Por Patrick Zabalbeascoa. Universitat Pompeu Fabra
Uno de los debates más polémicos en nuestra disciplina es la de si el traductor nace o se hace. Aparte de que cada uno de nosotros pueda estar más atraído por una u otra postura, o incluso defenderla abiertamente, hay una serie de consideraciones que merecen una cierta atención. Por ejemplo, si uno cree que el traductor se hace, es decir, que es imprescindible que reciba una formación adecuada antes de poder lanzarse a traducir, y/o una experiencia determinada para poder decir que es un buen traductor, ¿cabe admitir dentro de esta postura que aún a pesar de recibir una misma formación y tener la misma experiencia, las cualidades y la capacidad lingüístico-traductora de cada individuo puedan dar como resultado que unos traduzcan mejor que otros? ¿O es tan extrema la posición que llega a defender que todo el mundo puede traducir de la misma manera y con la misma calidad y velocidad si recibe la misma formación y adquiere la misma experiencia?
Por otro lado, habría que preguntar a aquellos que defienden la postura de que traducir es una habilidad innata que sólo disfrutan unas personas determinadas, si cabe plantearse la utilidad de una formación específica para desarrollar y sacar el máximo provecho de una capacidad natural para traducir, o si su postura es tan extrema que una educación formal no tiene justificación ya que el traductor con capacidad natural sólo necesita ir acumulando experiencia o como mucho recurrir al autoaprendizaje.
En España, el Ministerio de Educación ha dado su respuesta a estos planteamientos con la aprobación de la nueva licenciatura de Traducción e Interpretación y las universidades también han respondido con el reciente incremento sustancial del número de centros que ofrecen este título, tanto en universidades públicas como privadas. Con ello se da a entender que una persona puede, mediante estudios universitarios, formarse como traductor. La implantación de una licenciatura descarta los extremos de la dicotomía antes planteada, o sea que el traductor ni nace sabiendo traducir y teniendo que ser necesariamente bilingüe desde la cuna, ni todo el mundo puede traducir igual de bien una vez que haya pasado un periodo de instrucción o haya sido iluminado en una serie de principios y reglas traductológicas, como si fuera algo parecido a aprenderse el código de circulación para poder sacarse el carnet de conducir. Una licenciatura no se entiende como el final de un camino sino como un empujón para poder seguir por un camino determinado y seguir desarrollándose intelectualmente.
En realidad no se trata más que de desmitificar, de quitar el misterio y el componente mágico-intuitivo de la actividad traductora, por un lado, y, por otro, evitar caer en la descalificación (intelectual, social y profesional) de los traductores y subestimar las cualidades que son necesarias para ser un buen traductor profesional. La traducción como profesión ha de considerarse como una más (con sus particularidades, eso sí), donde caben planteamientos de formación y perfeccionamiento; ahora incluso se equipara en España con profesiones como la medicina y la abogacía cuyo ejercicio requiere una licenciatura universitaria. La traducción como arte o práctica literaria también puede considerarse una especialidad más dentro de la producción artística total, y, así como se da formación académica a violinistas y escultores, también se puede, en principio, ofrecer una metodología para la formación de futuros traductores literarios. Lo que realmente cabe preguntarse es qué distancia hay entre las bondades potenciales de ofrecer una metodología eficaz, por un lado, y por otro la existencia real de una metodología de eficacia ya contrastada en la situación presente. Asimismo, la universidad es un marco donde se forman futuros investigadores y docentes para cada especialidad.
