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El español en el mundo > Anuario 2010-2011 > Humberto López Morales. Los primeros intentos
El español en el mundo

El Diccionario de americanismos

Humberto López Morales

1. Los primeros intentos

La feliz idea inicial de realizar un diccionario de americanismos nació en el seno de la Real Academia Española a finales del siglo xix, muy poco después de inaugurado el edificio de la calle de Felipe IV. Hay constancia de ello en al menos tres actas de la época en las que queda registrado el deseo de la corporación madrileña de llevar a cabo esta tarea. Se trataba de recoger, en la medida de lo posible, ese gran caudal léxico nacido en aquellas tierras, o asentado en ellas con nuevos significados, o incluso que conservaba significados originales que se habían olvidado en su cuna peninsular.

No eran momentos propicios para tan ambiciosa empresa: solamente se habían fundado para entonces las Academias Correspondientes de Colombia, Ecuador, México, El Salvador, Venezuela, Chile, Perú y Guatemala, ocho de las veintiuna que hoy existen, con lo que los centros americanos con los que era preciso contar eran insuficientes; faltaban interlocutores. Por otro lado, las condiciones de comunicación transoceánica no permitían llevar a cabo las necesarias y constantes comunicaciones entre la Academia madre y las americanas. Así, aquella idea (que no debemos permitir que se desvanezca en el olvido) durmió un largo sueño. No obstante, la necesidad de disponer de un gran corpus lexicográfico americano —vacío nunca salvado hasta ahora, aun considerando los intentos personales (que no fueron pocos a lo largo de más de cien años)— se hacía sentir cada vez con más urgencia. La labor esforzada y constante de nuestro Diccionario mayor no podía, ni tampoco debía (dada su naturaleza de diccionario general de lengua) ir más allá de donde alcanzaba y, sin embargo, fue el cálido refugio de centenares de palabras americanas, que allí se mantenían con vida. América debe a este Diccionario una abarcadora y detallada monografía sobre su presencia en él a través de los siglos.

Una nueva iniciativa, desconocedora del antecedente madrileño, surgió en el seno del I Congreso de Academias de la Lengua Española, en 1951. La reunión, promovida por el entusiasmo y la cobertura económica del Gobierno mexicano, y muy directamente por su presidente, el licenciado Miguel Alemán, convocó en su capital a representantes de las veinte Academias fundadas hasta entonces (faltaban las de Puerto Rico —1955— y los Estados Unidos —1973—).

Bajo la consigna «En la unión está la fuerza», el presidente instó a todos, en un hermoso y flamante discurso inaugural, a trabajar conjuntamente en pro de la lengua española y de la cultura hispánica. Durante la celebración de este encuentro de Academias, nace la Asociación de Academias de la Lengua Española, y ya un primer embrión de su órgano de gobierno, la Comisión Permanente. Uno de los acuerdos más resaltados de aquel encuentro, convertido en moción y después en empresa panacadémica, fue la creación de un diccionario de americanismos.

RESOLUCIÓN XI

Formación de un Diccionario de Americanismos

El Primer Congreso de Academias de la Lengua Española, resuelve:

Encomendar a la Comisión Permanente nombrada por él mismo, que arbitre medidas y emprenda los trabajos necesarios para realizar, lo más pronto posible, la formación de un Diccionario de Americanismos.

COMISIONES I, III y V REUNIDAS

Ponencias 18, 26, 45, 60, 70 y una de D. Pedro Joaquín Chamorro, de la Academia Nicaragüense, presentada en el seno de la Comisión III y no reproducida en policopia.

La decisión de las corporaciones descansaba en una serie de razonamientos de peso, de entre los cuales sobresalía la inexistencia de materiales adecuados. Ya quedaban muy lejos los empeños de Miguel del Toro Gisbert (1912) y de Georg Friederici (1926, 1947), y en cuanto al clásico trabajo de Francisco Santamaría (1942), a pesar de contar con solo nueve años de vida pública, era en realidad muy anterior, pues el tabasqueño, sobre todo en el caso de los mexicanismos (extremadamente abundantes como se sospechará), aprovecha materiales procedentes de García Icazbalceta (1899), que se remontan al siglo xix; su propio trabajo original le llevó cerca de treinta años, tiempo suficiente para que hubiese adquirido desde el momento mismo de su publicación una cierta pátina antigua.

