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El español en el mundo

El Diccionario de americanismos

Humberto López Morales

2. El nuevo proyecto. Los inicios

A principios de 1996, la Comisión Permanente decidió poner en marcha una serie de actividades encaminadas a reavivar el viejo deseo de elaborar un diccionario académico de americanismos. En octubre de ese mismo año, los colegas de la Academia Nacional de Letras, con Carlos Jones a la cabeza, organizaron una reunión de cuatro días de trabajo, contando con el auspicio de la Intendencia de Montevideo, ciudad que ese año había sido designada «Capital Cultural de Iberoamérica».

En ese encuentro, al que asistieron representantes de casi todas las Academias, se planteó en firme el proyecto de elaboración de un «diccionario académico de americanismos», se expusieron las características centrales que debía poseer el nuevo diccionario y se trabajó en los puntos fundamentales de su planta.

La decisión de emprender este proyecto requería la revisión exhaustiva de las propuestas y de los trabajos que habían sido hechos a lo largo de los años, de las bases teóricas y metodológicas que los sustentaban y de su actualidad. Si este examen no desembocaba en la necesidad de llenar un notable vacío, de superar con creces nuestros conocimientos actuales, no se sostendría que recorriéramos un camino ya trillado que nos llevaría siempre a lugares muy frecuentados con anterioridad11.

En cuanto al examen de los trabajos lexicográficos preexistentes, hay que confesar que los estudios críticos realizados sobre diccionarios generales de americanismos pueden contarse con los dedos de las manos, aunque mejor suerte han corrido los panoramas críticos nacionales (Martínez, 1968; Coello, 1988; Sánchez Corrales, 1988; Tristá Pérez, 1989; Pérez Hernández, 1989, 1993; López Morales, 1991; Chuchuy, 1994). Además de ser tan escasos, algunos de los primeros llevan una fecha bastante alejada ya y su óptica de mira resulta hoy un tanto estrecha. Otros aportes más recientes y más acreditados demostraban explícitamente que los repertorios disponibles no podían satisfacer los requerimientos de la metalexicografía actual y que, por ende, se hacía necesario un nuevo intento, esta vez con la exigencia de emprenderlo con criterios científicamente solventes.

Tras múltiples discusiones e intercambios de opiniones, lo primero que dejó en claro esta reunión montevideana era que se quería producir un diccionario dialectal, usual y diferencial, pero con una contrastividad implícita, y a renglón seguido, que el primer borrador de las líneas generales de su planta tenía que responder, consiguientemente, a este propósito12.

A esa reunión la Secretaría General de la Asociación de Academias llevó un primer borrador de planta del futuro Diccionario de americanismos; allí fue explicado punto por punto, revisado minuciosamente y discutido en las prolongadas y agotadoras reuniones de trabajo.

Los frutos principales de la reunión fueron, en definitiva, la aprobación de un texto muy revisado de la planta y la propuesta chilena de efectuar una reunión de seguimiento al año siguiente. La Secretaría General agradeció vivamente el esfuerzo de la Academia Uruguaya y el ofrecimiento de la Chilena, y prometió trabajar intensamente en el proyecto. La Academia anfitriona, muy generosamente, celebró sesión solemne en su casa de entonces y en ella nombró académicos correspondientes a aquellos colegas asistentes que aún no lo eran. Desde aquí, reciba el académico Carlos Jones, motor y espíritu de ese encuentro verdaderamente impulsor del viejo proyecto, nuestra más sincera y cordial gratitud.

Al año siguiente, 1997, tuvo lugar la reunión chilena. El trabajo se desarrolló en la sede de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y en la sede de la Academia Chilena de la Lengua, en Santiago. Los resultados de aquel encuentro no pudieron ser más fructíferos. Fueron tres en este caso los colegas que hicieron posible el encuentro y sus estupendos resultados: dos de ellos, Alfredo Matus y Marianne Peronard, están hoy entre nosotros; desgraciadamente, Luis Gómez Macker, nuestro querido Lucho, ya no nos podrá acompañar nunca más.

En 1998, aceptado el ofrecimiento de la Academia de Buenos Aires, se celebró en la capital porteña una nueva reunión de trabajo del Diccionario de americanismos. Como en el caso anterior, esta cita no pudo ser más y mejor aprovechada, pues de allí salieron decisiones muy importantes para el trabajo lexicográfico que habíamos emprendido. Tampoco podremos agradecer lo suficiente la solicitud y la atención exquisita con que nos halagaron los colegas de aquella corporación, muy en especial su directora de entonces, Ofelia Kovacci, que —lamentablemente— tampoco podrá ver ya las páginas de este diccionario.

Un año antes habíamos celebrado en Puebla de los Ángeles nuestro congreso habitual de la Asociación de Academias, esta vez el undécimo. En uno de sus plenos, tras exponer el secretario general con mucho cuidado y detalle todo lo relacionado con el Diccionario, un aplauso nutridísimo colmó el salón de reuniones; la votación —a mano alzada, por petición expresa de la asamblea— resultó contundente. La máxima autoridad de la Asociación, su Asamblea plenaria, ratificaba con entusiasmo y con palabras de felicitación y aliento el trabajo realizado hasta entonces, y daba ánimos y apoyo para su continuación.

