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El español en el mundo

El español y la ciencia

Ángel Martín Municio

1. La lengua española en la ciencia y la tecnología

Lengua y organización de la realidad

En un reciente documento, preparatorio de la actuación de la Unión Europea en vísperas del próximo milenio, se dice:

«No hay duda alguna de que, actualmente, el mundo es mas complejo. Para entenderlo mejor y situarse mejor en él, el individuo debe saber más. Es innegable que muchas de las respuestas a los grandes problemas de la sociedad, tanto el crecimiento y el empleo como la salud, el medio ambiente o la movilidad, deben buscarse en la ciencia y la tecnología... En una sociedad europea que se debate entre transformarse o seguir igual, el individuo, en su quehacer diario, es, al mismo tiempo, ciudadano, consumidor de productos y de servicios, y creador de ideas y de comportamientos. Inmerso en un mundo que se basa de manera cada vez más directa en el dominio del conocimiento, a veces se para a pensar en las repercusiones de los avances científicos en su modo de vida y sus valores

Ciencia y tecnología, sus avances y valores, que se acompañan de la esencialidad de una comunicación multilingüe. Comunicación multilingüe porque, en primer lugar, la concepción misma de la ciencia y, por ende, la descripción científica comparten con el lenguaje la raíz de sus problemas. En segundo término, porque la ciencia es una artesanía organizada 1 a escala mundial, y la organización demanda comunicación, y la organización científica exige el lenguaje escrito y el oral entre los científicos. Y, en tercero, en las mismas palabras de Lapesa 2, porque

«... no podemos desatender el momento histórico en que vivimos. La sociedad se transforma; la ciencia y la técnica llenan de realidades nuevas el mundo; las formas del vivir cambian a ritmo acelerado. La sacudida alcanza, con intensidad sin precedentes, al lenguaje. De una parte, por la invasión de palabras nuevas, resultado unas veces de la mayor comunicación entre los distintos países y de la uniformación internacional de las formas de vida. Otras veces, como consecuencia de la ampliación del campo de intereses del hombre medio, a quien afectan rápidamente los progresos científicos y técnicos que antes eran sólo materia de especialistas...»

La lengua, en efecto, es la primera ciencia que posee el hombre. La lengua es una primera clasificación del mundo y ella nos muestra una organización de la realidad; pero esta inicial descripción científica por el lenguaje natural sirve demasiado trabajosamente a ciertos tipos de realidades científicas. El desarrollo de la ciencia y la aparición de nuevos dominios en ella van acompañados de una necesidad de superación del lenguaje natural. Sucedía así en Al otro lado del espejo:

«Alicia caminaba por el bosque de las cosas sin nombre, abrazada al suave cuello del Cervatillo, cuando el animalito miró a la niña con sus ojos grandes y dulces. ¿Cómo te llamas?, ¡recuérdalo!, ¡piensa! La pobre Alicia respondía ¡ojalá lo supiera! mientras acariciaba al Cervatillo que logró desasirse de ella con un repentino brinco en el aire justo al salir del bosque, a la vez que se alejaba gritando ¡soy un cervatillo y tú eres una niñita!. Alicia conoció así su nombre...»

Y también la creación que supone el dar nombre preocupó a los insectos:

«...cuando una vocecilla amiga haciendo cosquillas en el oído de Alicia susurraba: sí que no me harías daño aunque soy un insecto; y, luego, preguntaba a la niña ¿así pues, no te gustan los insectos?; tras lo que Alicia comenzó una conversación con el Mosquito, que así resultó ser el insecto con el que hablaba: me gustan cuando hablan y no me divierto con ninguno, más bien los tengo miedo, a lo menos a los más grandes.

Alicia y el Mosquito platicaron sobre los nombres de los insectos —el Tábano, la Libélula, el Dragón, la Mariposa...—; pero, ¿de qué sirve que tengan nombres si no responden cuando se les habla por su nombre?, arguyó el Mosquito. A ellos no les sirve de nada, respondió Alicia; pero es útil para las personas cuando los nombran. Y si no, ¿para qué tienen nombres las cosas?»

Relato de cómo la lengua natural sirve de telar sobre el que entretejer una lengua modificada, una terminología especial, con pretensiones más o menos universalistas, e, incluso, los mismos sistemas simbólicos, carentes de ambigüedad, con total ambición universalista. Todos los dominios de la ciencia estuvieron siempre empeñados en crear un lenguaje simbólico apropiado a su objeto, tendente a la abstracción y a un mejor ajuste a la estructura de la realidad. Y, a la vez, la lengua natural se ha ido amplificando con un cierto grado de cientificismo y refinando en su intento de lograr una mayor amplitud de sus objetivos. Este grado de cientificismo entremezclado con la lengua natural aparece ya arraigado en los tiempos clásicos, aunque data de los dos últimos siglos el gran incremento de su presencia; lo que ha dado origen a esa primera consideración de la comunicación multilingüe.

Comunicación multilingüe cuya naturaleza ha ido cambiando con los tiempos en función de la hegemonía política, el poderío económico y la influencia tecnológica de las naciones; de un siglo a esta parte tan fuertemente relacionados entre sí.

Puede ser un bonito ejemplo clásico la magna obra del módico griego Dioscórides de Anazarbus que, en el siglo i, acompañó a los ejércitos romanos en sus campañas y logró reunir una enorme cantidad de información sobre plantas medicinales. En De Materia Medica sistematizó los conocimientos de 700 plantas y un millar de sustancias, unificó los criterios de su descripción ateniéndose de forma regular a la exposición de la sinonimia de cada especie, sus caracteres, comprobaciones, acciones, uso médico y falsificaciones. A partir de Galeno, a lo largo de toda la Edad Media, y hasta bien avanzado el mundo moderno, la Materia Medica fue un instrumento imprescindible para la práctica de la medicina, a la que acudieron durante siglos médicos, farmacéuticos y profanos de todos los países en busca de datos para la preparación de multitud de remedios. Los libros de Dioscórides, los de Arquímedes y los de Plinio llegaron a tener total vigencia hasta los físicos y naturalistas del Renacimiento. Y la misma ciencia árabe, al estilo del Liber Fundamentorum Pharmacologiae, de Abu Mansur, acudió al latín como medio de difusión de sus hallazgos. Tomás Moro escribió en latín su Utopia y Francis Bacon, finalizando el siglo xvi, publicó una traducción latina de la primera serie de sus Ensayos; y, en tiempos de Shakespeare, se redactó en latín la primera Farmacopea Britanica.

  • (1) Hogben, L.: Science for citizen, p. 17. George Allen and Unwin. Londres, 1938 volver
  • (2) Lapesa, R.: Discurso, pp. 124-5, Real Academia Española, Madrid, 1972. volver
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