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El español en el mundo

Demografía de la lengua española

Francisco Moreno Fernández y Jaime Otero

3. Demolingüística del mundo hispano

Las descripciones cuantitativas de una lengua —sea el español, sea cualquier lengua— han de tener en cuenta sus caracteres más destacados, internos y externos. Las características de la lengua española, como sistema lingüístico y como vehículo de comunicación de una amplia comunidad, se pueden resumir en los seis puntos siguientes:

  1. El español es un idioma homogéneo. Si bien es difícil cuantificar el nivel de homogeneidad de una lengua —a pesar de los esfuerzos de la lingüística cuantitativa— y partiendo del hecho de que cualquier lengua del mundo es esencialmente variable y, por lo tanto, presenta variedades internas de naturaleza geolingüística y sociolingüística, se puede afirmar que el español es una lengua relativamente homogénea que ofrece un riesgo débil o moderado de fragmentación. Los fundamentos de esta homogeneidad relativa se encuentran en la simplicidad del sistema vocálico (5 elementos), la amplitud del sistema consonántico compartido por todo el mundo hispánico, la dimensión del léxico patrimonial compartido (léxico fundamental) y la comunidad de una sintaxis elemental.
  2. El español es una lengua de cultura de primer orden; huelga todo comentario sobre la historia, la calidad y la riqueza de la literatura española e hispanoamericana.
  3. El español es una lengua internacional; tiene un carácter oficial y vehicular en 21 países del mundo.
  4. El español es una lengua geográficamente compacta: la mayor parte de los países hispanohablantes ocupa territorios contiguos, lo que convierte este dominio en una de las áreas lingüísticas más extensas del mundo.
  5. El español es una lengua en expansión; el aumento del número de hablantes ha sido continuo desde la época de la colonización americana, si bien el mayor crecimiento demolingüístico se ha producido a lo largo del siglo xx.
  6. Aunque el territorio correspondiente al mundo hispánico incluye grandes zonas bilingües o plurilingües, ofrece en términos generales un índice de comunicatividad muy alto y un índice de diversidad bajo o mínimo, índices que cobran una significación especial cuando se comparan con los de territorios no hispánicos. Se habla de comunicatividad alta cuando en una comunidad plurilingüe existe una lengua concreta que sirve de medio de comunicación en toda la sociedad; se habla de diversidad para aludir a la probabilidad de encontrar dos hablantes, elegidos al azar, que hablen lenguas diferentes: en el caso de los países hispánicos, si «hablar» una lengua se entiende como «usar» una lengua, la diversidad sería muy baja (veáse el cuadro 1).

Estos comentarios a propósito de la diversidad y comunicatividad de los territorios hispánicos nos aproximan directamente a la realidad indígena de Hispanoamérica porque, sin duda, muchas de las incógnitas y carencias sobre la demolingüística del español están relacionadas, de forma muy estrecha, con el conocimiento y el uso de las lenguas indígenas americanas.

Es innegable que la lengua española ha tenido un protagonismo singular en América desde los primeros tiempos de la colonización y que su presencia se ha hecho singularmente preponderante a partir de la independencia de los países hispanoamericanos. Todo ello se ha producido de una forma tal que el español es sentido generalizadamente no como una lengua ajena e impuesta, sino como parte de la esencia hispanoamericana, en su conjunto y de cada una de sus áreas.

Hispanoamérica indígena

Las lenguas de los pueblos indígenas más primitivos tecnológica y organizativamente experimentaron un intenso proceso de reducción y sustitución ya en los primeros momentos de la conquista; las lenguas generales (náhuatl, quechua) y las de los pueblos más desarrollados han sobrevivido, a pesar de que fueron arrinconadas por las clases criollas republicanas. Sin embargo, ni siquiera estas últimas lenguas escapan al proceso de sustitución conocido a lo largo del último siglo.

Es verdad que en los últimos años se han organizado importantes movimientos en defensa de lo indígena y a favor del multiculturalismo, como es verdad que se han ido oficializando las lenguas indígenas de mayor peso, pero tal realidad no está impidiendo que sigan desapareciendo lenguas minoritarias y que la proporción relativa de hablantes de estas lenguas se vaya reduciendo paulatinamente.

El estudio demográfico de las lenguas indígenas presenta casi todos los problemas generales que hemos tenido oportunidad de exponer: falta de censos, censos incompletos o anticuados, falta de rigor en la recogida de la información lingüística. Por eso no existe una información precisa y rigurosa sobre el conocimiento y el uso de las lenguas indígenas en Hispanoamérica. Se sabe que México y Perú son los países con mayor población indígena de toda América (cerca de nueve millones cada uno) y que la implantación del guaraní en Paraguay alcanza probablemente al 90% de la población, pero desconocemos una gran parte de la realidad: los problemas metodológicos se antojan insalvables. A este respecto, Ralph Fasold ha señalado, sobre datos aportados por Joan Rubin:

«En Paraguay, la pregunta sobre la lengua pasó de ser una pregunta sobre el conocimiento en el censo de 1950 a ser una pregunta sobre el uso habitual en el censo de 1962. En 1950 se preguntaba a los paraguayos qué lengua o lenguas sabían hablar. En 1962, en cambio, se les preguntaba por la lengua o las lenguas que normalmente hablaban. Si una persona sabía español y guaraní, pero normalmente usaba el guaraní, en 1950 respondería que era bilingüe, pero en 1962 respondería que usaba sólo el guaraní.»