Aunque no se trata de una obra lexicográfica propiamente tal, el libro Americanismos de Toro Gisbert, publicado en París, es, sin duda, un importante antecedente de los diccionarios de americanismos que empezarían a publicarse varias décadas después. Es realmente un libro de ensayos, pero al menos cinco de ellos ofrecen información, fundamental en su momento, para emprender trabajos lexicográficos sobre el tema: «Algunos sinónimos» (75-91), «Acepciones nuevas» (93-113), «Purismo y americanismo» (115-141), «Andalucismos y otros provincialismos» (143-167) y «Cabos sueltos» (221-285), páginas que incluso presentan sus materiales en forma de artículos lexicográficos.

Pero, cuando los académicos se reunían en México, ya habían pasado casi cuarenta años de esta publicación, que, además, había circulado muy poco por tierras americanas. Es verdad que el esfuerzo de Toro Gisbert por divulgar en Europa términos de procedencia americana no terminó con este libro pionero, sino que continuó a través de sus colaboraciones al Pequeño Larousse Ilustrado (la primera es de 1913); este diccionario fue durante mucho tiempo el repertorio más completo de americanismos de que se disponía, aunque aparecían intercalados en el cuerpo de la obra junto a palabras del español general y de otras procedencias.

La obra de Friederici, por su parte, presentaba nomenclaturas muy determinadas por intereses extralingüísticos —solo recogía léxico referente a designata autóctonos— y, además, ninguna de las dos ediciones —sobre todo la primera— había circulado, salvo muy esporádicamente, por tierras hispanoamericanas.

El Diccionario general de americanismos de Santamaría, salido a la luz en la ciudad de México, era una obra ambiciosa en tres grandes tomos y un total de 1.542 páginas de texto lexicográfico, que contenían alrededor de 60.000 entradas. Pero, a pesar de todo ello, podía argumentarse que, aunque su fecha de publicación era 1942, este repertorio, como se ha visto, representaba etapas lingüísticamente anteriores.

Otra cosa muy diferente era la labor de Augusto Malaret (1925). Su primer Diccionario de americanismos, que entonces llevaba un apéndice de fauna y flora, se había publicado en la ciudad puertorriqueña de Mayagüez. Las 553 páginas a gran formato que integran esta modestísima edición mimeografiada, presentan algo más de 13.200 artículos. Los escasos ejemplares de esta edición circularon con precariedad. Era, por lo tanto, una obra, como la de Friederici, desconocida para muchos. Pero su andadura posterior, larga y compleja, logró cambiar esta infeliz circunstancia.

Consciente Malaret de que sus saberes y experiencias eran muy pocos para la magnitud de la obra —era maestro y abogado—, comenzó un laborioso proceso de consultas a muy variadas personalidades de todos los rincones de Hispanoamérica: Ricardo Monner Sans, Miguel Luis Amunátegui Reyes, Gustavo Lemus, Rodolfo Lenz, Juan B. Selva, José Toribio Medina y Darío Rubio se convirtieron en asiduos corresponsales suyos, aunque nadie logró igualar a Pedro de Múgica, que, desde Berlín, le escribió «una luminosa serie de cartas» que en total sumaban 450 páginas. El que tres años después de publicada la primera edición del diccionario entregara Malaret a la imprenta una Fe de erratas de mi «Diccionario de Americanismos» (1928) de casi cien páginas de gran formato, en las que revisaba, corregía, afinaba, enmendaba muchísimas de sus entradas, era una prueba contundente de sus preocupaciones. El lector interesado encontrará aquí no solo la confesión de los errores cometidos, sino también los nombres de quienes los habían advertido.

La segunda edición de este diccionario (1931), publicada en San Juan, «extensamente corregida», ya sin el índice científico de fauna y flora (que pasó a convertirse en una obra aparte), supuso una notable mejora de la obra original. En sus más de 517 páginas impresas en dos columnas a gran formato que constituían el cuerpo del diccionario, se contaban casi 14.500 entradas.

Pero Malaret no se contentó con esto. Las muchísimas respuestas que seguía recibiendo a sus consultas lo llevaron a publicar tres amplios suplementos a la segunda edición (1942-1944, 1945a, 1945b), hasta que en 1946, un año antes de que apareciera la segunda edición del Friederici y cinco antes de la celebración del encuentro mexicano de Academias, se publica en Buenos Aires la tercera y última edición: 778 páginas con cerca de 19.000 artículos1 .