A pesar del respaldo de las instituciones en la enseñanza de la traducción, sigue siendo lícito plantearse si realmente los traductores necesitan una formación específica o si bien hay otras alternativas. Estas alternativas incluyen una formación combinada pero separada en una serie de estudios que se consideren relacionados con la traducción o con una especialidad de traducción, aunque no entren directamente en el campo de la traducción. Por ejemplo, se podría proponer que el título de traductor se otorgase a aquellas personas que tengan dos licenciaturas, una en filología y otra en el campo temático de la especialización (derecho, por ejemplo, para la traducción jurídica y jurada). Otra posibilidad podría ser a través de la figura del aprendiz que va aprendiendo el oficio sobre la marcha en la empresa y va ganando promociones a medida que aumenta su rendimiento y la calidad de su trabajo. Otra alternativa es ofrecer la formación específica de traductores solamente en el tercer ciclo, es decir, en forma de másters o estudios de postgrado. Como ya hemos señalado, la realidad de la existencia de la licenciatura en Traducción e Interpretación nos da el contexto académico en el que nos hemos de desenvolver aunque no haya suficientes estudios científicos que clarifiquen el tipo de formación idónea ni el mejor perfil de los estudiantes, en cuanto a edad, estudios previos o competencias específicas. Parece que, mientras no lleguen resultados de estudios científicos, es el conjunto de factores sociales, políticos y profesionales de cada momento histórico y de cada país el que determina si un traductor profesional necesita un diploma o una licenciatura o un título de postgrado, y si necesita o no necesita una titulación específica para ejercer la traducción y la interpretación.
Una vez que se ha tomado la decisión de que es posible formar académicamente a los futuros traductores es necesario plantearse cuestiones metodológicas. En este sentido es de vital importancia no reinventar la rueda pedagógica ni vivir de espaldas a resultados de estudios contrastados y propuestas metodológicas interesantes. Con esto quiero decir que todo proceso de aprendizaje y de enseñanza tiene una serie de factores psicológicos, situacionales y sociales que hay que tener en cuenta. El profesor o diseñador de programas de cursos de traducción no debe tratar la enseñanza de su materia como algo mágico, como ya se ha dicho, ni algo puramente mecánico. Se puede, por no decir que se debe, explotar toda una serie de técnicas y tácticas que han demostrado su utilidad en la enseñanza y didáctica de otras disciplinas. Especial importancia tiene saber recoger y aprovechar las experiencias de las materias más estrechamente relacionadas como la didáctica de lenguas, adaptándolas, evidentemente, a los objetivos y los contenidos de un curso o una licenciatura de traducción.
Los principios didácticos suponen un intento por lograr, entre otras cosas, lo siguiente:
El complemento evidente al conocimiento y asimilación de estudios y modelos pedagógicos para una didáctica determinada es la profundización en el conocimiento de la materia que se imparte, en nuestro caso la traducción. Uno de los problemas no resueltos en nuestro campo es el de saber exactamente cuáles son los procesos mentales que se activan cuando se está traduciendo y cómo se organizan. Es fácil ver que la resolución de este problema tendría una gran incidencia en la didáctica de la traducción.
Dado que no tenemos todavía acceso al conocimiento de los procesos mentales del traductor, aunque ya se están haciendo muchos estudios en esa dirección, lo único que tenemos es la posibilidad de observar el resultado de esos procesos mentales. Uno podría pensar que la única manifestación material de lo que ocurre en el cerebro del traductor son sus traducciones. De esta manera han surgido propuestas de desarrollar metodologías basadas únicamente en el análisis de los textos.
Sin embargo, los procesos mentales del traductor también dan lugar a otras manifestaciones observables. Estos incluyen, por ejemplo, el tipo de actividades que se llevan a cabo durante la producción de la traducción (el texto meta o TM) y la distribución de su tiempo. Las actividades pueden incluir preparaciones previas a la redacción de la traducción, estrategias de consulta y localización de información, el repaso a cualquiera de las diferentes fases ya realizadas, la velocidad de trabajo, su organización, etc. Una metodología basada en estos factores, además de la evaluación de la calidad y el nivel de las traducciones, será necesariamente diferente a una que no tenga en cuenta estos factores.
