo más reciente de este tipo de actividad periodística es Ocean Drive en español, la Biblia de la moda, fundada en febrero de 2001; la revista, impresa a todo lujo, tira 50 000 ejemplares mensuales, y aspira a servir como «una pantalla que refleje el éxito de la experiencia hispana en el sur de la Florida».

Algo similar ocurrió con la radio. Muy a principios de la década de los sesenta se funda en Miami la primera estación radiofónica que transmite completamente en español: la WQBA, a la que acompañó el apelativo de La Cubanísima. Se trataba de la antigua WMIE, que junto a otras dos, lanzaban programas en español durante unas pocas horas, casi siempre de noche o incluso de madrugada. Con la fundación de la WQBA las cosas comenzaron a cambiar con notable rapidez. En 1965 sale al aire WFAB, La Fabulosa, y ocho años después lo hace la WRHC, Cadena Azul, la primera de propiedad cubana, que inauguró, entre las estaciones hispanas de la zona, la programación de 24 horas (Draschner, 1991).

Tras estos hitos significativos las radioemisoras que transmitían en español siguieron multiplicándose. Durante los años ochenta ya eran diez en la zona del Gran Miami. En la actualidad existen 30 estaciones asentadas en la Florida que transmiten únicamente en español (Soruco, 1996; Florida News Media Directory, 1999)1, y otras tres en las que se puede oír también, principalmente los fines de semana, programas en portugués, en creole, en griego, en serbio, en polaco, en italiano y en algunas lenguas indígenas norteamericanas. De ese total de 33 empresas, 17 (un 51,1%) transmiten desde el Gran Miami o desde zonas muy vecinas.

El abanico de ofertas es muy amplio: las hay completamente musicales (música española, mexicana, cubana y antillana en general), otras, alternan música con noticias, también las hay de contenido religioso (católicas y protestantes casi en exclusiva), y las más, ofrecen una programación a base de espacios noticiosos, de opinión, tertulias, consultas varias, estos últimos espacios, de teléfono abierto.

Las estaciones «cubanas», aquellas diseñadas para servir principalmente a los cubanos del Condado Miami-Dade, exhiben su cubanía en diferentes dosis. Como esta comunidad constituye el más alto porcentaje de los hispanohablantes de la zona, la identificación con «lo cubano», tanto en el sentido cultural como político, garantiza a las empresas audiencias muy altas2.

Pero no es solo el hecho de que estos radioescuchas se sientan identificados con esos puntos de vista por lo que la radio ha sido —y siga siendo— un medio de comunicación muy importante para la comunidad cubana de la zona. Además de estrechar los lazos culturales y la «cubanidad», de insistir en los modelos democráticos de gobierno, de ofrecer información a sus oyentes, y —aunque parezca una misión muy superficial— entretenerlos, los servicios que han rendido desde los primeros tiempos, sobre todo, a los que no tenían —o no tienen— un buen manejo del inglés, han sido fundamentales: un grupo de expertos ha estado siempre tras los micrófonos para responder a preguntas, solucionar dudas y dar consejos en materia de impuestos, educación, salud y sistema legal del país anfitrión. La radio ha sido, además, la conexión imprescindible entre estos oyentes y Estados Unidos, el resto del mundo y la propia Cuba.

La primera cadena de televisión en español de la zona fue WLTV, Canal 23, asociada a Univisión, que comenzaba y cerraba su programación con el himno nacional cubano y vistas de la isla. En 1980 consiguió los índices más altos de audiencia de todas las cadenas que operaban en la Florida, sobrepasando ampliamente a la ABC, la NBC y la CBS; en 1996 recibió 23 nominaciones para el Premio Emmy, más del doble que ninguna otra cadena del Estado. Al Canal 23 se unieron más tarde otras dos cadenas que también transmitían exclusivamente en español, el Canal 51, asociado a Telemundo, y el Canal 40, conocido como TeleMiami.

3. Elección idiomática y ámbitos de uso

Desde 1979, en que el sociólogo del lenguaje Joshua Fishman dedicó importantes observaciones a este tema, los conceptos de elección idiomática y ámbitos de uso son moneda frecuente en los estudios de lenguas en contacto. En el primer caso, el hablante bilingüe (o multilingüe) escoge una determinada lengua para una situación comunicativa dada; toda situación comunicativa implica un contexto situacional específico, integrado por las características de los participantes, el escenario en el que interactúan y el propósito de la comunicación.

