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Congreso literario hispano-americano

Prólogo. A propósito de las actas del Congreso literario hispano-americano de 1892 (2 de 5)

2. El Congreso Literario de 1892

2.1.

El Congreso Literario es uno de los frutos más granados de la celebración del Centenario de 1892. En el marco de las numerosas iniciativas profesionales para reforzar las relaciones con Hispanoamérica, hasta entonces escasas, la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, dentro de su ámbito, convocaba a sus hermanos literatos de América a:

sentar las bases de una gran confederación literaria, formada por todos los pueblos que aquende y allende los mares hablan castellano, para mantener, uno e incólume, como elemento de progreso y vínculo de fraternidad, su patrimonial idioma.

Así se equiparaban a los juristas que, en el Congreso Jurídico, buscaban los acuerdos que ya otras naciones europeas habían firmado con las Repúblicas del Nuevo Mundo; o a los que en el Congreso Pedagógico, de tanta relevancia, según reseñaba Labra en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, querían modernizar la educación española; o a los que se interesaban por el Nuevo Mundo en el IX Congreso de Americanistas; o a los médicos o militares... En realidad, hacían propaganda de Hispanoamérica, como la había hecho el famoso ciclo de Conferencias del Ateneo madrileño, o como la hacía, más modesta y patrióticamente, el Memorial de Artillería, publicación extraordinaria del Cuerpo de Artillería para conmemorar «la Historia y el Centenario del Descubrimiento del Nuevo Mundo», que se cierra con la «Noticia de los objetos procedentes o relativos a los dominios de América que se custodian en el Museo de Artillería». Todos contribuían al clima americanista, como lo hacían también, aunque de manera diferente, las Conferencias del Ateneo de Barcelona (sobre la cultura catalana en la época del descubrimiento) o el Congreso Geográfico, o la fundación de la Sociedad Libre de Estudios Americanistas, estas dos últimas reuniones abiertamente preocupadas por los temas económicos. Sin embargo, como en otros muchos Congresos, afloraban intereses sin relación con el sector profesional implicado. Así lo señala explícitamente Núñez de Arce en la sesión preparatoria:

El espectáculo que, en las circunstancias presentes, ofrecemos [...] hace meditar sobre los altos destinos que podría cumplir nuestra raza, si, manteniéndonos todos dentro de los respetos que nos imponen la soberanía y la independencia de los distintos Estados a que respectivamente pertenecemos, llegáramos a establecer algún día, sobre sólidas bases, por medio de la compenetración de nuestras ideas y de nuestros intereses hasta donde fuera posible, una gran confederación de la nobilísima familia española esparcida y diseminada, por desgracia, sin la cohesión precisa para hacer sentir su fuerza, por los dilatados términos del mundo (pp. 17-18).

Si las referencias a la lengua desempeñaron un papel protagonista en todas las reuniones del Centenario, en el Congreso Literario la lengua ocupaba la presidencia por derecho propio y, en honor a la verdad, las desviaciones del tema fueron escasas. El entusiasmo, casi romántico, que produce en muchos congresistas la imagen del peso histórico de 60 millones de personas unidas por un vínculo espiritual, pero no por ello menos real, es el responsable de que en casi todas las intervenciones sea obligada la referencia a la comunidad de «raza, religión, lengua, historia». Con ello no pretenden los intelectuales o profesionales asistentes, en general, imponer una visión dominadora (que existía, sin duda, en ocasiones), sino exhibir con orgullo una dignidad histórica que el siglo en que vivían les había negado repetidamente. Era la respuesta a las adhesiones de un nutrido grupo de Jefes de Estado Iberoamericanos, que el Secretario había leído en la sesión inaugural.

El discurso inaugural de Cánovas señalaba el camino, pues se ceñía al tema del Congreso y acentuaba con energía la unidad lingüística de España e Hispanoamérica, que le parecía indiscutible que había que conservar. «No están los tiempos para nuevos dialectos», comenta Cánovas. Y lo hacía, porque la unidad lingüística, junto a la raza y la religión, eran la característica de una auténtica nación. En estas palabras resuenan, tamizados por varios intermediarios, los ecos de Humboldt, sobre todo de su Líber die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaues (On Language), y de Herder o Schlegel, en menor medida. Eran ideas corrientes en la Europa de finales de siglo, que repetirían después, no sin cambios, Wundt y Vossler. No nos ha de extrañar que se sirvieran de ellas casi todos los congresistas.