Se desconocen las causas que llevaron a los académicos reunidos en la capital azteca a proponer la elaboración de otro diccionario de americanismos, pero no es difícil sospechar que prevaleciera el deseo de iniciar un trabajo corporativo que ayudara a afianzar la recién nacida Asociación. También es posible que se pensara que el trabajo conjunto —frente a los de autor único— lograría frutos mucho más conseguidos y en mayor abundancia. Lamentablemente, la semilla no germinó entonces, pero ahí estaban, por fortuna, las páginas aún jóvenes del diccionarista puertorriqueño.

Aunque el II Congreso de la Asociación (Madrid, 1956) no aprobó ninguna resolución al respecto, el asunto seguía en pie, como demuestra la ponencia presentada por el uruguayo Adolfo Berro García a favor de la creación de un diccionario hispanoamericano de la lengua. Su propuesta venía precedida de tres apartados explicativos («Razones que aconsejan su formación», «La Semántica añade, por lo demás, crecimientos gigantescos del habla hispana que es necesario registrar» y «Zonas geoidiomáticas en la América hispana. Los indigenismos»), para concluir con la ponencia propiamente tal2 .

El mismo autor vuelve sobre el asunto en la reunión de Santafé de Bogotá (III Congreso, 1960). Esta vez, su ponencia —Realización de una encuesta idiomática para redactar el Gran Diccionario Hispanoamericano de la Lengua3 — incluía unos «Fundamentos explicativos», con argumentos fácticos sobre la urgente necesidad de la realización de la obra y alguna exhortación entusiasta a los colegas académicos.

La asamblea académica siguiente, la de Buenos Aires, de 1964, no hizo mención del proyecto, pero en 1968, durante la celebración en Quito del V Congreso, el académico puertorriqueño Ernesto Juan Fonfrías proponía la creación, en San Juan, de un Instituto de Lexicografía Hispanoamericana Augusto Malaret, cuyo principal objetivo sería precisamente la elaboración del varias veces propuesto, aunque sin éxito, diccionario de americanismos.

Ante esta oferta, el V Congreso de Academias de la Lengua, aceptó acudir a San Juan y reunirse en el I Congreso de Lexicografía Hispanoamericana, que habría de dar impulso a la obra.

Durante los 17 años que mediaron entre la reunión fundacional mexicana y el Congreso de Quito, solo se había publicado la primera edición de Marcos Augusto Morínigo (1966), que, sin duda, marcaría un hito importante en el devenir histórico de nuestros diccionarios de americanismos. Se trataba esta vez de un lingüista profesional, profesor universitario paraguayo, con sólida formación en el Instituto de Filología dirigido por Amado Alonso en Buenos Aires, que nunca antes había elaborado un diccionario de regionalismos como habían sido los casos de Santamaría y Malaret —tabasquismos y puertorriqueñismos, respectivamente—, por lo que sus materiales no debían resentirse de una cierta desproporción favorable a aquellos, como se notaba en los diccionarios generales anteriores. En esta primera edición de Morínigo, a pesar del título de «diccionario manual», se recogían cerca de 20.000 entradas.

Al convocarse el Congreso de Caracas de 1972, la situación de la labor lexicográfica americana era la siguiente: el venerable Santamaría cumplía treinta años; la edición porteña del Malaret, la última, veintiséis; la reedición hamburguesa del Amerikanistisches Wörterbuch de Friederici, doce; pero la primera del Morínigo, solo seis. Acababa de aparecer el primer volumen el diccionario bilingüe de Maria Schwauss (1970), importante por su inclinación al español americano. Si bien los dos primeros parecían irse anclando en el pasado, sobre todo el de Santamaría4, el de Morínigo conservaba aún la tinta fresca y no carecía de méritos. El autor había sometido a una rigurosa criba el folclorismo lexicográfico de sus antecesores, añadiendo un buen caudal de palabras nuevas. Otro logro indiscutible era haber prestado especial atención a los paraguayismos, con lo cual, entre otras cosas, corrige muchas etimologías guaraníes, deslizadas en otros repertorios, producto de la fantasía o del desconocimiento de esa lengua indígena que Morínigo, en cambio, conocía muy bien.

