Centro Virtual Cervantes
Lengua
El español en el mundo > Anuario 1998 > A. Martín. Comunicación...
El español en el mundo

El español y la ciencia

Ángel Martín Municio

2. Comunicación científica en español

A los mismos criterios de hegemonía se refería Rodríguez Carracido, al comparar la comunicación científica en español de su momento, hace medio siglo, con la de tiempos anteriores, la de los siguientes al Descubrimiento de América. Así eran algunos de sus lamentos:

«Afírmase comúnmente que sólo en las producciones literarias y filosóficas se revela el carácter nacional, pero no en las científicas, en las cuales con absurda obstinación no quiere verse la personalidad del autor, alegando que los fenómenos naturales están sujetos a las mismas leyes en todas las zonas del Planeta y su conocimiento lo expresan por idénticas fórmulas los hombres que viven en las más apartadas regiones... nadie negará que la tradición de los grandes maestros orienta en determinadas direcciones la labor investigadora de los que trabajan influidos por las enseñanzas de aquellos iniciadores de verdaderas series intelectuales, constituyendo grupos específicos de cultura dentro del saber general humano... Por estas condiciones personales y locales de su proceso conceptúo que no es empeño artificioso distinguir la nacionalidad de la ciencia; y sin que a ello se opongan sus modestas proporciones, afirmar que existe ciencia española, hoy poco perceptible por la pobreza del organismo nacional que la produce, pero de gran realce en el período pujante de nuestra Patria; realce adquirido principalmente en la labor original que hubo de realizar para el conocimiento y la explotación de las riquezas del Nuevo Mundo 3

Está claro que se refería, por ejemplo, a la Historia General de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo, publicada como sumario en 1526; a la Historia Natural y Moral de las Indias del jesuita José de Acosta; a El Arte de los Metales, de Álvaro Alonso Barba; a los numerosos estudios sistemáticos que, ya en el siglo xviii, resultaron de las tres expediciones botánicas que dirigieron Ruiz y Pavón —al Perú— , Mutis —a Nueva Granada— y Sessé y Mociño —a Nueva España—.

A estos últimos hacía alusión Carracido de esta manera:

«La cultura importada por la dinastía borbónica fue puramente literaria en sus comienzos, pero la gran estimación concedida a los que entonces eran llamados conocimientos útiles promovió los estudios científicos dando la preponderancia a los que conducían a la explotación y acrecentamiento de las producciones naturales. Nuestros estadistas, influidos por las tendencias de su siglo, mostraron gran interés en poseer el inventario de las riquezas minerales y vegetales de las colonias, y con este deseo renació la literatura científica hispanoamericana.»

Ejemplos de este tipo de comunicación científica fueron las noticias recogidas en los Anales de Historia Natural, desde 1799, de los hallazgos de la expedición de Humboldt, que recorrió gran parte de América, y que redactaban, entre otros, Proust, Herrgen y Cavanilles.

Los importantes estudios españoles sobre la minería y la flora americana, y su correspondiente comunicación científica en español, no lograron conectar con todo lo que la ciencia europea venía ya mostrando abundantemente. No supieron nuestros políticos, tampoco los científicos ni los filósofos con toda seguridad, compartir las innovaciones metodológicas que suponía la autonomía de la ciencia, reivindicada por Galileo, entre otras novedades de la vida social y política del siglo xvii; ni, mucho menos aún, incorporarse a la posterior revolución y empleo de la química, en el siglo xix, que consiguió el aislamiento e identificación de numerosos productos naturales procedentes de plantas.

Y la lengua española que mantuvo las brillantes aportaciones de las singularidades de la flora americana, no pudo servir de medio de comunicación a una posterior ciencia que, inexistente, facilitó el camino a las demás lenguas europeas. A partir de entonces, y a través del siglo xx, nunca estuvo el poder político tan ligado al prestigio científico y tecnológico, y, a ellos, como en las anteriores zancadas de la historia, la comunicación lingüística de la ciencia. No en balde:

«la lengua es un fenómeno en esencia político; incluso podría decirse que lengua y política son dos caras de la misma moneda en la medida en que ambas, más que permitir y ordenar la comunicación social son la comunicación misma. Y jerga familiar o profesional, dialecto local, lengua nacional, lengua internacional y lingua franca 4

La referencia anterior de Lapesa puede empalmarse con una colección de otras sobre la actual situación del español en la ciencia y la tecnología. Una de estas asegura:

«La situación del español en la ciencia y la tecnología nunca hubiera sido una preocupación en un Congreso internacional de la lengua española de no haberse producido un cambio sustancial en la superficie de contacto entre ciertos productores de sentido científico-técnico y una importante mayoría de extraños a él. Mientras nuestros lógicos, matemáticos o físicos hablaban entre ellos (bien o mal, con mucha o poca contaminación lingüística, de acuerdo o no con la norma y el uso de la lengua), por ejemplo sobre las expresiones del álgebra de Boole, a muy pocos incomodaba: nada nuevo desde Pitágoras, Euclides o Aristóteles en el discurso científico de Occidente. La cuestión cobró dimensiones de problema acuciante cuando sofisticaciones científicas —precisamente como el álgebra de Boole— desembocaron en desarrollos tecnológicos patentables y en productos de una industria de punta que por su intrusión masiva y creciente en la cotidianeidad se convirtió en un hecho de cultura revolucionario. Nadie ignora que los avances actuales en el campo de la investigación científica y los desarrollos tecnológicos ligados a los sectores más dinámicos de la economía tienen en el inglés su lengua vehicular. Verdadera lingua franca del fin de este milenio, su imperio —por el momento avasallante— deriva de problemáticas conocidas para los sociolingüistas: el grado de vitalidad, cohesión, expansión, difusión y penetración de una lengua depende del prestigio que, para propios y ajenos, tenga la cultura de la cual es portadora...» 5

  • (3) Rodríguez Garrido, J.: Discurso, pp. 18-21, Real Academia Española, Madrid, 1908. volver
  • (4) Tamarón, Marqués de: El peso de la lengua española en el mundo, Universidad de Valladolid, 1995. volver
  • (5) Pagliali, L.: Comunicación al I Congreso Internacional de la Lengua Española, Zacatecas (México), 1997 volver
flecha a la izquierda (anterior) flecha hacia arriba (subir) flecha a la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es