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Congreso literario hispano-americano

Prólogo
A propósito de las actas del Congreso literario hispano-americano de 1892 (1 de 5)

Por Juan Gutiérrez Cuadrado y José A. Pascual Rodríguez

Introducción

Gracias a la iniciativa del Instituto Cervantes, que ha decidido volver a editar las Actas del Congreso literario hispano-americano de octubre de 1892, los estudiosos pueden fácilmente disponer de una serie de testimonios de primera mano relacionados con la conmemoración del Cuarto Centenario. Podríamos preguntarnos, sin embargo, si tiene algún sentido que nos interesemos por los acontecimientos de hace un siglo. Si nuestra respuesta es afirmativa, no es porque creamos que la historia es maestra de la vida: aunque los errores humanos se repitan, ocurre que las circunstancias que los rodean son diferentes, como lo son también las personas que tienen el privilegio de equivocarse. No, nos es suficiente para recordar el pasado comprobar la necesidad que tenemos los españoles de conocer mejor a los hispanoamericanos: ha sido esta la idea que nos hemos ido formando —por lo que de hecho se ha convertido en guía de nuestro trabajo—, a través de la jungla de sugestiones que nos ha suscitado la lectura de los textos de 1892, de forma que hemos llegado a estar afectados en este grato esfuerzo por la dependencia que existe entre el amor y el conocimiento. De lo poco que hemos llegado a conocer se deriva aquel, y de ambos la idea de que, en la situación actual de nuestro país, aunque contamos con prestigiosos especialistas en materia hispanoamericana, falta todavía mucho por ahondar en el conocimiento de Hispanoamérica, si de verdad queremos comprenderla, y si pensamos sinceramente que nuestras relaciones con sus pueblos significan algo más que un hermoso juego en el que afirmar todas nuestras capacidades retóricas.

Al presentar los textos de hace un siglo, ahora de nuevo sacados a la luz, hemos intentado dibujar el entramado histórico en el que encajan tales escritos y hemos procurado aludir al clima que favorecía su difusión. Se comprenderá que hayamos evitado resumir su contenido y que hayamos tratado de reunir, en cambio, cierta información sobre los antecedentes y las consecuencias de algunos temas principales, que afloran en los diferentes pasajes. Nuestra intención es proporcionar algunas claves que faciliten la lectura de esta documentación, lo que no implica que todos los lectores vayan a estar de acuerdo con nuestros puntos de vista. No existe, a juicio nuestro, una lectura canónica que acabe con el placer que produce la independencia de pensamiento, cuando esa lectura no es arbitraria sino fundada en razón.

Con la obligada brevedad que nos exige el espacio disponible, abordaremos el Congreso literario para fijarnos especialmente en las cuestiones relacionadas con el clima histórico, la unidad de la lengua española, y la tradición y continuidad de ciertos temas menores.

1. El clima histórico

1.1.

El Congreso literario hispano-americano se enmarca en el conjunto de celebraciones que jalonaron el año 1892 para conmemorar el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. Aquellas celebraciones se centraron en la figura de Colón, en el propio acontecimiento del descubrimiento o en el Nuevo Mundo. Eran opciones que se podían desarrollar de forma distinta: la prensa barcelonesa, por ejemplo, situó el eje de la celebración en la figura de Colón, mientras que don Marcelino Menéndez y Pelayo defendía, sobre todo, la perspectiva del alumbramiento del Nuevo Mundo, que era también lo que trataban de conmemorar los documentos oficiales: el «Cuarto Centenario del Descubrimiento del Nuevo Mundo», según explicaba el Decreto correspondiente a lo que en la portada de los folletos se aludía contradictoriamente como «Cuarto Centenario del Descubrimiento de América», que a veces se asociaba también a las fiestas para «honrar la memoria de Colón».

Para comprender los textos que ahora se reeditan no podemos perder de vista algunas coordenadas históricas generales, ni la misión que se le confiaba a la lengua en la mayoría de los actos de la conmemoración, misión plenamente confirmada, en diferentes circunstancias nacionales e internacionales, en el Congreso Social y Económico Hispano-Americano de 1900.

Es necesario, en primer lugar, llamar la atención sobre la misma forma de la celebración en sí. La Sociedad burguesa decimonónica puso de moda, para celebrar acontecimientos civiles, la que actualmente algunos denominarían la cultura de los centenarios. Parece que el impulso ideológico para ello surgió de Comte, partidario de sustituir las celebraciones religiosas por la liturgia de la conmemoración laica. La acepción de centenaire que aquí estamos precisando aparece en Francia en el siglo xix, en torno a 1866. Según M. Cortelazzo y P. Zolli (Dizionario etimológico della lingua italiana, I, Bolonia, 1979, s. v.), en Italia se documenta «centenario» en una acepción cercana a esa en 1865. En España el DRAE, en su edición de 1925, incorpora, en este sentido, dos acepciones, pero ya aparece en el Gran Diccionario de la lengua castellana de Aniceto Pagés a principios de este siglo. Parece que el primer centenario moderno es el de Feijoo de 1876; después se sucedieron imparables los de Calderón, Santa Teresa, Cervantes, Murillo... La moda de los centenarios refuerza, a su vez, la proliferación de cierta clase de acontecimientos como los certámenes, generalmente literarios, de arraigada tradición en Europa, al menos desde el siglo xv, y de otros dos tipos de reuniones, como el congreso o la exposición. El congreso era al principio, en el siglo xvii, una reunión política de naciones, y, después, gracias al desarrollo de la vida burguesa, se convirtió en una forma regular de relación de las sociedades científicas, comerciales o sindicales. La exposición, con antecedentes en el siglo xviii inglés y francés, es, sobre todo, una reunión típica de la sociedad industrial y comercial del xix; alcanzó su madurez con la regulación y coordinación internacionales acordadas al final de la Exposición Universal de Barcelona de 1888.