Quizás la declaración manifestada en el prólogo de este último trabajo de que la obra solo aspiraba a ofrecer a ciertos lectores, los interesados en América, un instrumento eficaz que estaba muy lejos de ser un repertorio exhaustivo, unida a las críticas que ya había recibido el autor, pesaron en el ánimo de los académicos para continuar con sus planes.

El Congreso quiteño, hemos dicho, acogía con beneplácito el proyecto de la creación en San Juan de Puerto Rico del Instituto de Lexicografía Augusto Malaret, cuyo principal objetivo, según Fonfrías, sería la elaboración del diccionario de americanismos. La propuesta puertorriqueña inspiró, sin duda, el optimismo que queda patente en el siguiente:

PROYECTO DE RESOLUCIÓN

El Quinto Congreso de Academias de la Lengua, vista la proposición presentada por la Delegación de Puerto Rico, que encabeza Don Ernesto Juan Fonfrías, acuerda:

  1. Que es conveniente proceder lo más rápidamente posible a la edición de un Diccionario de Americanismos;
  2. Invitar a las Academias de la Lengua Española para que creen en su seno Institutos de Lexicografía que estudien los términos propios de su ámbito territorial;
  3. Que los estudios lexicográficos que hagan las distintas Academias se sometan a la decantación o tamiz de la Comisión Permanente y de la Comisión de Diccionario de la Real Academia Española;
  4. Aceptar gustosamente la invitación de la Academia Puertorriqueña de la Lengua, hecha por conducto de Don Ernesto Juan Fonfrías, para que se celebre en Puerto Rico la PRIMERA REUNIÓN DE LEXICOGRAFÍA HISPANOAMERICANA, la que habrá de efectuarse, en principio, a fines de 1969, subordinado el asunto a la existencia de material lexicográfico suficiente; y
  5. Tomar nota del ofrecimiento hecho por el Académico señor Fonfrías, en el sentido de que la Academia Puertorriqueña sufragará los gastos materiales de organización y celebración de la PRIMERA REUNIÓN DE LEXICOGRAFÍA HISPANOAMERICANA.

Quito, a 31 de julio de 19685.

Pero a pesar de aquella favorable acogida, de que el recién fundado centro lexicográfico dio algunas muestras iniciales de vitalidad y de en que todas las reuniones académicas se seguía pidiendo la colaboración de las corporaciones para la pronta elaboración del diccionario, fue muy raquítico el saldo que dejó tras de sí este Instituto antes de convertirse, muy pronto por cierto, en una simple estructura de papel6.

Tras el Congreso de Caracas (1972), la siguiente reunión de Academias, celebrada en Santiago de Chile en 1976, insistía nuevamente, pensando en el Instituto sanjuanero, en «Recomendar a las Academias Asociadas que intensifiquen los trabajos de sus respectivas Comisiones de Lexicografía sobre las hablas de su país, a fin de apresurar la recolección del material para el Diccionario de Americanismos».

Hasta el Congreso chileno de 1976 no se contó con otra novedad editorial que pudiese competir con los deseos académicos: el diccionario de Alfredo Neves (1973). Sin embargo, salvo los representantes argentinos y quizás unos pocos más, los congresistas no tenían noticia de la obra, cuya reimpresión había sido publicada en Buenos Aires solo semanas antes.

Para el Congreso limeño de 1980, los entusiasmos que producía la idea del diccionario de americanismos habían decrecido. Es cierto que para esa fecha el repertorio de Neves, último gran diccionario no comercial producto de la investigación, sobresalía por la drástica reducción de vocabulario anticuado y en desuso, pero, en cambio, podía reprochársele que daba entrada a un número considerable de vocablos de fauna y flora, y a otros de parecida índole específicos del mundo americano (como en su día hizo Friederici), sin atender como debiera a términos generales de la vida actual. No se diferenciaba de los anteriores en las reiteradas fallas que producía una contrastividad algo primaria. Él también, debido a su pobre o inexistente experiencia española, se había visto obligado a recurrir a fuentes librescas tradicionales, poco solventes en más de las ocasiones esperables; sus páginas vuelven a recoger términos que no son americanismos desde ningún punto de vista.

