Juan Pedro de Basterrechea Moreno
En este momento, avanzado ya el año 2012, el Instituto Cervantes ha iniciado una nueva etapa que se va a caracterizar, entre otras cosas, por la austeridad y la búsqueda de la eficacia en la administración de sus recursos, sin por ello renunciar a plantear objetivos ambiciosos. La proximidad y colaboración con Iberoamérica, la presencia en Estados Unidos, compartida con México y con el resto de países hispanohablantes, la atención preferente también al sudeste asiático, donde se está consolidando uno de los principales polos de generación de progreso y riqueza del mundo, así como otras prioridades que irán surgiendo y que ya se apuntan en otros tantos lugares del globo, van a obligar a una cierta transformación del Instituto Cervantes.
Retos aparentemente contradictorios, como la mejora de la tasa de autofinanciación y consiguiente reducción de las aportaciones del Estado, por un lado, y, por otro, la necesidad de impulsar la misión del Instituto Cervantes, en sintonía con la labor que desarrolla el conjunto de la acción exterior del Estado, sitúan al Instituto en la disyuntiva de tener que revisar los modos de articular su presencia en el mundo.
En esta línea, una de las respuestas a las distintas necesidades que están surgiendo podría darse a partir de la experiencia de las aulas Cervantes; una experiencia de éxito que, sin embargo, ha madurado lo suficiente como para aportar, a partir de una evolución natural, algunas soluciones a dichos retos. No sería difícil concebir una redefinición del modelo de las aulas para que puedan asumir un papel más importante, mejorando su capacidad de interlocución con los líderes de las instituciones y movimientos más importantes en nuestro ámbito de actuación: departamentos de español, hispanistas, gestores culturales, responsables de medios de comunicación, autoridades educativas, académicos, intelectuales; mejorando sus canales de colaboración con los representantes de las letras y de la cultura hispana y, en definitiva, estableciendo las conexiones al más alto nivel que faciliten una mayor repercusión de la labor y de la influencia del Instituto, en países tan importantes para nuestra misión como pueda ser Estados Unidos, entre otros.
Cuando, en el año 2000, las aulas se concibieron como una solución temporal para atender la demanda de la presencia del Instituto en países que lo estaban reclamando, sirvieron a su propósito y demostraron que otras fórmulas eran posibles, eran útiles y, además, mantenían una favorable relación coste-eficacia. Ahora, doce años más tarde, en otra etapa del Instituto, pueden volver a demostrar su utilidad, como pioneras en la búsqueda de las alternativas a los centros y como instrumentos sencillos, flexibles y eficaces para llevar al Instituto a aquellos lugares, a aquellas instituciones en las que el Instituto debe estar para poder llevar a cabo su misión.