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El español en el mundo > Anuario 2010-2011 > Juan Antonio Frago Gracia. Léxico
El español en el mundo

El español de América en la época de las independencias

Juan Antonio Frago Gracia

6. Léxico

Las distancias, las comunicaciones y la distribución de la población que impuso la geografía americana son realidades que condicionaron los marinerismos de tierra adentro, uno de los grupos de palabras más característicos del español americano (Frago, 2010: 59-94). Cada nueva lectura de sus textos arroja más referencias sobre este influjo extralingüístico en el campo léxico-semántico, así en Belgrano: arribo, «me puse en viaje para la capital y a mi arribo fue la víspera…» (59); banda, «sucedía esto a mi regreso de la banda septentrional» (69); rolar, «las crecidas sumas del numerario que abundantemente rolaba entre nosotros» (145); rumbo, «no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto» (70). En Rosas arribar, «para arribar a una paz general» (114); arribo (22); costear, «irían costeando el Colorado» (268); fletar, «los de las carretas que se fletaron» (259); rumbo (51); travesía, «¿y si hay alguna desgracia, bien por temporal, travesía o pérdida de acción, con qué se mantiene esa tropa?» (258), «pues a mi ver esas travesías son peores en verano que en invierno» (267). Y en Vargas los marinerismos hechos voces de uso común con cambio semántico son numerosos, cosa digna de mención teniendo en cuenta la situación interior del Alto Perú, entre ellos: aportar, «es de necesidad aportar siempre a su casa» (354); mogote, «estuvimos en un mogote reuniéndonos e hicimos allí una defensa buena» (106); banda y morro, «se ponen en un morro a dar fuego a esta banda a los indios» (330); recalar, «el general Lanza recaló por entonces por los altos de Pucarani» (353).

Hay un claro factor innovador en la acomodación semántica que estos, y tantos otros más, marinerismos originarios experimentaron en América, igual que de hechura significativa americana es la pervivencia de andalucismos como estero, general en la cartografía indiana dieciochesca, y alfajor, dulce del que el botánico burgalés Hipólito Ruiz constataba en 1797 que en el Perú se hacía con los productos de la tierra (2007: 120), o como sopaipa, en su diminutivo lexicalizado sopaipilla (buñuelo frito con miel), del noroeste argentino, Bolivia y Chile (Morínigo, 1998: 687), mejor conservado en su emigración americana que en la propia Andalucía. Y llega a suceder, el caso que ahora aduzco ni mucho menos es único, que un andalucismo como pocillo en el vocabulario arequipeño de 1816 se considere palabra del país (provincialismo), frente al nahuatlismo general jícara: «Xicara. Posillo» (Hernández González, 2009: 95).

Innovación lingüística asimismo supone la recepción de extranjerismos en la variedad americana de nuestra lengua, galicismos como brin, chicote, contralor, fornitura, fuete (látigo) o remarcable, tomados en préstamo ya antes de la independencia, aunque el conflicto bélico y su solución final supusieron la entrada de muchos más, entre ellos desert y masacrar; chalana en Rosas (297), extranjero (extraño) en Belgrano: «Así esta materia es absolutamente extranjera en cuanto a sus principios a la que nosotros tratamos» (204). De la nueva situación cultural da buena cuenta un artículo literario publicado en El Mercurio chileno el 1 de mayo de 1828, en el cual se critica la circulación «de quince años a esta parte» de libros malamente «recién traducidos en París… y que los lectores charlan sobre su contenido, sin haber echado de ver la jerigonza en que están escritos; oímos en la conversación familiar los galicismos más desatinados, y no nos causan la menor extrañeza» (Cid, 2009: 92). Del inglés la afluencia de voces incorporadas al léxico del bando independentista fue inmediata, así el forense barra, ron, frecuentemente escrito en la época rom o rum, y anglicismos crudos como bill, del ámbito jurídico, o retaliación (represalia), que Morínigo registra con pervivencia actual (108, 652).

Los caracteres y formas del léxico hispanoamericano en lo fundamental tienen atestiguación de la época de las independencias, y cada expurgo textual descubre más datos que refuerzan este aserto, y que concretan o amplían su ubicación diatópica, así la del afroamericanismo bombero (explorador, espía) en el boliviano Vargas (354), o la de botado (niño expósito) y platina (plancha de hierro o acero) (29, 77), o la coexistencia del interjectivo carajo, «¡nadie se agachi, carajo!» (148), con su eufemístico barajo, «¡barajo, qué indio tan hediondo!» (63), así como la distinción gradual respecto del español europeo por el frecuentísimo empleo que hace del diminutivo -ito: ahorita, arribita, lueguito, prontito, tantita lástima, todito el ganado, todita la tropa. En el vocabulario de Arequipa de 1816 hallaremos ñato (chato) (Hernández González, 2009: 91), que se encuentra en las cartas del argentino Rosas, Pancho el Ñato (306), junto a cachafaz (pillo, desvergonzado), para Morínigo rioplatense, paraguayo y chileno, «porque como todos mis castigos eran reducidos a los cachafaces, revoltosos…» (281). El general porteño asimismo registra el argentinismo ladearse (tener mala voluntad hacia otro), «no creo que por sólo esto sea capaz de ladiarse y ser ingrato» (265), y un matrerear de mayor extensión sudamericana, «porque nombren y vaya a esa otro comandante no hay que asustarse ni que andar matreriando» (304), además de americanismos generales o muy difundidos como caballada (235), llamado (llamada, llamamiento) (286), pitar (fumar), sonsera (277), tropa (rebaño), (grupo de carretas) (68, 140) y trotear (288).

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