Una vez que tenemos claro que intervienen muchos factores variables en la traducción, podemos plantear que una metodología puede perfeccionarse si se hace un esfuerzo por identificar un número lo más grande posible de factores y tratar de abordarlos en la didáctica de la traducción.
Parte de la complejidad de la traducción reside en que es multidimensional; por eso, su estudio es interdisciplinar. La traducción tiene una dimensión lingüística (e interlingüística), pero también tiene una dimensión social y profesional, una comunicativa y cultural, una comercial y editorial, una dimensión pedagógica, una psicológica, una tecnológica y computacional, y probablemente otras. A la dimensión psicológica e intelectual se le da mucha importancia, en principio, pero por falta de conocimiento no hay prácticamente datos aprovechables para aplicar en la didáctica de la traducción.
De todos los factores que pueden llegar a intervenir en una traducción, destaca uno que tiene que atraer necesariamente el interés de cualquier institución que se proponga impartir cursos de Traducción. Este factor es justamente el traductor mismo, más concretamente la competencia traductora, es decir aquellas cualidades que tiene una persona que le permiten traducir. En mi opinión la didáctica de la traducción tiene que tener por objetivo desarrollar y mejorar la competencia traductora, y no limitarse a traspasar una información más o menos normativa, sobre los principios y técnicas de la traducción y luego encargar muchas traducciones huérfanas de contexto y finalidad, simplemente para que los estudiantes vayan cogiendo práctica en esto de la traducción.
Se ha escrito mucho sobre competencia traductora, ya sea hablando del perfil del traductor ideal, ya sea desde la perspectiva didáctica. A mi entender, no existe en la realidad el traductor ideal como tampoco existe la traducción ideal. Lo que existen son traductores reales, unos mejores (más competentes) que otros pero todos con sus limitaciones y características personales. Por otro lado creo que, desde la perspectiva didáctica y otras, se puede haber pecado de planteamientos demasiado genéricos y simplistas, tendiendo a caer al final también en un retrato idealista del traductor. Casi todos hemos oído o leído alguna vez que el traductor debe saber dos lenguas perfectamente, debe ser fiel, objetivo y saber combinar todos los factores para producir traducciones correctas, etc.
Aquí propongo las siguientes preguntas como punto de partida: ¿Puede un buen traductor producir alguna vez traducciones malas? ¿Puede un mal traductor traducir bien alguna vez? O, dicho con otras palabras, ¿puede un traductor competente rendir mal en algunos casos o un traductor incompetente rendir bien para algunos encargos? Si la respuesta a todas estas preguntas es afirmativa quiere decir que tenemos que distinguir con mucho cuidado entre competencia y rendimiento del traductor. La didáctica de la traducción debe contribuir a potenciar la competencia de los futuros traductores pero no puede controlar todos los supuestos y contingencias por lo que no podrá garantizar un rendimiento óptimo en todos los casos.
Para mejorar el rendimiento y la calidad de las traducciones hace falta algo más que un buen método y una buena formación. La traducción tiene una dimensión social y profesional, como ya se ha dicho, y esto implica que también sería conveniente una labor de concienciación social y laboral para aumentar la calidad de las traducciones.
A continuación daré una relación de los posibles ingredientes que creo que constituyen la llamada competencia traductora, entendiéndose que cuanto más se tenga de cada ingrediente más competente resulta uno como traductor. La relación es una propuesta provisional, por lo tanto abierta a ampliación o modificación. Lo que importa es distinguir entre competencia y rendimiento. También es importante darse cuenta de que si se cambian los contenidos de esta relación también tendrían que cambiarse los contenidos de la didáctica de la traducción.
Es decir, traductor competente es igual a traductor bueno, y un buen rendimiento será directamente proporcional a una buena traducción.
A continuación detallaré los factores que pueden incidir en el rendimiento de un traductor (positivamente cuanto más tenga de cada y viceversa).