La última noche de este encuentro académico, ya en la ciudad de México, la fraterna Academia organizadora nos agasajó con una espléndida cena en su antigua casa de entonces, durante la cual tampoco faltaron elogios y parabienes para con nuestro proyectado diccionario.

Todavía después de este Congreso de Puebla, la Academia Peruana consiguió convocar una nueva reunión, en su sede de Lima, para ultimar algunos aspectos del trabajo, concretamente lo relativo al apoyo informático del proyecto. La sesiones fueron muy provechosas y la atención dispensada por nuestros anfitriones, Jaime Cisneros y Martha Hildebrandt, absolutamente inolvidable.

2.1 Comienzos del trabajo en firme

Fue en 2002, durante la reunión académica de San Juan de Puerto Rico (nuestro XII Congreso), cuando el ya no tan joven proyecto adquirió su estructura y recibió su impulso final.

No puedo dejar de recordar aquí a quien fue el alma de aquella reunión memorable: a María Vaquero, entonces secretaria de la corporación puertorriqueña que, junto con los demás colegas de la «Isla del encanto», hicieron de aquella estancia una experiencia imborrable. Que descanse en paz.

El primer paso público de gran importancia en todo este largo proceso lo constituyó la presentación de la nueva planta del Diccionario en Buenos Aires en el año 2004. Nuestra anfitriona, la Academia Argentina de Letras, se ocupó de congregar a la prensa cultural más importante del país. Su presidente de entonces y de ahora, Pedro Luis Barcia, derrochó saber y apoyo fraterno al proyecto que empezaba a convertirse en realidad tangible.

Muy poco tiempo después salió a la luz un pequeño pero hermoso libro, diligente y cuidadosamente editado, con la planta y todo lo que en torno a ella se había presentado en la capital argentina.

Las reuniones de trabajo celebradas en torno al Diccionario de americanismos (entonces y primeramente llamado Diccionario Académico de Americanismos) fueron múltiples, a través de los casi diez años que tomó su elaboración. Pero dos de ellas merecen ser resaltadas en particular: la de mayo de 2007 del Puerto de Santa María —en Andalucía, pero de tanta presencia histórica americana—, y la de la ciudad de Sevilla, en marzo de 2009, casi al final del trabajo, pero que todavía arrojó alguna modificación de importancia, como el cambio de título de la obra, que propuso atinadamente la Academia Nicaragüense.

La del Puerto de Santa María, auspiciada por la Fundación Luis Goytisolo, congregó a los miembros de la Comisión Interacadémica —creada individualmente para todos los grandes proyectos académicos—, que reunía, como es habitual, a representantes de las distintas zonas hispánicas: Estados Unidos, México, Centroamérica, Las Antillas o Caribe insular (Cuba, República Dominicana y Puerto Rico), Caribe continental (Colombia y Venezuela), Zona andina (Ecuador, Perú y Bolivia), Chile, Zona del Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay), más España y las Islas Filipinas. De allí el proyecto salió definitivamente fortalecido.

En la reunión sevillana, celebrada gracias al generoso auspicio de la Junta de Andalucía, esta vez con los directores de las Academias en pleno, se hizo una presentación minuciosa del «estado de la cuestión» del Diccionario, en etapa muy avanzada ya, y se marcaron las pautas finales para el trabajo pendiente.

2.2 El organigrama de nuestro trabajo

El organigrama manejado en la preparación de la obra fue el siguiente: una Comisión Interacadémica, que seguía de cerca los pasos del Diccionario y ofrecía sus opiniones y recomendaciones, el director del proyecto, ayudado en sus tareas por una Comisión Asesora, integrada por reconocidos lexicógrafos, y las comisiones americanas, que revisarían los borradores enviados desde Madrid.

Contábamos, naturalmente, con varios equipos de trabajo: el de redactores, radicado en Madrid, en el seno de la Real Academia Española, integrado por lexicógrafos españoles e hispanoamericanos, encargado de preparar primeros borradores de las entradas, y de su modificación después, según las informaciones llegadas de América; el informático, que se ocupó de preparar varios programas, entre ellos, el editor KML X-Metal, donde se almacenó la información de un gestor de bases de datos DB2, que aseguraba la integridad, tanto estructural como referencial, y la actualización de los datos que se iban incorporando al diccionario, de forma continua y coordinada; y el equipo auxiliar, que llevaba las tareas de envíos y recepciones del material que iba y volvía de América, el de reprografía, y el de secretaría. Tanto el equipo informático como el de redacción disponían de sus propios coordinadores, así como en cada una de las Academias americanas.

2.3 Materiales de consulta

El equipo de redacción disponía de una serie de materiales de consulta que le proporcionaban información muy variada para elaborar sobre ellos los primeros borradores: la versión impresa del DRAE de 2001, la versión electrónica del DRAE, el ERI, con los materiales añadidos, aprobados para integrar la próxima edición de ese diccionario, el Aru («lengua», en aimara), creado ad hoc para el proyecto por nuestro equipo de informáticos, que reúne los casi 150 diccionarios sobre el español de América publicados desde 1975 hasta 2005, el conjunto de corpus de la Real Academia y de la Asociación de Academias, y los trabajos de nuestros alumnos de la Escuela de Lexicografía Hispánica.