Estas características hubiesen podido servir para mantener en alza el proyecto académico, pero no fue así. No sé si en este abandono pudo influir el nacimiento del ambicioso proyecto de la Universidad de Augsburgo7. Pero no parece probable. El reto que este proyecto significaba —y que hoy, lamentablemente, yace en el olvido— no fue percibido entonces en toda su magnitud, pues apenas alcanzó eco alguno en aquel encuentro académico.

Para 1989, cuando tiene lugar el Congreso de Costa Rica, el panorama lexicográfico se había enriquecido notablemente. Habían salido de las prensas del benemérito Instituto Caro y Cuervo de Bogotá los dos volúmenes del primer tomo, el correspondiente al léxico, de una obra que en su plan original era de dimensiones excepcionales, El español de América, preparada por un equipo de investigadores rumanos con Marius Sala (1982) a la cabeza; se trataba de una colecta claramente libresca, concebida ex profeso completamente al margen de la lengua viva. Por otro lado, la editorial Sopena sacaba un volumen de Americanismos (1982) de su famoso Diccionario Ilustrado, volumen que, a pesar de ciertas limitaciones (es un impresionante deudor del gran diccionario, hasta en la convivencia indiscriminada de artículos léxicos y artículos enciclopédicos), hay que valorar que ofrece 25.000 entradas y más de 72.000 acepciones. Dos años después, José Luis Pando de Villarroya (1984) publica en Madrid un librito mimeografiado, Americanismos, cuyo objeto era la revisión de los términos americanos aparecidos en el DRAE (hasta su decimonovena edición, la de 1970), aunque con aportes personales de extraordinaria utilidad; se reimprimió al año siguiente. En 1985 aparece la segunda edición del repertorio de Marcos Augusto Morínigo, trabajo póstumo preparado para la imprenta por su hijo Marcos Alberto, y poco después, el tomito de Americanismos del Diccionario Everest, de carácter temático, confeccionado por Miguel Ángel Arias de la Cruz (1987); en sus 563 páginas a dos columnas se encuentran más de 10.000 entradas.

A su vez, el encuentro académico de Madrid (X Congreso, 1994) vio aumentar la nómina de diccionarios de americanismos con la obra de Brian Steel (1990) y con dos reimpresiones del Morínigo (1990, 1993). Además, y de mayor importancia aún, se constataba cómo iba cobrando fuerza el Proyecto de Augsburgo, con tres de sus diccionarios nacionales —el de Colombia, el del Uruguay y el de la Argentina— en circulación desde hacía un año8. No obstante, dicho Congreso volvió a expresar de manera muy notable su deseo de que se llevara a cabo el proyecto de elaboración del diccionario de americanismos. Transcribimos la comunicación de la Academia Nacional de Letras del Uruguay9:

EL DICCIONARIO ACADÉMICO DE HISPANOAMERICANISMOS

En anteriores Congresos de la Asociación de Academias de la Lengua Española no solo fueron presentadas ponencias relativas a la elaboración de un diccionario de hispanoamericanismos, sino que también se adoptaron resoluciones al respecto.

Así, por ejemplo, el I Congreso —basándose en una ponencia de don Adolfo Berro García, miembro numerario de esta Academia— encomendó a la Comisión Permanente emprender lo más pronto posible la formación de un diccionario de americanismos (Res. XI, 4/V/51) y el V Congreso acordó que era conveniente proceder lo más rápidamente posible a la edición de un diccionario de americanismos (1/VIII/68).

En el momento presente, se hace más y más necesario que el DRAE sea realmente el diccionario del español estándar. Ello exige, entre otros ajustes, liberarlo de localismos, lo cual lleva a redefinir la presencia de americanismos.

En este sentido, puede pensarse, por ejemplo, que el futuro DRAE deja de ser el lugar donde se recojan muchos americanismos que no cumplan con las condiciones de generalidad exigibles a un repertorio de la lengua estándar.

De ser esto así, los regionalismos de uso en cada país de Hispanoamérica o en determinadas zonas supranacionales, tendrían cabida en el Diccionario Académico de Hispanoamericanismos.

Para hacer realidad tales aspiraciones, se propone que el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española resuelva:

1.º Encomendar a la Academia Puertorriqueña de la Lengua la actualización que permita hace efectivo lo acordado en el V Congreso de Academias y en el I Congreso Hispanoamericano de Lexicografía respecto a labores lexicográficas y a su institucionalización.