Es decir, el rendimiento y por lo tanto la evaluación de la actuación de un traductor depende de la competencia traductora, pero este factor no es el único parámetro que puede explicar el resultado final de una traducción. Una mayor competencia traductora es el factor que permite que un traductor rinda mejor que otro siempre y cuando todas las variables contextuales y las condiciones materiales sean las mismas para ambos y que ambos tengan el mismo entusiasmo y conocimiento de los temas tratados y del tipo de traducción requerido. Un traductor puede compensar en alguna medida una falta de competencia y mejorar su rendimiento si logra trabajar en condiciones óptimas y muy motivado.
Una vez que se tiene claro lo que es la competencia traductora y lo que podrían ser sus ingredientes más importantes, un centro que ofrece una licenciatura en Traducción e Interpretación puede estructurar la formación que considere más adecuada en dos niveles. Uno es el plan de estudios que reflejará no sólo las asignaturas de Traducción sino también todas las que, sin ser de traducción propiamente dicha, se consideran instrumentales en el desarrollo de la competencia traductora. Otro es la programación de las asignaturas de Traducción, tanto las teóricas como las prácticas, necesariamente coordinadas entre sí y con las demás asignaturas del plan de estudios.
Según los ingredientes de competencia traductora que hemos detallado más arriba, un plan de estudios para una licenciatura de Traducción debería incluir asignaturas de carácter lingüístico y de análisis y producción textual. Las asignaturas instrumentales pueden incluir una introducción a las fuentes documentales, la terminología, los recursos informáticos y las materias en las que el futuro traductor vaya a especializarse, como economía o derecho. También puede haber asignaturas de contenidos culturales y otras de tradiciones literarias. Un plan de estudios de esta naturaleza puede tener presente la formación de licenciados que no sólo sepan traducir, sino que también tengan cierto grado de competencia como lexicógrafos, terminólogos, documentalistas, redactores o correctores lingüísticos, en fin, muchas profesiones relacionadas con un abanico de conocimientos lingüísticos y culturales.
Una cuestión sobre la que todavía no existe un consenso en España es la programación de las asignaturas de modelos lingüísticos para la traducción y teorías de la traducción. Los programas de las asignaturas teóricas estarán influidos por un enfoque centrado exclusivamente en la formación vocacional y profesional o, por el contrario, una formación académica. Dos problemas concretos y relacionados entre sí son, primero, el momento idóneo durante la carrera en el que se deben impartir, y segundo, qué contenidos y orientación deben tener. En parte, estas dudas surgen a causa de la situación misma del campo teórico, donde existen todavía muchas discrepancias. Uno de los problemas más graves es el de la falta de uniformización terminológica.
El contenido de la asignatura teórica puede ser documental, es decir, informar de las diferentes corrientes de pensamiento que existen y han existido en la teorización sobre la traducción, o puede tener un enfoque más instrumental a la asignatura y presentar un método de traducción, un modelo de traducción, y unas técnicas de aplicación general. El momento concreto en que se dé esta asignatura determinará en gran medida su contenido. Si se da en el primer ciclo de la licenciatura, parece la asignatura ideal para introducir los factores generales de la traducción y dar una introducción a los términos más comúnmente utilizados, un metalenguaje común con el que poder hablar sobre el objeto de sus estudios y futura profesión.
Las asignaturas metodológicas y prácticas a menudo suelen, o al menos solían, enfocarse presentando a los alumnos una antología de textos para traducir confeccionada según unos criterios poco claros o, por lo menos, criterios que no son fruto de una estrategia combinada de los principios pedagógicos arriba mencionados ni de una noción de competencia traductora diferenciada del rendimiento del traductor. Otro enfoque es el que se organiza alrededor del proceso de elaboración de la traducción, donde el programa no viene definido exclusivamente por la selección de textos sino también por una serie de ejercicios, actividades o proyectos que se intentan llevar a cabo durante el curso. Esta metodología tiene como principio el desarrollo de la competencia del traductor por encima de su rendimiento puntual en una serie de traducciones concretas.