El DRAE de 2001 nos ofrecía 28.000 entradas con la marca «América» o con la de algún o algunos países americanos. Naturalmente, era necesario someterlas a las indicaciones contenidas en nuestra planta, esto es, «traducirlas» a la estructura del Diccionario de americanismos (DA). De la misma manera hubo que proceder con la información adicional que se obtuvo de la versión electrónica actualizada del ERI.

Un recurso novedosísimo y de uso privado fue el Aru. En él encontrábamos todas las palabras que aparecían en esta serie de fuentes, seguidas de las definiciones dadas para ellas en cada uno de los diccionarios que conformaban el programa, de manera que se comprobaban todas las definiciones de cada una de las unidades lexicográficas, que en ocasiones eran múltiples y diversas. Los semas que se repetían con insistencia en las distintas definiciones de un determinado lema eran una de las claves para que el lexicógrafo supiera que eran imprescindibles en la redacción de una primera definición para el DA.

La fatigosa labor de los informáticos logró que el Aru fuera un programa de fácil y cómoda consulta, con el que llegaba toda la información disponible con un solo golpe de tecla.

En cuanto a los corpus, hay que señalar que eran, son y serán cada vez más, una de las fuentes de información más importantes para el trabajo lingüístico, muy especialmente para la elaboración de diccionarios. En ellos se encuentra la palabra deseada en sus contextos y con su frecuencia de aparición. Así mismo, permiten obtener su distribución por países, en números absolutos y en porcentajes.

2.4 Los primeros borradores

Con todos estos materiales, convenientemente analizados y, sobre todo, transformados de conformidad con la planta del DA, el equipo de lexicógrafos de Madrid preparaba los primeros borradores de cada letra.

A continuación se realizaba el estudio pormenorizado de estos materiales, el paso más importante antes de enviarlos a América. Había que comenzar por cerciorarnos de que los términos que allí aparecían eran realmente «americanismos» y no palabras del español general. En el primer caso entrarían, por ejemplo, banqueta, bordillo, vereda, senda y andén, pero no «acera», sinónimo de las anteriores pero que es palabra de uso general.

Se procedió en seguida a asentar unos puntos teóricos claves para establecer estas diferenciaciones fuera de todo género de duda. Los distintos acercamientos teóricos a este asunto fueron analizados con todo cuidado y se definieron unos límites claros y precisos.

2.5 El concepto de americanismo léxico

Disponemos de un concepto amplio y de otro restringido para el señalamiento del «americanismo» léxico. Nosotros nos hemos situado en el restringido, muy defendible teóricamente: a) identidad semántica pero formas diversas (velorio/velatorio), b) no coincidencia de marcas gramaticales, especialmente de género (el radio/la radio), c) marcas de uso (-obsol/+obsol), d) marcas regionales (urbano-rural), y e) marcación sociolingüística (-culto, no cuidadoso/+culto y +cuidadoso) y pragmática (no despectivo /+despectivo).

2.6 La revisión electrónica

Una vez listos estos materiales, emprendían su viaje a América. Comenzaba entonces en firme la colaboración, básica y fundamental, de todas las Academias de aquel lado del Atlántico. Ellas aceptaban, añadían, rechazaban o enmendaban nuestras propuestas; algunas enmiendas eran solo de detalle, pero otras eran de fondo. En este sentido, podemos decir que son las Academias hermanas de América las auténticas autoras del Diccionario. Estas páginas contienen únicamente las decisiones tomadas por estas corporaciones.

Un programa especial agilizó este trabajo de revisión permitiéndonos que todas las observaciones pudieran ser volcadas en un formato electrónico para una más fácil revisión e incorporación a la base de datos.

2.7 Manuscrito prefinal

De las Academias americanas llegaban a Madrid materiales casi definitivos, pero, con todo, se imponía una última revisión, pues en el transcurso de este proceso descubrimos que a veces, inadvertidamente, se volvían a incorporar palabras que con anterioridad habíamos desechado por corresponder al español general.

  • (11) En toda esa tarea preliminar han sido de extraordinaria importancia las observaciones, las críticas y, sobre todo, las sugerencias presentadas en los siguientes trabajos: Araya (1982), Haensch (1991) y Thiemer (1984). volver
  • (12) Las pautas que guiaron las deliberaciones con respecto a la identidad de este Diccionario y el primer borrador de planta se elaboraron en la sede madrileña de la Comisión Permanente. Tanto los primeros documentos como el siguiente fueron enviados a las Academias para su estudio; el de la planta fue revisado minuciosamente en la reunión de Montevideo. Del consenso alcanzado en el encuentro uruguayo surgió un segundo borrador, que fue remitido después a los lexicógrafos participantes en la reunión. Con posterioridad han sido varios los borradores preparados antes de llegar a la versión definitiva. volver
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