Vicente Luis Mora
El libro agoniza: tiene los milenios contados.
Editorial de El País, 24/04/1998
No conozco a ningún partidario del libro electrónico que no lo sea, también y decididamente, de los libros tradicionales. El amante de la literatura la defiende en cualquiera de sus manifestaciones, ya sean impresas, digitales o performáticas (teatro, poesía recitada en público, etc.). Del mismo modo en que nadie parece ver un conflicto entre leer un poema o que el autor del poema lo recite en voz alta, pensándose en general que ambas experiencias son complementarias y mutuamente enriquecedoras, surge la disputa cuando se discute entre las versiones en papel y digital de un texto, como si fuesen en algún momento una cosa distinta y no la misma obra en diferentes soportes.
Debajo de esta áspera discusión late el desconocimiento de un hecho claro e indudable, cual es que las nuevas tecnologías no significan de forma irremisible la desaparición de las anteriores. Como ha expuesto Núria Vouillamoz, «es necesario asumir que la secuencia oralidad-escritura-cultura electrónica(…) implica no una evolución de etapas aisladas o independientes, sino una sucesión de estadios acumulativos integrados en un proceso de superposición. La irrupción de un nuevo estado no supone por lo tanto una ruptura con el anterior, sino la presencia de otros fenómenos que vienen a añadirse para proponer modelos culturales alternativos»33. Alternativos, y no sustitutivos. Las ventajas de la publicación digital vienen a sumarse a las que da la publicación en papel, y no a combatirlas.
En ese sentido, y recordando que no hay ninguna diferencia en cuanto a la digestión intelectual de una obra publicada en papel o en versión electrónica, sí hay por supuesto divergencias entre ambos modos de lectura. En general el libro electrónico es más cómodo y ligero: no es necesario hacer fuerza para mantener las páginas abiertas y vencer la resistencia del centro del volumen; no es preciso buscar un atril o un apoyo cuando el tomo es pesado; las páginas no están combadas durante la lectura sino rectas y claras ante los ojos, y no se desgarran ni se desprenden del tomo, algo frecuente en las ediciones baratas en papel. El soporte del libro electrónico (pues este no es, en puridad, un libro; como ha recordado con precisión Antonio Rodríguez de las Heras, un dispositivo electrónico es en realidad «una biblioteca»34) admite en su liviandad numerosísimos tomos, y también novelas gráficas y artículos académicos, con lo cual puede ser a la vez instrumento de lectura y de reflexión sobre lo leído. Añadamos a ese factor que ciertos formatos digitales permiten copiar párrafos enteros o líneas sueltas directamente a documentos de Word mediante las funciones de copia y pega, en vez de teclearlos, algo importante para la investigación y la crítica literaria. Todo esto no es solo un ahorro de tiempo, sino también de esfuerzo. Si Deleuze nos había explicado la importancia de la escritura entendida como actividad física, Anne Mangen recordaba que también la lectura tiene un importante componente corporal, mecánico, que se altera (pasar páginas por pulsar botones, por ejemplo) cuando leemos en soportes electrónicos35. No han sido procesadas aún todas las consecuencias de este hecho, y algunas de ellas pueden ser perjudiciales (por ejemplo, en nuestra vista, que se resiente tras leer en determinados soportes), pero también se han ganado otras cosas con la innovación. Tenemos todas las ventajas de los libros tradicionales, y muchas otras gracias a los electrónicos.
De forma paradójica, algunos autores como Drucker o Fitzpatrick han señalado que uno de los obstáculos que con mayor peso impiden aún el desarrollo del libro electrónico es precisamente la voluntad demostrada por sus diseñadores de crear interfaces de lectura que recuerden o imiten las páginas del libro tradicional, olvidando que lo importante en un objeto de lectura no es tanto la forma del mismo (como se demostró en el paso del manuscrito a los tipos de imprenta), sino, según apunta Fitzpatrick, lo que el texto pretende y enseña; a su juicio, el futuro de la publicación en línea no depende tanto del aspecto o el diseño de la página, sino de la preocupación por estructuras textuales de gran escala y de la investigación sobre la forma en que los lectores interaccionan con esas estructuras lectoras36. En este terreno es dable pensar que habrán de producirse importantes transformaciones en los años venideros.