Este trabajo se propone aumentar el conocimiento racional de lo que supone traducir y los factores que intervienen en el proceso. Los factores específicos de cada caso determinado se pueden agrupar en una serie de prioridades u objetivos para la traducción, por un lado, y, por otro, éstas tendrán que ser compatibles con una serie de restricciones u obstáculos o dificultades que, aunque variables en número y tipo, nunca dejan de existir, y son los que impiden que la traducción pueda llegar a tener una total identidad con respecto al original. La presencia ineludible de las restricciones obliga a colocar las prioridades en un orden jerárquico según su importancia. El orden jerárquico es variable en función de la variabilidad de las restricciones.
Este trabajo de traducción comentada presenta una guía con las preguntas que el alumno debe hacerse para tener más en cuenta todos los factores y restricciones que influyen en su traducción y diseñar una jerarquía de prioridades adecuada a sus intenciones y a las expectativas de su cliente o sus lectores. Se supone que traductores experimentados también se plantean estas cuestiones, aunque a menudo de manera interiorizada, automática o intuitiva.
Este trabajo (como alternativa a una serie sistematizada de reglas y fórmulas) tiene como objetivo que el alumno pueda hacer lo siguiente: despreocuparse de la terminología; adquirir mayor conciencia de la naturaleza del proceso traductor; ver las condiciones de variación en la traducción y disponer de una manera de justificar las soluciones adoptadas; no verse limitado por una relación de soluciones o técnicas previamente aprendidas; disponer de un esquema válido para la práctica, la crítica y la evaluación de las traducciones. Puede servir además de instrumento para documentar casos y soluciones para futuras referencias.
Se trata de explicitar de manera sistemática todos los pasos y las cuestiones que surgen en la realización de una traducción. Se establece una jerarquía coherente y realista de prioridades tanto a nivel del texto en su conjunto (prioridades globales) como también a nivel de aquellas prioridades que sólo son operativas en una parte muy concreta del texto y que se justifican por unas circunstancias específicas (prioridades locales), que sólo son operativas sobre uno o varios segmentos del texto. Las prioridades locales pueden parecer contradictorias con las globales, pero no suelen ser más que estratagemas para conseguir algún tipo de efecto especial, y en última instancia sirven a las prioridades globales aunque de forma indirecta.
Las restricciones no tienen un valor absoluto ni universal, sino que varían en cuanto a presencia y fuerza. La fuerza depende de la dificultad que se encuentra en superar la restricción. Se procura que los alumnos encuentren las restricciones específicas de cada caso y sepan evaluar las consecuencias de su presencia. Por ejemplo, cada prioridad supone una restricción para la consecución de las demás.
Algunas de las restricciones están presentes en unas partes de un texto con mucha mayor fuerza que en otras, e incluso, aún estando presentes en una traducción anterior o un segmento anterior de un mismo texto, pueden estar ausentes en la siguiente. A este fenómeno lo llamo restricciones canceladas.
Cuando el alumno ya ha caracterizado el TM según las tipologías aplicables, se encontrará en mejor posición para colocar las características textuales en orden de importancia. Esta fase del trabajo es deseable sobre todo en aquellos casos en que el traductor se encuentra ante un tipo de texto que tiene características que le resultan poco o nada familiares, o presenta un carácter híbrido o paródico.
El alumno aprende a establecer jerarquías de importancia primero y, después, intenta reflejarlas mediante un conjunto coherente de soluciones. Es importante resaltar el orden de estas dos fases. El trabajo está dividido en tres grandes apartados: los factores, las prioridades y las restricciones.
El alumno tendrá que recoger toda la información que contribuya a un análisis del TP con la finalidad de traducirlo. La información incluirá datos y factores pertinentes, información que el traductor puede usar para su tarea concreta, aquella información que tiene una incidencia sobre el proceso y el producto de la traducción. Se pide a los alumnos que investiguen todos los aspectos que no les son conocidos y organicen los que conocen.
