Jaime Otero
La imprecisión de las fuentes en materia de hablantes, muchas veces, y las distintas interpretaciones a que se presta el mismo concepto de hablante de una lengua, otras tantas, dan lugar a una gran variedad de cómputos, que el lector puede comprobar fácilmente acudiendo a los abundantes estudios, anuarios o enciclopedias que recogen datos de este tipo.
Con el fin de mantener un seguimiento consecuente, se han aplicado, con pocas excepciones, los mismos criterios de censo de hablantes que en años anteriores1, utilizando nuevas entregas de las mismas fuentes. La principal de ellas es el anuario de la enciclopedia Británica (Britannica Book of the Year, BBY), que incluye una sección estadística dedicada exclusivamente a las lenguas. El BBY utiliza para sus estimaciones una gran variedad de fuentes nacionales e internacionales, incluyendo el Anuario Demográfico de Naciones Unidas. Para elaborar este apéndice se ha acudido también a algunas de esas fuentes de forma directa, aunque es preciso advertir que en el curso de un año han sido pocos los cambios reflejados en ellas. Por ese motivo, buena parte de las observaciones complementarias aparecidas en el Anuario del Instituto Cervantes 1998, procedentes de fuentes de naturaleza dispar, son válidas todavía para este año, y no se ha considerado necesario repetirlas aquí.
En efecto, el cambio demográfico no se percibe a ojos vistas, y sobre todo, el principal instrumento para su registro los censos nacionales suele emplearse con una frecuencia no menor a los diez años. Las estimaciones anuales proporcionadas en especial por las Naciones Unidas se basan entre tanto en fuentes nacionales complementarias, como los registros civiles y en el cálculo de las tasas de crecimiento natural de la población. La información lingüística puede ser aún más intermitente y fragmentaria, pues no todos los países la recogen en sus censos y los que lo hacen no aplican los mismos procesos y períodos entre sí. Para llenar estas lagunas, los editores del BBY han recurrido a interpretar datos de otra clase, como la distribución étnica o procedencia nacional de la población en aquellos países que los recolectan.
Además del crecimiento natural (positivo o negativo) de la población, que conlleva un ritmo de cambio lingüístico que podríamos llamar generacional, dentro de un país pueden producirse cambios más rápidos a causa de los movimientos migratorios, que pueden formar nuevas minorías lingüísticas o engrosar otras preexistentes. La repercusión de estos cambios en nuestros datos es pequeña; en parte porque los movimientos migratorios, al menos los registrados legalmente, son por lo general poco relevantes estadísticamente a corto plazo; en parte porque los criterios empleados en los cómputos tienen en cuenta únicamente los hablantes nativos de una lengua en países donde ésta es oficial, lo que excluye, por ejemplo, minorías tan importantes como la de los hispanohablantes en Estados Unidos.
En otro aspecto, los criterios empleados para la elaboración de estas tablas tienen consecuencias más visibles. Al incluir en el censo de hablantes de una lengua los que la hablan en los países donde es oficial, aunque no sean hablantes nativos o de lengua materna2, un cambio de oficialidad en un país puede tener consecuencias significativas en el cómputo general. A lo largo del año pasado, al menos tres países incluidos en nuestro estudio, Guinea Ecuatorial, Kenia y Ruanda, tomaron decisiones sobre sus lenguas oficiales a favor del francés y del inglés. Estas «anexiones territoriales» son también visibles en la tabla 1, que recoge la superficie geográfica de las cinco lenguas más extendidas del mundo, si lo comparamos con el cuadro equivalente del Anuario de 1998.
Es evidente que no por declararse una lengua oficial se convierten de inmediato los habitantes de un país en hablantes de esa lengua, pero las decisiones políticas pueden tener indirectamente o a mayor plazo influencia sobre la distribución demolingüística de la población, en particular si esas decisiones atañen a la lengua principal de la enseñanza o al uso de las lenguas en la administración pública.
En la tabla 2 se muestra el número de hablantes de español en los países donde es oficial. Una vez más es preciso advertir que para el censo de hablantes se ha utilizado el concepto de lengua materna en un sentido amplio, sumando aquellos hablantes de español a los que se les supone un conocimiento de la lengua equivalente al de un hablante nativo. Esto incluye, por ejemplo, a los que el BBY registra como bilingües español-lenguas amerindias en países como Paraguay, Perú o Guatemala, y a quienes en España tienen como lengua materna otras lenguas peninsulares4.
La tabla 3 presenta algunos datos de procedencia diversa sobre los hablantes de español en países y territorios donde la lengua española no es oficial. Si los datos de la tabla 2 han de tomarse con las mayores precauciones, éstos son aún más imprecisos, empezando porque la selección de países se ha realizado en función de la disponibilidad de las fuentes. Es probable, en este sentido, que haya también grupos significativos de hispanohablantes en Países Bajos, Reino Unido o Brasil, como los hay en Bélgica, Alemania o Filipinas 6.