Julia Escobar
La traducción y la interpretación antes de ser profesiones han sido prácticas habituales en todos los procesos sociales y culturales, ligadas por supuesto al conocimiento de idiomas, pero sin que se las considerara ni una disciplina académica ni una profesión, de forma que Steiner no andaba muy descaminado al referirse a la traducción como a un conjunto de prácticas tan amplio y tan variado que escapa a todo esquema único 46. Sin embargo, parece lógico que en una sociedad cada vez más exigente con la formación de sus profesionales se hayan ido perfilando ese «conjunto de prácticas» hasta el punto de convertirse en una profesión digna de ser regulada y desde luego, remunerada.
Es evidente que estamos conociendo en España un momento crucial para la consideración social y profesional de la traducción; a pesar de ello, grandes sectores de opinión, por ejemplo la prensa literaria y la mayor parte de los intelectuales, permanecen indiferentes a la importancia de esa función de la que sin embargo dependen. Es de esperar que la incorporación de la traducción a la Universidad contribuya a elevar la categoría profesional de los traductores y a dignificar su profesión.
Dicha incorporación abre también una fructífera vía de investigación teórica que no puede sino redundar en beneficio de su práctica. No me refiero solamente a los estudios sobre historia de la traducción desarrollados en tesis doctorales y a otros proyectos de investigación, sino también a los laboratorios de nuevas tecnologías aplicadas a la traducción, y otra serie de investigaciones que sólo pueden llevarse a cabo en condiciones favorables en el ámbito universitario 47.
Los estudios terminológicos, tan necesarios para los traductores científico-técnicos (y para los literarios) proceden también del ámbito universitario 48 y en él se están desarrollando en la actualidad el mayor número de coloquios y encuentros sobre la teoría y la práctica de la traducción y la interpretación, en la que estudiosos y profesionales tienen ocasión de revalidar sus conocimientos y contrastar sus experiencias.
En cuanto al mercado laboral, de lo anteriormente expuesto se deduce que a pesar de la tantas veces reiterada indefinición de sus competencias y del consiguiente descontento de los profesionales que la practican, la traducción y la interpretación han conocido un notable incremento en todos los sectores 49. El más controlable, el sector editorial, es también uno de los más pujantes. Ya en 1981, la Comisión de las Comunidades Europeas había advertido que la edición era uno de los sectores más prometedores dentro de mercado de la traducción y que los ámbitos de expansión eran los de la traducción técnica (económica, jurídica y científica) y en menor medida los ámbitos de lo literario y de la educación, como hemos podido ver al analizar el sector editorial español.
Al comprobar el elevado número de traducciones que se hacen en España hay una reflexión que hacer: durante el año 1996 se publicaron 11.833 traducciones de las que hay que descontar (haciendo un cálculo proporcional) las correspondientes reimpresiones y reediciones. Si tenemos en cuenta que los traductores censados, es decir, los que pertenecen a las asociaciones de traductores rondan el millar y que los activos quizás no lleguen a los ochocientos 50 (de los cuales no todos se dedican por entero a la traducción editorial), deducimos que las editoriales han tenido que recurrir forzosamente a traductores supuestamente no profesionales, lo cual refleja una vez más la escasa profesionalización de muchos traductores así como la importancia y la urgencia de formar traductores literarios 51.
En España, en algunos centros como el IULMTYT de Madrid o la Escuela de Traductores de Toledo y en algunas Facultades de Traducción o Interpretación se enseña traducción literaria pero no de forma continuada y específica. También las Asociaciones profesionales organizan esporádicamente talleres durante sus Encuentros y Congresos, a todas luces insuficientes por su brevedad. Los agentes editores, responsables en definitiva del producto ante el consumidor final, es decir, ante el lector, no deberán ser ajenos a esta necesidad.
En lo que se refiere a la lengua española, la novedad de algunos temas que han de ser traducidos e interpretados (por ejemplo en las instituciones de Unión se abarcan todos los temas concebibles con excepción de la teología y los temas de defensa) obliga a la creación de neologismos, lo que supone un indudable enriquecimiento léxico, así como a plantearse la necesidad de una red terminológica que, en nuestro país, es todavía muy incipiente o al menos está poco coordinada.
Por último, la incorporación de las nuevas tecnologías pone de manifiesto la insuficiencia de recursos lingüísticos del español para su aplicación industrial. Hay toda una tecnología lingüística herramientas integradas de composición, bases de datos, interfaces con sistemas humanos, traducción automática, correo electrónico, tratamiento del habla, etc. que habrá que establecer lo antes posible para poder estar a la altura a la que está destinada nuestra lengua en los albores del nuevo milenio.