En el caso de los protagonistas de la comunicación sobresalen varias circunstancias. El emisor, el tipo de receptor y, si procede, la clase de relación personal que exista entre los interlocutores. Del emisor entran en juego muchas cosas (cultura, inteligencia, dominio de los idiomas que maneje, etc.). El receptor, dependiendo del tipo de comunicación, puede ser un individuo, varios, todo un público, e incluso una grabadora (o varios de estos simultáneamente); si la comunicación se lleva a cabo con un público, habrá diferencias si este está compuesto por colegas, por estudiantes, por correligionarios, etc. También altamente variado es el propósito que subyace a cada acto comunicativo, informar, divertir, convencer, ofender, rechazar, etc. El propósito suele estar en relación asociativa con el tema, y también con la modalidad del discurso: argumentativo, narrativo, etc., pero fundamentalmente con la orientación que quiera darle el emisor a la comunicación: convergente, si se acomoda a su interlocutor (para acercarse a él y granjearse su adhesión), divergente, si decide mantenerse distante. Ambos casos han sido muy estudiados por la Teoría de la acomodación (Bell, 1984).

Los estudiosos mantienen posiciones encontradas en cuanto a la importancia de estos factores en la elección idiomática, y seguirán enfrentados hasta que no reconozcan que en cada acto comunicativo varía la importancia de estos factores; la generalización aquí es altamente peligrosa3. El problema es que estas circunstancias varían (tanto ellas mismas como su peso específico), incluso dentro del mismo ámbito idiomático, entre hablantes monolingües de la misma lengua.

Cuando este esquema se centra en el receptor, como sucede en la comunicación mediática, es necesario realizar ciertas matizaciones, pero nada que cambie lo esencial: se lee, se escucha y se escucha y se ve con más agrado aquello que resulta más atractivo para el lector, el radioescucha o el telespectador; es decir, ciertas características del emisor, preferencia por determinados temas, orientación convergente (sobre todo en cuanto a ideología se refiere). En comunidades bilingües todos estos factores se acentúan: se prefiere un lengua particular porque en ella se accede a emisores con mayor capacidad analítica y a información más rigurosa, o estos son más apuestos y elegantes, o poseen mejor voz y modales; también por la frecuencia con que aparecen ciertos temas que nos interesan, y la simpatía con la forma de tratarlos, o porque nos introduce en un ámbito cultural afín, e incluso familiar, y un larguísimo etcétera. Es evidente que, en los casos de bilingües no equilibrados y, por supuesto, de monolingües, el peso mayor recae sobre la lengua materna: o las opciones son pocas, o no las hay en absoluto.

En cuanto a los ámbitos o dominios, el concepto desborda con mucho lo relativo a los medios de comunicación, pero referidos a estos podemos simplificarlos limitando el conjunto de factores que caracteriza a cada uno de ellos, en primerísimo lugar, al tipo de canal utilizado en la comunicación. De aquí que organice las consideraciones que siguen en torno a la prensa, la radio y la televisión.

4. Selección idiomática en los medios

La prensa

El cuadro 4 muestra las preferencias idiomáticas de los nacidos en Cuba de acuerdo a su edad de llegada a suelo norteamericano.

Los cubanos llegados con más de 18 años de edad prefieren claramente la lectura de periódicos en español y, consecuentemente, apenas muestran alguna inclinación por la prensa en inglés. No obstante, una cuarta parte de ellos, confiesa que la lee en ambos idiomas. La situación va cambiando a medida que nos acercamos a los llegados con menos años. En el caso del grupo B (entre 17 y 7 años), la preferencia por el español disminuye hasta el 11%, situación que contrasta —y mucho— con el 60% de los del grupo A. Esta cifra tan modesta anticipa un importante cambio en la preferencia idiomática: lee la prensa solo en inglés algo más de la cuarta parte de los integrantes de este grupo (27,7), y con números muy cercanos los que lo hacen mayormente en inglés (22,2); también es superior el número de los que la leen en ambos idiomas (38,8). La situación de los llegados con 6 años o menos es abiertamente dicotómica: no eligen el español en ningún caso, más de la mitad de ellos lee exclusivamente en inglés (57,1), y más de la cuarta parte, mayormente en inglés (28,6). La preferencia por ambas lenguas es la más baja de los tres grupos, pues se detiene en un escaso 14%.

Al analizar los datos que ofrecen los hablantes nacidos en Cuba y en Estados Unidos, se ve que los primeros prefieren solo el español un 23,7% y mayormente el español, un 3,7; se inclina hacia el inglés en exclusiva el 29% y lo prefiere mayoritariamente, otro 17,6. Una cuarta parte, el 25,8, lee la prensa en ambos idiomas. Entre los nacidos en tierras de la Unión, nadie selecciona el español como lengua de los periódicos, mientras que la gran mayoría (77,7) se decide por el inglés en exclusiva. No obstante, la cifra de los que aseguran que leen indistintamente en inglés y en español, es solo dos puntos inferior a la de los cubanos del grupo A (22,2) (Cuadro 5).