Por tanto, no debería extrañarnos que la celebración del IV Centenario se desgrane en numerosos Congresos, Certámenes y Exposiciones. Parece que la iniciativa gubernamental, de 1888, se vivificó con el empuje de la Unión Hispanoamericana, forjada a raíz de la exposición de París de 1889. A pesar de todo, las metas que se fijaba la convocatoria oficial eran relativamente modestas: en efecto, el Real Decreto de 9 de enero de 1891 nombraba una Junta Directiva y exponía sus directrices para conmemorar el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América (Conmemoración..., Folleto primero). Antonio Cánovas del Castillo, en su Exposición a la Regente, se lamentaba de que desde 1888, cuando se había empezado a planear el Centenario, no se había hecho nada, por lo que era ya muy poco el tiempo que quedaba. Aunque varias asociaciones particulares se habían interesado por el acontecimiento (la Real Academia Española, por ejemplo, había convocado un extraordinario certamen poético), quedaba mucho por hacer, y había que llenar un vacío. Si bien el acontecimiento era «internacional y cosmopolita», interesaba especialmente a la raza hispana. Considerando que no se podía competir con las potencias extranjeras (sobre todo con la exposición universal que los Estados Unidos de América preparaban en Chicago, que se inauguró en 1893): «Por causas múltiples y harto sabidas, no estamos en disposición de entrar en tan costosas rivalidades al presente». Por ello, en vez de una Exposición Universal, resultaba muy adecuado realizar una Exposición de objetos precolombinos. En Madrid, la conmemoración del Cuarto Centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo se concretaba en la Exposición Histórico-Americana de Madrid (Conmemoración..., Segundo Folleto). Y a las ciudades especialmente relacionadas con los acontecimientos históricos del Descubrimiento, como Granada, Santa Fe, Valladolid, Barcelona, Sevilla y ciertos lugares de Huelva, el Gobierno las animaba a sumarse a las celebraciones con iniciativas municipales, y les prometía su apoyo y colaboración. Por último, el Gobierno decidió también organizar en Madrid una exposición Histórico-Europea, como puede comprobarse por Conmemoración..., Folleto quinto.

Las conmemoraciones populares se desarrollaron desigualmente, pero tuvieron una presencia continuada en los carteles y murales, y en la prensa provincial o nacional del momento, durante todo el mes de octubre de 1892. Además de los actos religiosos (misas y procesiones) y festejos populares (verbenas, carreras y desfiles), aparecían detalladas reseñas de los monumentos colombinos entonces inaugurados o de los viajes reales a Andalucía. Llegaban a los españoles las crónicas de las conmemoraciones que se desarrollaban en otras ciudades europeas o americanas, sobre todo, Génova, Buenos Aires o Nueva York. Las revistas ilustradas, además de los diarios, llenaban las casas de la burguesía de materia americana, con reportajes, fotos, dibujos o narraciones sobre Colón, Hispanoamérica, las fiestas, los monumentos, los personajes históricos, políticos o literarios famosos. Si en Barcelona, exhausta tras la exposición de 1888, por una parte, y, por otra, confusa en cuanto a la orientación que debía dar a su participación en la conmemoración, la materia del Centenario estaba continuamente presente en la mayoría de los periódicos, podemos imaginarnos lo que sucedía en otras ciudades que no tenían estas condiciones tan particulares. S. Bernabéu Albert ha sabido recrear con amenidad y erudición el ambiente que se vivía en torno al Centenario, que no vamos a poder reproducir aquí.

Sin embargo, ni con el tímido impulso oficial, ni con la reseña de los festejos, en muchas ocasiones modestos, se hubiera producido el clima que se había logrado con el IV Centenario, si a la convocatoria oficial no se hubieran sumado Instituciones, Corporaciones o Asociaciones de diferentes ámbitos sociales. El extenso movimiento cultural que se generó en España a raíz del Cuarto Centenario del descubrimiento de América entre las capas medias se inscribe perfectamente en el capítulo del regeneracionismo burgués finisecular. Con los actos programados se pretendía despertar o afianzar la conciencia hispanoamericanista entre los españoles, hecho que debemos matizar a través de una serie de preguntas de no muy fácil respuesta: ¿Qué circunstancias históricas desataron la fiebre americanista durante el Centenario, y por qué se extendió la obsesión de la hermandad con Hispanoamérica en la antigua metrópoli, que había mantenido relaciones más que tirantes durante sesenta años con los nuevos Estados surgidos de sus antiguas colonias? ¿Por qué las alusiones públicas a la lengua y a la filología empezaban a cobrar un protagonismo imprevisible en un país en cuyas universidades no se estudiaban propiamente esas disciplinas?