En este punto se pide una interpretación del sentido y la intención del TP adecuada y suficiente para poder traducirlo. También puede ser necesaria una evaluación crítica del TP y un conocimiento de su valor literario, social, científico o académico. Se aplicarán las aportaciones de disciplinas relacionadas con el análisis de textos, sobre todo: la teoría y la crítica literaria, para la evaluación y crítica del TP; modelos de análisis lingüístico, para un análisis lingüístico del TP; las teorías de la comunicación (análisis pragmático, social y semiótico).
Se persigue la producción de un texto según los requerimientos y objetivos del TM que vendrán definidos por las restricciones impuestas sobre el proceso (profesionales, técnicas, legales, socioculturales, etc.), y las prioridades que el traductor decida que han de incorporarse al TM. Se da cuenta de los factores contextuales pertinentes para la realización del TM. ¿Cuál será la razón de ser, la justificación de la traducción y cuál será su función? ¿Qué objetivos se persiguen con ella? ¿Qué relación tendrá con los otros textos de su nuevo contexto? ¿Cuál es la intención del iniciador? ¿Cuáles son las instrucciones del encargo? ¿La traducción se produce en un contexto profesional, académico o personal?
Se hace una descripción del lugar y de las condiciones de trabajo. ¿Dónde se hace la traducción? ¿De cuánto tiempo y de qué medios se dispone? ¿Cuál es el incentivo y la motivación del traductor? ¿El traductor escogido es el idóneo para este encargo? ¿Cuál es su competencia y especialización? ¿Si hay más de un traductor, cómo se van a repartir las tareas? ¿El traductor firmará su trabajo o será anónimo? ¿Quién es el iniciador de la traducción, cómo es y qué expectativas tiene?
Se pregunta por el tipo de acto de comunicación; similitudes y diferencias en las estrategias y normas comunicativas de los dos textos; estudio contrastivo de los factores pragmáticos y discursivos.
¿Cuál es el perfil del receptor prototípico, sus conocimientos, sus escalas de valores, las expectativas del receptor del TM y su capacidad de asimilar y apreciar nuevas informaciones o ideas?
Hay que saber las similitudes y diferencias de valores socioculturales, normas de cortesía y tabúes entre el receptor del TM y el del TP.
¿Es importante su identidad o se puede clasificar el TP como anónimo? Si el TP no es anónimo, ¿qué factores hay que tener en cuenta? ¿El TP se escribió sólo para ser traducido, o cuando fue escrito podía imaginarse el autor que su texto iba a ser traducido o querer que no fuera traducido?
Se señala todo fenómeno lingüístico (contrastivo entre la lengua del TP y la del TM) relevante para la realización de la traducción: por ejemplo, aspectos léxicos, sintácticos, etc. que tengan o no correspondencia exacta o directa en la otra lengua, además de correspondencias y equivalencias engañosas.
A modo de resumen de todo lo anterior, se señalan muy brevemente las diferencias contextuales o comunicativas más importantes.
El siguiente apartado de cuestiones sirve para ordenar las prioridades concretas de una traducción determinada, tanto a nivel global como local.
En este punto se hace una lista de las características que debe reunir el TM y se colocan en orden de importancia y relevancia en previsión de casos en que no se encuentre una solución que dé respuesta a todas con el mismo grado de perfección. Puede haber algunas prioridades de igual rango. Se trata de comprobar que las estrategias y soluciones no comprometan la cohesión ni la coherencia del TM en los siguientes aspectos: tipo de texto (según el medio, el género, el formato, el lugar de publicación, los temas, etc.), niveles de equivalencia prioritarios.
A continuación enumeraré las preguntas que se pueden hacer para caracterizar un texto y asignarle un género o categoría.