El gráfico 3 muestra los datos generales —nacidos en Cuba y en Estados Unidos— en la que la importancia de la prensa en inglés crece, como era de esperar por el peso de estos últimos, considerablemente hasta el 53,3. Es cierto que en segundo lugar, pero en un puesto muy distante, se encuentra el grupo de los lectores bilingües (24). El resto de las cifras, en especial las relativas al español, son muy bajas. Una idea de conjunto más elocuente la obtenemos al sumar las cantidades correspondientes al uso exclusivo de una lengua con el uso mayoritario de la misma: el perfil del inglés alcanza la mayor altura (62,1) y la del español, la más baja (13,6); en un nivel intermedio, la prensa escrita en cualquiera de estas lenguas (24).

La radio

La preferencia idiomática en la radio que muestran los sujetos de la encuesta es de gran interés, como señalan los datos del cuadro 6.

De nuevo son los llegados de Cuba con 18 años o más los que muestran una fuerte preferencia por la radio en español, con cifras cinco veces mayor que los que prefieren el inglés (55,5 frente a 11,1); no es desdeñable, sin embargo, el 20% que escucha la radio en ambas lenguas indistintamente. Entre los del grupo B (17-7 años), las preferencias van sin discusión a la audición en ambas lenguas (61,1). Lo más llamativo es que ninguno de estos sujetos se incline hacia la radio en inglés. El perfil de los llegados de muy pequeños es más coherente: doble de preferencias por las transmisiones en inglés (28,6 frente al 14,3), un altísimo 42,8% que oye la radio mayormente en inglés también, lo que inclina notoriamente la balanza hacia esta lengua. Los que actúan en este caso de manera mixta (14,3) presentan las cifras más bajas de los tres grupos de los nacidos en Cuba.

Al examinar los datos procedentes de los nacidos en Cuba y en Estados Unidos vemos que la selección del español en las transmisiones radiofónicas más que duplica las del inglés (30,7 contra 13,2), aunque el 19,4% que prefiere mayormente las inglesas reduce bastante estas diferencias. Aunque por un margen pequeñísimo, la cifra más importante es para la selección indiscriminada. Sumamente curioso es el patrón que arroja el conjunto de los nacidos en suelo norteamericano: equilibrio absoluto entre las preferencias por la radio en español y en inglés (10), mientras que una abrumadora mayoría (80%) prefiere hacerlo indistintamente en una u otra lengua. Es verdad que este grupo da los índices más bajos del conjunto a la radio en español (10), pero también lo es el que, con excepción del grupo B, también muestre los índices más bajos hacia la radio exclusivamente en inglés (10), situación muy sorpresiva y al mismo tiempo elocuente (Cuadro 7).

El gráfico 4 nos deja ver que el perfil más alto lo tiene aquí la preferencia por ambas lenguas, que apoyada por el peso que le confiere el grupo B de los nacidos en Cuba, casi triplica la más alta de las demás opciones, la de «solo en español» (20,3).

Las transmisiones en inglés alcanzan muy poco más de la mitad de esta última cifra, aunque el 9,7% de los que se inclinan por «mayormente en inglés» cambian sustancialmente las cosas.

La televisión

El cuadro 8 señala que los tres grupos de cubanos nacidos en la isla prefieren ver televisión en cualquiera de las dos lenguas.

Sin excepción estas cifras son las más altas de todas, si bien el grupo de los llegados a la Unión con 18 años o más las reduce significativamente al darle más peso a la televisión en español (24,.4). El cuadro refleja una situación dicotómica: únicamente el grupo A ve televisión «solo en español» y «mayormente en español», mientras que los grupos B y C no lo hacen nunca. Ello conlleva por fuerza que los números para las otras opciones estén muy condicionados por este hecho. Sin embargo, obsérvese que las mayores preferencias no van hacia la televisión en inglés, que se mantienen en cifras modestas (11,1 y 14,3); ni siquiera son importantes las de la opción «mayormente en inglés». Queda claro que, a pesar de estas matizaciones, los cubanos de Miami se inclinan, en cuanto a transmisiones televisivas, por cualquiera de estas lenguas de manera indistinta.

Entre los nacidos en Estados Unidos, no cambia la preferencia de los otros cubanos: no importa la lengua —español o inglés— en la selección de los programas. En cambio hay mayor respaldo hacia la televisión en inglés, como demuestra ese 20% de «solo en inglés» y el 10% de «mayormente en inglés». No deja de ser curioso que el 10% de este grupo prefiera ver la televisión en español, máxime cuando los grupos B y C de los nacidos en la isla descartan completamente esta opción.