1.2.

En la mayoría de las celebraciones de 1892, con matices diferentes y complejos, se puede observar la obsesión de la burguesía española de la Restauración por la consolidación de sus mercados económicos, obsesión expresada contradictoriamente todavía en esa fecha. Así, las iniciativas internacionales encaminadas a conseguir un mercado colonial en África, como ha analizado oportunamente Elena Hernández Sandoica, se pueden comprobar en el Congreso geográfico Hispano-Portugués-Americano de 1892, empezado a gestarse en 1884 (t. l, p. 1): al lado del interés por África, se nota, también, la exaltación de las virtudes de la colonización española y portuguesa en América. No parece que se tratara solamente de ensoñaciones literarias, sino de propuestas reales de consolidar zonas de influencia.

La burguesía nacional conoce una cierta época dorada, tras las leyes de Relaciones comerciales de 1882, que significaron el triunfo proteccionista y el principio de la expansión monopolista de la Compañía Trasatlántica en el comercio con las colonias. Para este amplio sector de la burguesía, la defensa del estatuto colonial era un principio irrenunciable, como afirma sin rodeos Pedro Estasén, prestigioso positivista barcelonés, en La protección y el librecambio. Consideraciones generales sobre la organización económica de las nacionalidades y la libertad del comercio, Barcelona, 1880. Sin embargo, en 1892 el horizonte no se había despejado por completo y la situación era contradictoria: el nuevo reparto colonial internacional, tras la conferencia de Berlín de 1878, había animado a ciertos núcleos de la burguesía a emprender una acción colonial en África, con resultados mediocres. En cambio, la seguridad del proteccionismo, a pesar de los continuos sobresaltos, producía beneficios en el mantenimiento de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, a pesar de lo que era obligado buscar y asegurar nuevos mercados. En esta situación, la burguesía española volvía una y otra vez los ojos hacia las Repúblicas de Hispanoamérica, con las que se imaginaba relativamente familiarizada. Pero las presiones internacionales, la deficiente preparación interna, las insignificantes relaciones comerciales entre España e Hispanoamérica (José del Perojo, Congreso Geográfico) y el propio estatuto colonial de Cuba y Puerto Rico, que distorsionaba también las relaciones con los otros países americanos —de hecho, muchas dificultades políticas y comerciales con otros Estados se relacionaban con esta cuestión—, no permitían dar con el camino deseado.

El IV Centenario sirvió también en diferentes ámbitos para remover las conciencias. A finales del siglo xix existían algunas relaciones personales o familiares consolidadas entre España e Hispanoamérica basta citar, como ejemplo, la donación de la Casa de España en Buenos Aires que hizo el prócer catalán Luis Castells; pero tales relaciones, por lo que tenían de aisladas, no podían subsanar el vacío de todo un siglo. Al lanzarse a celebrar el IV Centenario, la burguesía española se embarca en una operación de propaganda con el objetivo, entre otros, de abrir, ampliar y consolidar los mercados internacionales americanos. Así lo entiende Valera, según lo expone en el primer número de la revista El Centenario (Obras completas, III, p. 956):

Nuestras miras en la celebración del centenario deben dirigirse a que esta gran fiesta lo sea de suprema concordia, donde nos honremos y amemos, poniendo por encima de la discrepancia política de los diversos estados, un sentimiento de familia y una común aspiración que en la esfera más amplia nos identifiquen. Todo lo cual puede y debe tener fin práctico inmediato, ya por el desarrollo de nuestro comercio material, que abra de nuevo antiguos mercados... ya por el trato y convivencia mental, que vengan a hacerse más frecuente entre España y América.

Cuervo, al polemizar años después con Valera sobre el futuro previsible de la unidad del español, le reprocha las palabras que hemos citado, según mostraremos más adelante. Pero Valera no hacía más que reflejar en su escrito la opinión mayoritaria de la burguesía regeneracionista.

Diversos congresos en ámbitos diferenciados contribuyeron al éxito del Cuarto Centenario y, sobre todo, sirvieron para establecer una serie de contactos con Hispanoamérica como los que ya mantenían otros países europeos con aquellos Estados. Es cierto que la retórica, como señalaban los más críticos, se desbordó y que las relaciones cotidianas concretas mejoraron poco, pero también es verdad que, por primera vez desde hacía décadas, los contactos entre hispanoamericanos y españoles se multiplicaron y ello, por sí mismo, ya resultaba útil. Como advertía el Monarca español al saludar a los participantes en la Reunión Cuartadel Congreso Americanista:

Cicatrizadas ya, como acabáis de oír, las antiguas heridas de nuestra historia de América, parece como que un sentimiento de mutua justicia y de fraternidad tiende por ambas partes a acercar a estos pueblos, separados, sí, por el Océano, pero unidos aún por las creencias, por el idioma y por las costumbres.

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