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El español en el mundo > Anuario 2012 > V. L. Mora. Conclusión
El español en el mundo

Redes sociales, textovisualidad y transmedia: literatura y nuevas tecnologías

Vicente Luis Mora

8. Conclusión

Es peligroso comenzar con negociaciones, y fatal terminar con ellas.
Thomas Carlyle

Aún es pronto para hacer una evolución global de todos los fenómenos estudiados, y otros que hemos aparcado por estar muy estudiados o habernos referido a ellos en trabajos anteriores (el hipertexto, por ejemplo), pero quizá es factible presentar hipótesis de trabajo sobre el modo en que las nuevas formas de publicación están afectando a lo que antes entendíamos por literatura. En lo tocante a los aspectos creativos, Henry Jenkins ha señalado en su ensayo Convergence culture (2006) que más que de «revolución» podríamos hablar de «evolución». Como sucedió con la aparición del códice o de la imprenta, los cambios suscitados por las distintas formas electrónicas de escribir y leer están transformando nuestros hábitos lectores y creadores. Vamos a ver aspectos concretos.

En primer lugar, la creación fluye hoy de forma libre, y es accesible de forma instantánea en cualquier punto del planeta que se encuentre conectado a Internet. En la mayoría de los casos, mana además de manera gratuita y desinteresada, con las lógicas excepciones (de hecho, el libro electrónico está reformulando ese espacio, debido al empuje con el que las editoriales tradicionales están penetrando en el medio). En segundo lugar, y como expliqué en Pangea. Internet, blogs y comunicación en un mundo nuevo (2006), esta interconectividad creativa está produciendo modelos artísticos de comunicación y difusión diferentes de lo que entendemos por literatura. Por ejemplo, la publicación instantánea se une a la recepción y comentario inmediatos, que a su vez producen nuevos textos, ya sea mediante la recomposición de la obra (que se convierte, gracias a la retroalimentación lectora, en interactiva), ya sea por la creación de otro u otros textos distintos de respuesta a la respuesta. De forma que cuando, en algún instante, la obra colgada en red «se publica» finalmente, bien en un formato digital perdurable y cerrado, bien en formato de libro papel (que es cerrado por naturaleza), todo el proceso anterior, aquella suma de publicaciones y mejoras, se convierte en un estado «público» de prepublicación que, a la vez, es una publicación en sí. Mientras que algunos autores, pienso en la citada Cristina Rivera Garza, retiran de la Red los primeros textos (que, en este sentido, serían una especie de borradores públicos a pesar de que aparecieron publicados en línea como textos digitales definitivos), en otras ocasiones el texto digital primario sigue siendo accesible, ofreciéndose como espejo del texto impreso. Internet es, desde ese punto de vista, tanto un archivo como un palimpsesto. Los bytes u octetos, errantes y manipulables, ocupan el lugar actual de los pergaminos circulantes del siglo xv.

La aparición de las redes sociales sería el otro elemento que ha contribuido a una redefinición de las prácticas literarias en este siglo xxi. Primero los blogs, con su condición de escritura derramada (o desatada, como diría el narrador del Quijote) e interactiva, mezcla de creación y de correspondencia en los comentarios entre escritor y lector (o entre escritores), que deberá ser tenida muy en cuenta por los futuros historiadores de la literatura. En un segundo momento, otras redes sociales basadas en textualidades controladas y limitadas, como Twitter y Facebook (en 2012 se ha suprimido en Facebook la antigua limitación a 400 caracteres), han establecido novedosas formas de creación literaria, que se renuevan y crecen cada día. Del talento de los escritores involucrados en ellas y del natural paso del tiempo dependerá la consolidación de esta tendencia y su emplazamiento como real alternativa estética a las prácticas literarias imperantes. Como hemos visto, la textovisualidad tendrá en estos procesos un lugar importante, y habrá que comenzar a deslindar, tanto teórica como pragmáticamente, el lugar que ocupan en ellos los conceptos de autoría, originalidad y propiedad intelectual de las obras.

Todo ello viene a demostrar varias cosas: la primera y más importante, que la importancia de la literatura no decrece, sino que se transforma y muta, adaptándose a las nuevas realidades y a los espacios que se van generando, a los cuales impregna gracias a su forma metanoica y maleable. Allí donde se crea un nuevo cosmos de comunicación basado en la escritura y el lenguaje, la literatura lo conquista rápidamente con una miríada de seguidores acérrimos. La segunda realidad que todo lo apuntado demuestra es que nuestra cultura es cada vez más visual, sin dejar de ser textual, lo que nos convierte en lectoespectadores de sus variables formas de aparición. La pantalla del ordenador o de la televisión, en la que vemos a la vez textos e imágenes que se suceden a gran velocidad, es el epítome y el símbolo de nuestro tiempo. Frente a la lejana categorización de los pueblos mediterráneos como gentes del libro, en referencia al poder estructural y nuclear que tenían en la antigüedad los textos sagrados, la Pangea o sociedad red (Castells)37 del siglo xxi aparece poblada por gentes de la pantalla, unidas no ya por un discurso religioso concreto, sino por la posibilidad de crear, leer y hacer circular cualquier discurso, en cualquier parte del globo, de modo instantáneo. Lo cual viene a conferirnos una conclusión muy tranquilizadora: lejos de lo que dicen algunos apocalípticos, la tendencia actual de ensanchamiento simbólico en que nuestro mundo parece empeñado nos hace esperar, en los próximos siglos, un espacio inextinguible y vasto para la práctica de la literatura.

  • (37) Manuel Castells (1997), La era de la información: La sociedad red. volver
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