Ángel Martín Municio
Dentro, pues, de esta reconocida exigencia de una política lingüística coherente, el proceso de intelectualización de la lengua española resulta imprescindible en el quehacer político nacional de la comunicación científica 11 e, incluso, se ha señalado su urgencia por importantes motivos económicos internacionales. Uno de ellos, que pudiera afectarnos de forma muy directa, se refiere a la puesta en vigor del Mercado Común del Sur y a la necesidad de confeccionar repertorios terminológicos especializados medio ambiente, economía, etc. en portugués y español, que solucionen los múltiples problemas de comunicación entre consumidores y productores de Brasil y las naciones de la cuenca del Plata. Otros influyen, de manera muy general, sobre nuestro prestigio lingüístico y político en el seno de la Unión Europea; y es bien sabida nuestra limitada presencia e influencia en este campo.
En este necesario gran proceso de intelectualización de la lengua española, ha de tomar parte una colección de proyectos parciales que añadir al señalado de los recursos terminológicos cuyo comportamiento cooperativo sólo puede producirse sobre la base de la coherencia política. Y, si a los científicos habría que mostrarles que sus jergas, a veces necesariamente crípticas, y casi siempre buscadamente elitistas, tendrían en la lengua y en su corrección un gran valor añadido; la administración y la gestión de nuestra ciencia, bajo cualquiera de sus denominaciones, debiera ser consciente de la necesidad de buscar el imprescindible equilibrio entre la lógica aceptación de las novedades, concisas e impersonales en su forma, generalmente en inglés, de la literatura científica actual en las revistas especializadas internacionales, y el absurdo desmerecimiento de las publicaciones científicas por el sólo hecho de serlo en español o en revistas españolas, oficialmente desconsideradas en una dudosa apreciación de méritos investigadores académicos. Profunda y persistente incoherencia de nuestra débil política lingüística que, felizmente, crea herramientas, aunque escasas de medios, como el Instituto Cervantes para la difusión del conocimiento y el uso de nuestra lengua, pero, a la vez, restringe una de las posibilidades más prestigiosas de su ejercicio.
No es necesario dejar de reconocer que la lengua vehicular de los hechos científicos y tecnológicos es, desde hace varias décadas, el inglés, por el propio peso de sus investigaciones y desarrollos, para abandonar a su suerte, en una compleja ilación, a las propias revistas, bibliotecas, sociedades científicas, divulgación, ensayos, promoción científica, relaciones internacionales, etc. Todos estos ingredientes están profusamente interrelacionados y sinergizan con facilidad sus actividades. Y no debiera ser excusa su posible deficiente calidad porque habría que añadir nuevos agravios y nuevas responsabilidades. Y, en este sentido, la Resolución de 6 de noviembre de 1996, BOE del 20 de noviembre de 1996 (Gobierno del Partido Popular) copia literalmente la de 26 de octubre de 1995, BOE del 16 de noviembre de 1995 (Gobierno del Partido Socialista), al establecer los criterios específicos de evaluación de la actividad investigadora, aceptándose como «prestigio reconocido las que ocupen posiciones relevantes en los listados por ámbitos científicos en el Subject Category Listing del Journal Citation Reports del Science Citation Index (Institute of Scientific Information, Philadelphia, PA, USA)». No se excluirá a este reconocimiento práctico, tendría menor importancia, si nuestra política lingüística pudiera hacer suyo el tipo de afirmación del Consejo Superior de la lengua francesa 12:
«La langue française est au coeur de notre culture et de notre patrimoine, un patrimoine que nous partageons avec l'ensemble de la communauté francophone qui attend de nous une politique linguistique dynamique et inventive. Essentielle pour le développement culturel, économique et social du pays, elle est aussi le vecteur de la présence de la France au plan international... Pour que le français demeure une langue de communication internationale, il convient de favoriser sa diffusion et de s'attacher à lui conserver sa place dans les secteurs sensibles, notamment dans la vie scientifique et dans les organismes internationaux.»