El perfil de preferencias cambia drásticamente cuando se unen las puntuaciones de los grupos A, B y C para contrastarlos con el de los nacidos en suelo norteamericano (Cuadro 9).

Ahora el español ha perdido puntos (gracias a los ceros de B y C), quedándose en un humilde 8,1%, cifra que el 2,9% de las opciones `mayormente en español´ no consigue hacer remontar. El inglés, en cambio, gana terreno, pues la opción absoluta, sin ser muy alta (11,4) queda reforzada por la relativa (19,5). Lo más significativo sigue siendo la alta preferencia por las transmisiones en cualquiera de estas lenguas.

El gráfico 5 no muestra sorpresas, sino que más bien mantiene el perfil esperado: notable preferencia por las transmisiones en ambas lenguas, casi el doble de elecciones del inglés (15,7) frente al español (9), y subido número de la opción «mayormente en inglés» (14,7) si se la compara con el raquítico 1,4% de la de «mayormente en español».

5. Conclusiones

El gráfico 6 ha sido preparada sumando en cada caso las cifras correspondientes a las opciones «solo en español» y «mayormente en español», por una parte, y «solo en inglés» y «mayormente en inglés», por otra.

Entre los tres medios de comunicación pública analizados en este trabajo, la comunidad cubana del Gran Miami se inclina con claridad hacia la elección indistinta de ambas lenguas en el caso de la radio (55,9) y de la televisión (58,9), no así en la prensa para la que se inclina abiertamente hacia el inglés (62,2). En cuanto a la elección entre español e inglés, esta última lengua obtiene puntuaciones más altas, tanto en la prensa como en la televisión, no así en la radio que, aunque por un escaso margen, esa comunidad prefiere el español4.

Estos datos son eminentemente descriptivos y no hacen más que despejar el camino que debe seguirse hacia la explicación de estas elecciones. Lo que queda claro es que esta comunidad muestra un bilingüismo muy extendido, al menos desde el punto de vista de la recepción de los mensajes. Este hecho apoya el que se proceda a efectuar investigaciones más centradas en la causalidad de tales decisiones, pues la insuficiencia (carencia, en algunos casos) de competencia en inglés de los inmigrados no debe ser una razón importante.

Confío en que este primer desbroce del tema consiga despertar el interés de los investigadores y en que pronto tengamos ante nosotros respuestas contundentes para las preguntas que aún nos asaltan.

Bibliografía:

  1. Bell, A. 1984. «Language style as audience design», Language in Society 13.145-204.
  2. Bicherton, D. 1980. «What happens when we witch?», York Papers in Linguistics 9.41-56.
  3. Draschner, María. 1991. The development of Cuba radio and televisión and the innovatins of the CMQ Network (tesis de Maestría inédita), Coral Gables: The University of Miami.
  4. Soruco, Gonzalo, R. 1966. Cubans and the mass media in South Florida, Talahassee: University Press of Florida.
  5. Valdés, Isabel. 1995. Hispanic market handbook: A definite source for reaching this lucrative segment of American consumers, New York: Gale.
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Notas

  • (1) La página electrónica http://www.newsmedia-directories.com/ actualiza estos datos constantemente. volver
  • (2) Durante muchos años, la WQBA fue líder indiscutible de las radioemisoras «cubanas» regionales. Sin embargo, cuando la empresa decidió «descubanizarla» —lo que llevó consigo la supresión del apelativo La Cubanísima— para darle ese papel a otra de sus cadenas, su audiencia decreció sensiblemente. El resultado de esta operación fue que desde entonces WAQI-AM (710), Radio Mambí, la elegida para sustituir a aquella, ha pasado al primer lugar de la preferencia de los oyentes. volver
  • (3) Aunque más específicamente referidos a la selección estilística, se dan grandes diferencias entre los estudiosos en cuanto a la determinación de cuál de estos factores es el motor fundamental de la selección: para unos es el emisor quien ejerce control absoluto sobre su producción; otros señalan que el factor fundamental es la relación existente entre emisor-receptor (Bicherton, 1980); otros, por el contrario, piensan en el público (Bell, 1984 y su Teoría del público). No faltan, por su parte, los que defienden criterios híbridos. volver
  • (4) Las encuestas sobre radiodifusión realizadas en todo el país demuestran que los hispanos son muy fieles a este medio, al que dedican entre 26 y 30 horas a la semana (Valdés, 1965:206). Los cubanos de Miami no son una excepción a esta fidelidad, que no ha menguado ni con el auge de la televisión. volver
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