A continuación describimos algunos niveles de equivalencia que pueden buscarse entre las prioridades del TM. Esta relación de equivalencias no pretende ser exhaustiva. Tampoco se espera que un traductor tenga que responder siempre a todas estas cuestiones de manera explícita y por escrito. Su finalidad es crear una herramienta pedagógica para ilustrar la variedad de equivalencias posibles y desarrollar la competencia traductora del alumno al ayudarle a darse cuenta de los tipos de cuestiones que necesita resolver antes de ponerse a traducir un texto. Lo que se procura es dar un guión de trabajo que cada traductor puede adaptar a sus circunstancias.
Equivalente, aquí, significa `un aspecto o elemento del TM que con respecto al TP sea igual o lo más parecido posible cuando la identidad total no sea posible´.
Un ejercicio anterior a la presentación de este cuestionario puede ser pedir a los alumnos que escriban un texto según una serie de prioridades y condiciones que luego se desvelarán como las posibles prioridades y restricciones para un determinado TP, y ya tendrán hecha casi toda la traducción sin haber echado mano del concepto de equivalencia.
A continuación hay una serie de prioridades posibles a partir de las cuales el alumno debe confeccionar su jerarquía y cumplirla lo más estrictamente posible a fin de producir una traducción coherente. Debe darse cuenta de que puede expresar sus prioridades en términos de series de equivalencias, o no, según le convenga.
Variantes a este planteamiento consisten en: (a) dar un número reducido de prioridades a escoger para facilitar la elección; (b) no dar ninguna relación para alumnos que no necesiten orientación.
Igual que el TP (o a diferencia del TP) es una coletilla que se puede añadir a cualquier prioridad y establece cada nivel de equivalencia.
En esta sección preguntamos por prioridades de signo negativo.
El siguiente guión sirve para completar y complementar las cuestiones anteriores.
La tercera y última parte del trabajo es una propuesta para estudiar las restricciones. No tiene pretensiones terminológicas y es modificable según las necesidades pedagógicas. Se trata de confeccionar una lista de todas las restricciones que dificultan la realización de una traducción determinada y explicar en qué medida suponen un problema. Para ello tenemos este cuestionario orientativo.
En este estudio he procurado presentar una justificación para una didáctica de la traducción enfocada sobre todo a mejorar la competencia traductora dentro de un contexto universitario. Para ello he distinguido primero entre competencia y rendimiento. Como ejemplo ilustrativo de esta metodología he presentado un trabajo basado en los conceptos de prioridades y restricciones. La finalidad del trabajo es aumentar el conocimiento racional de los factores de la traducción como parte integrante de la competencia traductora. Considero que el conocimiento racional y la sistematización del trabajo es mejor que una competencia que dependa exclusivamente del genio de cada uno y de la intuición del momento.
El trabajo se basa en un enfoque variacionista de la traducción y pretende ofrecer una alternativa a lo que algunos llaman método de traducción, dándole un sentido más de acuerdo con la naturaleza variable de todos los factores que intervienen en una traducción. Para mí, un método de traducción no es más que un nombre o una etiqueta que se da a la combinación de una jerarquía de prioridades globales y de una serie de restricciones globales cuando esta combinación resulta ser recurrente para una gran cantidad de traducciones.
En el caso de alumnos más avanzados (o incluso traductores experimentados) se puede confeccionar una versión abreviada y personalizada que recoja sólo los datos más relevantes de los factores, prioridades y restricciones, materiales y fuentes disponibles, estrategias y técnicas apropiadas.
Podría tener el aspecto de una ficha que incluiría apartados para documentar información identificadora de la traducción como fecha, cliente, tipo de encargo, etc. En un apartado de la ficha reservado a las estrategias, el traductor apuntará métodos generales de análisis del TP; recogida de información pertinente; y producción del TM. El apartado de las técnicas detallará soluciones nuevas y especialmente eficaces en la resolución de problemas específicos y localizados que podrían volver a salir en el futuro o que resultan paradigmáticos.