Juan Antonio Frago Gracia
La ruralización de muchos territorios y el alejamiento de los principales centros de poder y de cultura ayudaron al mantenimiento de un uso tan tradicional como era el voseo, lo cual claramente se comprueba en el caso rioplatense; en el del Paraguay dependiente de su considerable aislamiento, de su composición etnolingüística y de la débil textura escolar que el país presentaba a comienzos del xix. Los documentos de la época de zonas con implantación del modismo voseante responden de manera muy diversa en la manifestación del tratamiento personal, según la posición sociocultural de sus autores y de quiénes fueran los destinatarios de sus escritos. Las gentes medianamente cultas y urbanas de Chile mostraban su preferencia por el tuteo y la tercera persona, aunque el voseo aflore en especiales contextos; el hacendado Fernández Niño a su hijo sistemáticamente le aplica el tuteo. El general Rosas, con la excepción de algún voseo verbal, regularmente recurre al usted, y a sus padres se dirige con un reverencial sus mercedes. Por lo que a la lengua escrita concierne, aunque se registren ejemplos de voseo pleno (pronominal y verbal), lo que más frecuentemente ofrece es el voseo mezclado, por lo general en convivencia con el tuteo. Incluso en un autor tan popular como el boliviano Vargas resulta aventurado determinar qué dominaba en su tiempo en el Alto Perú, si el tuteo o el voseo, y por lo que son sus datos, numerosísimos, en la segunda modalidad gramatical sin duda manda la variante mixta, pues si trae ejemplos como «vos sois soldado valiente del rey» (156), «hiciera con vos un atentado, pero no, porque sois un infeliz soldado» (377), son muchos más los del tipo «vos tienes la culpa» (367), sin que falte la concordancia del verbo en plural con tú, y un frecuente tuteo puro.
Si la misma descripción del voseo americano actual encuentra tantas dificultades y discrepancias, por razones obvias el problema se agranda en la perspectiva histórica, necesitada de una documentación mucho más voluminosa y sociolingüísticamente variada que la hasta ahora manejada. En esta labor diacrónica no se han de buscar atajos ni simplificaciones interesadas, y menos ignorar que amastes, fuistes, tuvistes existen, contra lo que recientemente se ha publicado, en la España tuteante, como los plurales igualmente analógicos comís, tenís, incluso el ultracorrecto saléis. Y se debe abandonar la presunción de que alguna vez ha habido periodos comunicativos caóticos, cuando el caos puede estar solo en no poder explicar con coherencia y sencillez los hechos históricos. A buen seguro no vivían una experiencia lingüística «caótica» ni quienes en 1783 por las calles de Cochabamba cantaban «¡Viva nuestro rey Túpac Amaru y muera Carlos III. Los chapetones vístanse de acero para defender a vuestro rey Carlos III», ni quien poco antes, en 1754, puso esta leyenda a un cuadro cuzqueño, que en otra parte refiero (2010: 246):
Contemplad vuesas mercedes
a Satanás del Rivero
resibiendo mojicón fiero
para escarmiento de ustedes.
Unos y otro seguramente reflejaban literariamente cambios gramaticales que en la lengua hablada estarían muy avanzados o ya triunfantes, por más que admitieran la variación, que con toda viveza se descubre en el diario de guerra de Vargas.
Fernández Niño en su Cartilla de campo escribe: «Sávete que dicho sevo y el en que fríes el pavilo deve ser colado» (36v), y en este ocasional apego a tan antigua función del artículo se muestra solidario con igual uso de parte del argentino Rosas. Menos arcaizante resulta por su afección a la concordancia en singular del indefinido cualesquiera, así «para que en qualesquiera destino que les des lo desempeñen con puntualidad», de notable incidencia en no importa qué escritor de la época, por ejemplo en Belgrano, cualesquiera cosa (56), «cualesquiera que así lo ejecute» (127). Dentrar conservaba una vitalidad, de continuo lo empleó Fernández Niño, que según Oroz (1966: 343, 368) se guarda «con gran persistencia en la lengua popular», hasta comienzos del siglo xx al parecer todavía común a todas las clases sociales. Pero el hacendado chileno exclusivamente recurre a donde frente al onde, medio siglo antes corriente en coterráneos de su nivel cultural, aún preferido, junto al vulgar ande, por el boliviano Vargas. No todo era tradición, pues, en la Cartilla de campo, donde hay más testimonios de invierno, término de Bolívar, que del antiguo ivierno, usual en las cartas de O'Higgins.