Otros asuntos que tenían una importancia decisiva en 1900 afloran también en esta ocasión: recuerda el Secretario, Castillo y Soriano, que para estrechar vínculos internacionales es fundamental la integridad lingüística y que con ella se conseguirán «indudables beneficios para los libros españoles y americanos» (p. 23). En muchos discursos de este momento, la alusión retórica a la fe, a la raza, a la lengua o a las costumbres, se desliza insensiblemente hacia la idea, a veces sobreentendida, a veces manifiesta, de que España y las Repúblicas Hispanoamericanas, las naciones de lengua española —como indicaba el Congreso Geográfico—, debían constituir un mercado protegido de la competencia de las que no lo eran: se puede advertir perfectamente la confusión entre los planos comercial y lingüístico, al menos para un observador interesado sólo en las cuestiones del lenguaje. La burguesía española utilizó la lengua instrumentalmente: la consideraba el cimiento más seguro sobre el que volver a edificar las relaciones con Hispanoamérica. El Congreso Literario de 1892 está, sin duda ninguna, dedicado a temas profesionales, pero también se nota perfectamente en él que la lengua es considerada una embajadora privilegiada. Dejando a un lado lo relacionado con el comercio del libro, en la conclusión primera de la sección de Filología se alude a «relaciones sociales, así en el orden moral como en el material o económico»... Tras la pérdida de las colonias en 1898, la necesidad acuciante de nuevos mercados hacía exclamar al Ministro de Estado en la inauguración del Congreso Social y Económico Hispano-americano de 1900:

Entendió [el Gobierno] que era empresa patriótica promover corrientes de comercio entre España y América [...]. Y si esa comunidad de intereses es lícito procurarla en la lucha pacífica del comercio, entendió que lo era aún más en el terreno social, cuando se trata de naciones que tienen una misma historia, unos mismos usos, unas mismas costumbres, unas mismas aspiraciones, un mismo lenguaje, en fin, imagen y trasunto de la vida; nace en nuestros labios la palabra, vibra un momento en el espacio, dejando la estela imperecedera de una idea, de la propia suerte que son imperecederas las obras de nuestro espíritu. El lenguaje, el lenguaje que graba en nuestra mente la balada que meció nuestra cuna, la expresión de nuestros más tiernos afectos, de nuestras pasiones más vivas y las plegarias que acompañarán nuestro último suspiro.

Sin embargo, hay que señalar que se le confiaban demasiadas responsabilidades a la lengua española. Así, en 1889 Navarro Reverter exponía en el Congreso de los Diputados, al censurar la conducta de un embajador:

Nuestra incuria ha dejado tan débiles nuestras relaciones con ellas [las Repúblicas Hispanoamericanas], que apenas si llegan sus palpitaciones a España por otro medio que el de transacciones y disquisiciones literarias, patrióticamente acogidas por nuestra docta e ilustre Academia Española.

Exageraba el señor Reverter la historia de las relaciones culturales y académicas con Hispanoamérica. Carlos Rama ha recogido sus orientaciones principales, aunque se necesitan más investigaciones concretas: ciertamente algunos intelectuales americanos eran conocidos en la Península, así como algunos españoles lo eran en América. También es cierto que la Real Academia se había esforzado en crear academias correspondientes (la de Colombia, la primera, en 1871); pero sus contactos siempre los había mantenido con sectores conservadores de la sociedad hispanoamericana y, en principio, desde una concepción patrimonial de la lengua. Tampoco puede negarse la preocupación académica por Hispanoamérica: había comenzado a incorporar sistemáticamente americanismos al Diccionario de 1884 (algunos ya los había recogido en el Diccionario de Autoridades); Menéndez y Pelayo preparaba una Antología de poetas hispanoamericanos para el centenario; académicos como Valera o Menéndez y Pelayo eran paladines de los americanos...