2.º Encomendar a la Comisión Permanente que coordine las acciones de apoyo que la Academia Puertorriqueña pueda necesitar de parte de las demás Academias10.

Si, a pesar de todo, las Academias insistían en la elaboración de un diccionario de americanismos, aunque con menor entusiasmo desde 1980, era porque lo consideraban necesario, pues nada de lo publicado hasta entonces podía sustituir al gran repertorio léxico en el que se pensaba, aunque de manera un tanto imprecisa.

  • (1) La voluminosa bibliografía lingüística de Malaret puede encontrarse en López Morales (1982, 1984, 1999). En La obra de Malaret: opiniones fragmentarias, que disfrutó de varias entregas (1937, 1960), el lector interesado hallará también una serie de materiales útiles y de extrema curiosidad para reconstruir el perfil intelectual del lexicógrafo: reseñas de sus obras, menciones que de él hacen otros autores, dedicatorias de libros enviados a Malaret, acuse público de recibo de algunas de sus obras y discursos sobre su persona pronunciados en ocasiones solemnes. volver
  • (2) La voluminosa bibliografía lingüística de Malaret puede encontrarse en López Morales (1982, 1984, 1999). En La obra de Malaret: opiniones fragmentarias, que disfrutó de varias entregas (1937, 1960), el lector interesado hallará también una serie de materiales útiles y de extrema curiosidad para reconstruir el perfil intelectual del lexicógrafo: reseñas de sus obras, menciones que de él hacen otros autores, dedicatorias de libros enviados a Malaret, acuse público de recibo de algunas de sus obras y discursos sobre su persona pronunciados en ocasiones solemnes. volver
  • (3) Véanse en III Congreso de Academias de la Lengua Española. Actas y labores, pp. 450-454. volver
  • (4) El repertorio de Santamaría mostraba lo que ya para entonces eran despropósitos metodológicos, como el no haber trabajado con límite cronológico alguno, lo que convertía su voluminosa obra, al menos parcialmente, en un cementerio léxico, sin que esos cadáveres llevasen marca alguna que los distinguiera de los vivos. Añádase que junto a esta libertad absoluta aparecen los casos, harto frecuentes, de términos de limitada diatopía y de otros que, aunque más extendidos, gozaban de una frecuencia bajísima. El abanico de curiosidades dialectales es, por desgracia, muy amplio. volver
  • (5) Memoria del V Congreso de Academias de la Lengua Española, p. 387. volver
  • (6) Para la breve e infecunda historia de este Instituto, véanse las Memorias del I Congreso Hispanoamericano de Lexicografía, que se realizó en 1969, y los ensayos del mismo Ernesto Juan Fonfrías publicados en 1976. volver
  • (7) El importante Proyecto de Augsburgo ha motivado múltiples presentaciones y comentarios muy acertados; tras el trabajo liminar de sus directores, Haensch y Werner (1978), ellos mismos han vuelto muchas veces sobre el asunto: Haensch (1978, 1980, 1983, 1984a, 1984b, 1984c, 1986, 1987, 1988a, 1988b, 1991), Werner (1978, 1979) y Haensch y Werner (1982a, 1982b, 1992). Además de estos estudios, véanse los de Araya (1982), Coello (1984), Thiemer (1984), Zierer (1987), Chuchuy (1988), Grases (1988), Echenique (1989) y Rodríguez González (1995). volver
  • (8) El de colombianismos fue realizado por Haensch y Werner (1993b); el de argentinismos, por Chuchuy y Hlavacka (1993), y el de uruguayismos, por Kühl de Mones (1993); se publicaron todos en el mismo año. El de cubanismos salió en el año 2000, elaborado por Cárdenas Molina y Tristá Pérez; la segunda edición del de argentinismos, preparada por Chuchuy, es también del año 2000. volver
  • (9) X Congreso de Academias de la Lengua Española. Memoria, p. 305. volver
  • (10) Se conoce que los redactores uruguayos de esta ponencia estaban pensando, sobre todo, en la oferta del Instituto de Lexicografía Hispanoamericana Augusto Malaret, asociado, al menos en sus principios, a la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, oferta que fue hecha durante el Congreso quiteño, como se ha visto arriba. Pero para 1994, año de celebración del X Congreso, ese Instituto había desaparecido completamente. volver
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