Francisco Moreno Fernández y Jaime Otero
El conocimiento del número de hablantes de una lengua tiene un gran valor para cualquier comunidad lingüística. Si se percibe que una lengua tiene vitalidad, esto es, que cuenta con un número apreciable de hablantes, su importancia social puede verse incrementada dentro de la misma comunidad y entre los miembros de comunidades lingüísticas ajenas: cuanto mayor es el número de hablantes, mayor puede ser también el prestigio de una lengua.
Por otra parte, es obvio que la política, la industria, la educación lingüística o la investigación científica de una comunidad tienen una estrecha relación con su perfil sociolingüístico; de ahí que el conocimiento de las características de una lengua, empezando por el número de hablantes, sea susceptible de proyección en el ámbito de la praxis social.
Las comunidades lingüísticas son agrupaciones y mercados cuyo tamaño y posibilidades determinan unos modos sociales, económicos y de comunicación, pero es importante advertir que la consideración social de una lengua, si bien está ligada a su vitalidad, también depende de otros factores, como la historia, la autonomía o el nivel de desarrollo normativo, científico-técnico y literario: todas las comunidades encierran valores simbólicos, difícilmente cuantificables, que a menudo se reflejan en la vida cotidiana.
La intención de estas páginas es presentar y comentar algunos datos fundamentales de la demografía de la lengua española. Sin embargo, aunque nuestro interés estará centrado de forma casi exclusiva en el español, resultará obligado, por una parte, prestar atención a otras lenguas, como el inglés o el francés, con el fin de fijar unas referencias que ayuden a valorar más objetivamente la situación actual y, por otra, hacer referencia a las lenguas con las que el español convive, tanto en Europa como en América.
Estimar la cantidad de personas que hablan una lengua viva es algo complicado, «más complicado, si cabe, que estimar el número de lenguas» que existen en el mundo 1. Esta afirmación pone de manifiesto un hecho al que se enfrentan cotidianamente todos los demolingüistas independientemente de su origen y cuya principal consecuencia es la falta de un conocimiento preciso de la realidad.
La tarea de hacer recuentos de hablantes no carece de antecedentes ni para el español ni para otras muchas lenguas, porque desde hace tiempo los anuarios estadísticos internacionales y algunas enciclopedias lingüísticas incluyen epígrafes sobre este particular. Además, existen obras monográficas, algunas de gran importancia como el Statistical Report on the Languages of the World de Gyula Décsy 2 , en las que se ofrecen las cifras de hablantes de las más diversas lenguas y familias lingüísticas 3.
A pesar de todo, varios trabajos recientes han llamado la atención sobre las lagunas que ofrece la demolingüística del español 4: en ellos, el interés por lo puramente demolingüístico se ha conjugado con unos planteamientos más amplios, como la consecución de un índice capaz de cuantificar el peso político del español en el mundo o el estudio de la situación de la enseñanza del español como lengua extranjera.
Al abordar la demolingüística del español específicamente y del modo más universal posible, este estudio no tiene la pretensión de resolver todos los problemas asociados al recuento de hablantes de esta lengua. Nuestra aspiración es presentar un cálculo aproximado del número de hablantes de lengua española en la actualidad, utilizando para ello los limitados recursos existentes, sean éstos de origen demográfico o propiamente lingüístico.
Tal objetivo, tan necesario como aparentemente simple, requiere una serie de labores previas, como explicar el procedimiento de cálculo, qué se entiende por hablante e incluso qué se va a considerar como lengua española: ¿Se puede hacer un recuento? ¿Se considera hablante de español al que tiene esta lengua como segunda o tercera? ¿Se ha de incluir en la lista de hispanohablantes a los de la isla de Guam (Islas Marianas) o a los hablantes de papiamento de Curazao (Antillas Holandesas) junto a los puertorriqueños?
Todo ello está lleno de erizadas dificultades porque la incertidumbre es la norma en cualquier estimación lingüística, especialmente en lo que se refiere a una lengua internacional y en expansión, como es el caso del español. Los problemas son tantos que conferir a un recuento de esta naturaleza el tratamiento de definitivo rayaría en la temeridad, pero, al mismo tiempo, no es menos cierto que muchas de las dificultades que van a quedar en evidencia podrían encontrar algún tipo de paliativo en futuros estudios: una labor coordinada y periódica de recogida de datos, de puesta al día de la información, vendría a cubrir una laguna injustificable en el mundo hispánico.
El esfuerzo, por parcial o inseguro que sea su resultado, ha de merecer la pena porque proporcionará un claro beneficio el beneficio de la información a muchos sectores de la comunidad hispanohablante.