A pesar de todo ello, desde los primeros momentos se le encomendó a la lengua española la misión de propiciar las relaciones con Hispanoamérica: el 30 de agosto de 1873 García Cortés, Ministro Plenipotenciario de España, razonaba así ante el Presidente de la República de Venezuela:

El Gobierno de la República española desea ardientemente que dos pueblos, hermanos por su origen y su lengua, y ahora tan afines por sus instituciones, consoliden cada vez más su amistad y su buena inteligencia, que el cambio de sus ideas adquiera un grande desarrollo y, sobre todo, que el comercio, este vínculo que tanto liga a las naciones civilizadas, se fomente en alta escala entre ambos países. (Gaceta Internacional, 7 de octubre de 1873.)

A la lengua se dedicaba un espacio considerable en la Gaceta Internacional por esos mismos años. Y, como último ejemplo, en 1889, Valles y Ribot, del Fomento Nacional, propugnaba así adherirse a la Unión Hispano-americana:

Hoy hemos tenido que adaptarnos a las necesidades y aspiraciones modernas. No vamos en busca de gloria, porque ya no somos quijotes; vamos, como buenos positivistas, en busca de mercados. Pero nosotros no aspiramos a abrir mercados a cañonazos, como los ingleses; aspiramos a tener mercados abiertos por el influjo de nuestra simpatía, por la influencia de la comunidad de raza, de la comunidad de historia, de la comunidad de lengua, que es el verbo divino de los pueblos; y por esto dirigimos nuestras miradas al Continente americano.

2.2.

Para conseguir sus propósitos, el Congreso Literario se dividió en tres secciones: Filología, Relaciones Internacionales y Librería. Examinando las Actas con cierta imparcialidad, puede descubrirse algún rasgo de su organización que encarrila las discusiones y los resultados: a) Heterogeneidad en la procedencia de los congresistas: se mezclaban representantes de la milicia, como Miguel Garcilaso Labadía; la Iglesia, como el padre Cámara, obispo de Salamanca; diplomáticos, como Fernando Cruz, ministro de Guatemala; escritores y periodistas, como Zahonero; académicos, como Commelerán; catedráticos universitarios, como Giles Rubio y Rodríguez Carracido; profesores de Institutos, como Oscáriz y Carlos Soler y Arqués; y gramáticos como Benot. b) Predominio de congresistas peninsulares. c) Desigualdad en la atención prestada a los temas del congreso: las discusiones filológicas se llevaron la parte del león, sobre todo las de la filología española; continuando con la tradición decimonónica de desinterés por las cosas de América, solamente se presentó una memoria sobre las lenguas indígenas del Continente Americano.

En cuanto a su organización, como era normal en la mayoría de los congresos del siglo xix, éste fue excesivamente reglamentista. En la sesión preparatoria se acordaron dos cuestiones de procedimiento fundamentales: a) De acuerdo con las bases, no se podían «hacer alusiones de carácter religioso, político o personal», b) Las discusiones no recaían sobre las memorias, «sino sobre las ponencias que las comisiones» presentaran (p. 22). Además, como puede apreciarse en múltiples páginas, las prisas entorpecieron las discusiones, lastradas, también, por la retórica decimonónica. Resultó así que, aunque las sesiones dedicadas a la lengua y las memorias de la sección filológica eran las más numerosas, eran escasas las propuestas que no coincidían con las de las ponencias; hecho normal, si recordamos que abundaban representantes de organismos oficiales entre los congresistas. Por otro lado, la unanimidad en las conclusiones reflejaba, en gran medida, el sentir mayoritario del momento. Sólo conviene advertir que en las Actas del Congreso se editaron por separado las discusiones de las ponencias, agrupadas por sesiones, y las memorias que se presentaron.

2.3.

La posición oficial del Congreso, de acuerdo con las palabras inaugurales de Cánovas, era proclamar la unidad de la lengua española, casi compulsivamente. Por ello, no puede llamarnos la atención que el tema primero tratara de las «razones de conveniencia general que aconsejan la conservación en toda su integridad del idioma»; ni siquiera como reducción al absurdo se trató de las virtudes de una hipotética fragmentación lingüística. A la unidad se dedicaron directa o indirectamente treinta y una conclusiones. A las relaciones internacionales y al libro, catorce y algunas adicionales. Antes de referirnos a algunas cuestiones lingüísticas (la unidad, la autoridad y el diccionario) aludiremos brevemente a las otras secciones.

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