Yolanda Lastra de Suárez
Después de este breve repaso de la situación lingüística de los países de la América hispana sobre el grado de peligro que guardan las lenguas nativas avasalladas por el prestigio de la lengua española, se puede señalar que en las últimas décadas la mayoría de los gobiernos las ha declarado nacionales y en algunos casos oficiales y que, en general, se las protege y se dice que deben conservarse mediante la educación bilingüe.
Desgraciadamente, aunque las constituciones, leyes o reglamentos (según el caso) hayan sido preparadas con buena voluntad, en la mayoría de los países hay estudios que indican que la educación bilingüe no llega a todos los niños de familias indígenas y que muchas veces hay graves deficiencias: falta de maestros, mala preparación de algunos maestros, falta de materiales de enseñanza, materiales inadecuados que no corresponden al habla del lugar, poco tiempo dedicado a las lenguas, lengua indígena enseñada como materia y no empleada como medio de instrucción, etcétera.
De todas maneras hay que destacar que, si bien en la época colonial hubo pérdida de lenguas (debido más que nada a pérdidas demográficas por enfermedades, guerras, esclavitud, mudanza de sitios por las congregaciones forzosas, depresión por la obligación de cambiar de religión y costumbres, pero también por razones económicas), de todas maneras se conservaron muchas lenguas. A partir de la independencia de los países al principio del siglo xix, el establecimiento del español como lengua oficial se generalizó y casi la única lengua que se empleó en la educación (que para nada era universal) fue el español.
Hace ya tiempo que se empezó a hablar de educación bilingüe, pero el reconocimiento de los derechos lingüísticos de los aborígenes es sumamente reciente y falta mucho por hacer para que en realidad se reconozcan. La tarea principal es la de cambiar las actitudes negativas de los mestizos hacia las lenguas indígenas y lograr que reconozcan que son lenguas y no jergas despreciables, comúnmente llamadas dialectos para no darles un estatus semejante al del español, el portugués o el inglés. Desafortunadamente, tanto se les repitió durante siglos que lo que hablaban era inferior que muchos han acabado por creerlo y, por lo tanto, y por no transmitir su lengua a las nuevas generaciones. Mientras los propios hablantes no les hablen en su lengua a sus hijos, el trabajo de la escuela no podrá lograr la transmisión adecuada y, cuando mucho, hará que se le atribuya mayor estatus, contribuyendo así a que los propios hablantes no la desprecien.
El ideal es un bilingüismo equilibrado por lo que respecta a los hablantes y una sociedad en la que convivan las lenguas con el español, pero en la que las lenguas se puedan utilizar en todos los ámbitos de la vida pública: escuelas, oficinas de gobierno, hospitales, farmacias, tiendas, centros deportivos y un largo etcétera.
Lograr estas metas de igualdad tal vez sea una utopía, puesto que no se trata nada más de legislar sobre derechos lingüísticos sino de lograr que mejore la situación económica de los campesinos desposeídos de sus tierras, sin que a cambio se les haya proporcionado trabajo digno, por lo que tantos se ven obligados a emigrar a las grandes ciudades, a otras regiones o incluso fuera del país.