Siendo así las cosas, es fácil comprender la dimensión del problema que supone determinar el número de personas que tienen el español como lengua materna.

La aplicación de un método para el estudio de la demografía del español necesita que se comenten y fijen unos criterios lingüísticos elementales. Si se pretende conocer el GLM de la lengua española, es necesario optar definitivamente por un concepto de «lengua materna»: para esta investigación consideraremos «lengua materna» aquella que se adquiere en el ámbito familiar durante la primera infancia y prescindiremos de la amplia casuística que la realidad ofrece. Ello no va a impedir, no obstante, una vez contabilizado el GLM, la realización de recuentos complementarios en los que se manejen criterios diferentes o que atiendan a situaciones particulares.

El GLM del español

En cuanto a la caracterización de lo que vamos a considerar «lengua española», no puede olvidarse su carácter de coiné; se trata de una lengua que, como hemos dicho más arriba, se caracteriza por su homogeneidad lingüística, especialmente en sus niveles más cultos. Pero, por muy cierta que sea esta realidad, tampoco se debería ignorar otro hecho: que la lengua española aglutina variedades geolingüísticas y sociolingüísticas diversas, aunque, de acuerdo con nuestros actuales intereses, sólo las primeras van a ser valoradas. Así pues, consideraremos como manifestaciones de la «lengua española» todas sus variedades dialectales —europeas, americanas y africanas— e incluiremos aquí las hablas criollas de base hispánica, así como las variedades judeo-españolas distribuidas por varios lugares del mundo.

El cuadro 2 está basado en los datos recogidos y elaborados por el anuario de la Enciclopedia Británica 1997 Book of the Year -Events of 1996 (en adelante BBY). Estos datos tienen, a los efectos de la comparación, la virtud de haber pasado por el tamiz de los mismos recolectores y editores, que en parte han dejado hecho el trabajo de homogeneización de datos de naturaleza, tiempo y fiabilidad a menudo muy dispares. En las notas, estos datos se completan con datos procedentes de los censos nacionales, en aquellos países donde las respectivas oficinas del censo recogen información lingüística o que permita deducir usos lingüísticos. De esa forma, el lector puede contar con algunos elementos de juicio para evaluar la exactitud de la fuente principal.

El BBY emplea como base de datos los Anuarios Demográficos de las Naciones Unidas, que en última instancia dependen de los datos proporcionados por las autoridades estadísticas de los distintos países, y también directamente de los propios censos nacionales. Al exponer los criterios empleados para su recuento de hablantes, el BBY resume lo esencial de los problemas metodológicos explicados en este ensayo: muchos países no recogen datos oficiales sobre el uso de las lenguas y las estimaciones no basadas en censos o encuestas nacionales revelan una acusada falta de precisión.

Para completar los datos oficiales y otras estimaciones de base, los redactores han interpolado datos procedentes de otras fuentes: a veces no hay datos de habla en los censos, pero sí de carácter étnico (pertenencias a etnias o grupos indígenas) o de nacionalidad (extranjeros residentes, lugar de origen de inmigrantes) que permiten deducir usos lingüísticos.

Para la elaboración del cuadro 2, se han aplicado a los datos del BBY los siguientes criterios unificadores: sólo cuentan los hablantes que tienen el español como lengua materna en países o territorios donde ésta es oficial de un modo u otro 14; junto a los miembros del GLM se han contado los que figuran como bilingües de español con otra u otras lenguas, ignorando en qué grado las conocen o usan respectivamente.

El cuadro 3 complementa el anterior con cifras de procedencia diversa sobre los hablantes de español en países y territorios del mundo donde la lengua española no es oficial. Si los del cuadro 2 son datos que han de tomarse con las mayores precauciones, estos son aún más imprecisos. A la falta de comparabilidad en el nivel de conocimiento de la lengua, el carácter y la extensión de su uso, hay que añadir la variedad de las fuentes y del origen de los datos en el tiempo.

Algunos proceden de fuentes censales comparables, otros de registros de extranjeros; hay estimaciones basadas en datos remotos o parciales que no se han corregido con ajustes y proyecciones como en el cuadro 2. Se encontrarán en este cuadro países y territorios donde hay minorías de hablantes de español poco significativas. Otros casos similares (Trinidad y Tobago, Jamaica) y algunos más de países donde pueden encontrarse colonias de españoles o hispanoamericanos (Holanda, Noruega) han sido omitidos por no disponer de datos precisos.

Una combinación de cuadro 2 y del cuadro 3 daría como resultado una cifra de hablantes de español en un nivel aproximado al de la lengua materna (es decir, incluyendo a aquellos hablantes que tienen un alto dominio de la lengua española aun cuando hayan adquirido otra lengua con anterioridad, al mismo tiempo o posteriormente, y mantengan el uso de ambas) de alrededor de 350.000.000 (351.068.983) de individuos.

  • (14) Una situación especial es la de los saharauis. Los campos de refugiados, donde es oficial la lengua española, reúnen un número de hablantes que puede oscilar entre los 150.000 y los 200.000. Estas personas, hablantes de hasanía, aprenden el español en las escuelas. En el Sahara Occidental, el censo español de 1970, ahora objeto de discusiones en las negociaciones sobre el futuro de la antigua colonia española, daba 16.648 hablantes de español sobre 76.425 habitantes. volver
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