Amparo Morales
La importancia y la representatividad que han alcanzado los grupos hispanos en la sociedad actual estadounidense se hace palpable no sólo en los datos cuantitativos demográficos, sino también en las inquietudes y los temores de muchos norteamericanos. En años recientes han surgido algunas voces de alarma por parte de ciertos sectores de la población estadounidense que se sienten amenazados por el crecimiento de la población hispana, y preocupados por los cambios que este hecho pueda ocasionar en su entorno lingüístico y en sus oportunidades de trabajo. Durante la recesión mundial de los años setenta y ochenta, muchos norteamericanos empezaron a ver a los extranjeros como una de las posibles causas de desempleo del país y como receptores privilegiados de gran parte de los beneficios sociales que ellos mismos necesitaban. Ya entonces algunos empezaban a considerar a los inmigrantes como una carga excesiva para la nación; y ahora, cuando los datos demográficos muestran cifras muy altas de inmigración hispana, las voces de alarma se repiten. La situación actual preocupa a muchos, pues Estados Unidos ha pasado a ser la cuarta nación en el mundo en cuanto a población de hablantes de español. Según las estadísticas de los últimos años, el grupo estadounidense blanco decrece considerablemente, mientras que la población hispana y asiática aumenta a ritmo acelerado. Los datos indican que en 1982 había 15,8 millones de hispanos, que representaban aproximadamente el 7 por ciento de la población general, y que alcanzaron ya el 11,1 por ciento en 1997, con una población de 29,7 millones, lo que los aproxima ya al tamaño de la población negra, que representa el 12,8 por ciento de la población total (con 34,2 millones). Las proyecciones del Current Population Report de 1997 estipulan que en los próximos años la sobrepasarán, y que la población hispana (o latina, como se prefiere llamarla actualmente) «después del 2020 añadirá más gente a Estados Unidos cada año que todos los otros grupos étnicos combinados»1. Spencer 1986 ya preveía este descenso proporcional de los norteamericanos blancos, y otros cálculos demográficos lo han ido confirmando; por ello, la población general crece a ritmo cada vez más lento2. A partir del 2025, el grupo de raza blanca podría tener el ritmo de crecimiento más lento de su historia. Así se ve en la tabla 1a, recogida del Current Population Report de 1996, donde aparece la población segmentada en grupos étnico-raciales, los blancos (no hispanos) son los únicos que descienden en número3. Contrastadas las cifras y porcentajes de los distintos grupos raciales (tabla 1b), se observan las significativas proporciones de la población hispana frente a la general y a la de los otros grupos. Aunque los informes de población de años anteriores presentaban proyecciones algo más moderadas, la tendencia general es la misma y los últimos informes, que son los que presentamos en las tablas, permiten ser optimistas al respecto. Esta representatividad y la distribución racial actual muestran que la composición demográfica de Estados Unidos está cambiando y que etnográficamente será mucho más variada de lo que ha sido hasta ahora. Estos postulados se repiten incesantemente en todos los cálculos cuantitativos.
En la tabla 1c se presentan los últimos datos de 1997. Como se ve, la tendencia al aumento se mantiene.
Ante estas cifras, y debido a que la inmigración se señalaba como el factor más importante en el crecimiento de los grupos hispanos, el Gobierno estadounidense se vio en la necesidad de examinar la política migratoria. Se quería controlar en particular la inmigración ilegal procedente de México y de Centroamérica, que era la más numerosa4. Gran parte de los estadounidenses se preguntaba si el Gobierno era capaz de llevar a cabo la empresa o si, por el contrario, esa labor estaba ya totalmente fuera de su alcance. Otra duda que comenzó a manifestarse era si los inmigrantes eran beneficiosos para el país o si los «braceros» desempeñaban labores que podían realizar los ciudadanos estadounidenses menos calificados. Estos planteamientos hicieron que en noviembre de 1986 se aprobara una ley migratoria especial, la Immigration Reform and Control Act (IRCA), que constituía el mayor cambio en la política de inmigración desde 1960 y que, aunque continuaba favoreciendo a los que venían a trabajar en el campo, creaba un nuevo esquema de relaciones sociales y económicas para los inmigrantes. La IRCA contiene cinco grandes programas: legalización de indocumentados5], prohibición de empleo a ilegales, con sanciones a los empresarios que no la cumplan, pero también con medidas protectoras contra la discriminación6, ayuda económica a los Estados por los gastos que producen los nuevos ciudadanos legales 7, programa de ayuda a los inmigrantes durante el proceso de verificación (SAVE)8 y provisiones especiales para los trabajadores de la agricultura 9. Posteriormente, en 1996, se aprobó la Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsability Act (IIRIRA), que entró en vigor en abril de 1997. Esta ley contiene medidas complementarias encaminadas a agilizar la deportación de ilegales, endurecer las sanciones por retraso en la salida de los poseedores de visados temporales y restringir las ayudas sociales a los inmigrantes en general10. Con ella, los beneficios de la «Ayuda», el SSI y los «Cupones» serán sólo para los ciudadanos. A los inmigrantes se les provee de un sistema mucho más restringido de ayuda, en el que participan los Gobiernos federal, estatal y local.
Se creía que estas leyes restrictivas iban a tener profundos efectos en la vida social y económica del país, especialmente en el suroeste, en California, donde se encuentra la mayor cantidad de ilegales; pero hasta ahora los resultados no son muy claros y, en general, la representación numérica de las comunidades hispanas no parece haber cambiado mucho. Muchas variables son aún desconocidas, como, por ejemplo, cuántos extranjeros tienen derecho a la legalización y cuánta ayuda se obtendrá de los empresarios que deben declararlos. Hasta ahora, sólo se ha conseguido aumentar el número de peticiones de ciudadanía: 2,7 millones de indocumentados recibieron estatuto legal bajo el IRCA en los últimos diez años, con la particularidad de que cada año se registra un aumento en el número de juramentos de ciudadanía. Una vez se han convertido en ciudadanos, los inmigrantes pueden, a su vez, reclamar a sus familiares y llevarlos a Estados Unidos. Si no reunieran las condiciones económicas suficientes para hacerlo, por tener ingresos muy bajos, se permite que cualquier persona amiga que cumpla los requisitos asuma las responsabilidades correspondientes.
El Gobierno toma medidas en muchas ocasiones contradictorias. Así, aunque durante los años 1997 y 1998 ha estado llevando a cabo con cierta energía la deportación escalonada de ilegales, actualmente, por ejemplo, está considerando otra amnistía para los ilegales de Centroamérica, por las circunstancias tan adversas que han sufrido sus países como consecuencia del huracán Mitch. Todo esto hace impredecible no sólo el número de legalizaciones que puedan darse en adelante, sino también los resultados finales de cualquier medida restrictiva. Desde luego, una cosa está clara: el flujo de ilegales no ha cesado.