Ángel Martín Municio
Si nos apuntamos, como parece deba ser, a esta adecuación de la lengua española como imprescindible argumento previo para enfrentarse a este desafío, o, si queremos, para su mantenimiento, empleo y expansión, no cabe la menor duda de que ello tiene que basarse en una política lingüística coherentemente correcta, capaz de atender a los múltiples flancos que muestra. Necesidad en la que coinciden los autores que, en los últimos años, han tratado este asunto con notable solvencia (5,7,8,9). Uno de ellos, al referirse al empleo del español como lengua de producción e intercambio de los resultados de las ciencias, tanto humanas y sociales como las exactas, físicas y naturales, asegura, a modo de resumen:
«La conclusión dista mucho, por el momento, del triunfalismo engañoso de los desinformados de turno: la internacionalidad del español es más relativa que absoluta, aunque esta consecuencia no sólo depende de la utilización, sino también de la falta de inversión. El español podría ser realmente una lengua internacional si se realizaran los esfuerzos oportunos para que así fuera, lo que equivale a decir si se considerara la rentabilidad de la inversión lingüística 8.»
Ocurre, sin embargo, que esta rentabilidad es un parámetro complejo, muy difícil de evaluar cuando a él contribuyen componentes económicos, ciertamente, directos algunos y otros muchos no tanto, y, a la vez, factores culturales, de prestigio, etcétera 9 . Mas las inversiones, con gran frecuencia, no son sino conocimiento y preocupación por las situaciones, sin implicaciones económicas importantes, como las que señala José A. Pascual:
«Una de ellas se refiere a lo que se conoce como intelectualización de una lengua estandarizada, es decir, la mayor o menor facilidad que existe para realizar en ella formulaciones precisas y rigurosas y, si es necesario, abstractas; esta intelectualización tiene uno de sus pilares en la terminología, que es uno de los ámbitos en que nos encontramos más desasistidos los hispanohablantes... Carecemos de una institución que oriente eficaz y compartidamente la creación terminológica en España y en la América de habla española; hecho para el que no existen graves problemas de índole teórica, pero que exige una política lingüística bien orientada que facilite la creación paralela de voces técnicas en los distintos países de habla hispana» 10.