La lengua española se movía en América, aunque no en todas partes al unísono, mucho menos acompasada en su evolución frente a la hablada en la que estaba a punto de dejar de ser metrópoli, pero sin que los lazos fundamentales de unidad corrieran riesgos de desagregación. Lo cierto es que muchos americanismos generales, pero también no pocos de implantación regional, ya estaban diatópicamente marcados antes del triunfo independentista. Los primeros se vieron favorecidos por la unidad anterior y por el peso de la organización colonial, mientras que los segundos, inevitables en escenario de tamaña magnitud, en las distancias y el retraimiento poblacional tenían su fuerza, circunstancias estas más decisivas en unas zonas que en otras. En 1897 el caraqueño Julio Calcaño aún se quejaba de que «la dificultad de nuestra comunicación con Colombia nos perjudica mucho» (Germán Romero, 1992: II, 67), y algo quiere decir la confesión del guerrillero Vargas de que fue el 28 de marzo de 1819 «primera vez que oímos el nombre de Colombia y el nombre de Bolívar» (242).
En fin, muchos usos gramaticales de difusión general o de alcance regional se habían fraguado en el virreinato, así la preferencia por la interjección ¿ah? en lugar de ¿eh? y la fuerte tendencia a la diferenciación morfológica del género en los adjetivos invariables, que se verifican en el diálogo entre el gobernador de Cochabamba y un criollo. Pregunta aquel: «¿y usted es de qué opinión?», y al responder este «que él era de opinión al monarca y que era consumado realisto», exclama el político: «¿Realisto, ah? ¿Realisto, ah? ¿Y consumado, ah?». No es distinta la referencia diacrónica de esta cita de Vargas (315-316) que la sugerida años después, en 1849, por el siguiente pasaje epistolar de Sarmiento: «bello destino, que consiste en ir comisionados y secretarios a una casa cómoda con muebles poltronas en que se sientan a tomar las once (desde las once hasta las tres) sin ocuparse de nada más» (Vergara Quiroz, 1999: 87). Las once (o las onces) es costumbre que prolonga un hábito colonial, lo cual también explica que se registre en Venezuela y en Chile, como en los mismos años de la lucha emancipadora atestiguará Fernández Niño el coloquialismo de palanca: «todo matancero ha de venir acompañado (que este se llama el palanca), pero tú le adviertes que ha de ser otro matancero y no qualesquiera» (9v).
La Cartilla de campo descubre un atisbo de percepción del regionalismo léxico americano, cuando su autor así alude a los vinos y licores que sus viñas le producen: «el caldo… tiene nueve destinos o nombres, según el estilo de nuestra tierra» (46v), nombres que a continuación enumera y define, y en el bando patriota se va despertando la idea de la americanidad lingüística, relevante en la mención del hablar castellano-colombiano, en expresión bogotana de 1821 que en otra parte aduzco (2010: 302-303). A partir de la independencia la concienciación lingüística se agudiza incluso en su vertiente sociolingüística, la que en 1829 plantea Rosas como medio eficaz de granjearse la fidelidad de «los de la campaña, que son la gente de acción»:
… me pareció, pues, muy importante conseguir una influencia grande sobre esa gente para contenerla o para dirigirla, y me propuse adquirir esa influencia a toda costa. Para esto me fue preciso trabajar con mucha constancia, con mucho sacrificio, y hacerme gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían (118).