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El español en el mundo > Anuario 2010-2011 > Juan Antonio Frago Gracia. Fonética
El español en el mundo

El español de América en la época de las independencias

Juan Antonio Frago Gracia

4. Fonética

Sin exageración de ninguna clase puede afirmarse que cuando América se apresta al logro de su independencia es ya pleno el dominio del seseo, con aisladas zonas de pronunciación ceceosa. Al menos es lo que toda la documentación de la época que he manejado, sin excepción, revela, me refiero a los escritos dados por naturales de sus tierras, de cualquier color o condición social que fueran, y esto desde México al Río de la Plata y Chile. Todos, incluidos los próceres de la emancipación y las figuras culturalmente más representativas, caen en confusiones de s y c-z, cacografías que han acompañado al seseante desde que el fenómeno empezó a gestarse en Andalucía occidental. Esto es lo que indica el análisis de los textos que en cualquier rincón indiano se producen, con un protagonismo criollo que en la época del conflicto independentista era incontestable, pues la población de origen europeo suponía un porcentaje muy menor, casi ínfimo, con el precedente de un siglo xviii en el que la emigración española había descendido considerablemente y contándose en ella el elemento seseante o ceceante andaluz y canario. Efectivamente, la sociedad americana era criolla, y ya desde finales del xvi no pocas voces llamaban la atención sobre el crecimiento cada vez mayor de los nacidos en el Nuevo Mundo, de lengua española se entiende, cuyo predominio aumenta sin cesar, de lo cual dan cuenta los cómputos demográficos y migratorios, y tantas noticias de quienes bien conocían la situación. Así, en catecismo político bonaerense de 1814, donde el que pregunta: «Conque, aunque sea yo, como soy, español limpio y neto, y sin raza de indio ¿debo defender el recobro de la soberanía e independencia americana?», de esta manera es ilustrado y reconvenido:

Ya estás a repuesto; pero no seas chapetonado, tan preocupado, tan vano y ridículo. Advierte, mira y reflexiona que los españoles no han traído para la generación y procreo mujeres españolas; son raras las que han venido en estos últimos tiempos. La propagación se ha hecho en mujeres americanas… Eres cholo, de pertenencia humana. No desagradezcas a Dios tu existencia (Sagredo Baeza, 2009: 122).

Por eso es preciso entender que a América desde el principio llegó un español regionalmente diferenciado, y que andaluces y canarios pudieron así dejar su influencia lingüística, sobremanera marcada en la fonética y después en el léxico, por todos los territorios sujetos a conquista y colonización, que a finales del xvi alcanzaban enormes extensiones punteadas de muchas fundaciones urbanas, la mayoría de ellas de reducida población y no pocas en situación de penoso aislamiento, mayor aún el de las estancias o haciendas desperdigadas por el inmenso escenario americano, en las cuales era obligado el trato de gentes de todas las procedencias y colores, y por consiguiente un contrato idiomático que iba tiñendo de americanismo al español primigenio. De ahí que la nivelación de las variedades regionales de la emigración se viera apoyada en esa esencial mezcla de hablares, de ahí también que el proceso sociolingüístico que desembocó en la modalidad americana requiera pocas generaciones criollas, pues de otro modo difícil explicación tendría la notable uniformidad que la documentación pronto descubre para tan vastos dominios en dos características fonéticas tan importantes como son el seseo y la /h/ americana (de jamás, hijo, muger), aparte de lo que al respecto significa el hecho de que andalucismos y otros regionalismos léxicos se encuentren esparcidos por toda la geografía americana. Sin una madrugadora criollización lingüística, que corrió pareja con el mestizaje de sangres y apuntaba firmemente al término del quinientos, tampoco se entendería la difusión de este español americano a las zonas que desde entonces irían colonizándose y poblándose, desarrollo de una colonización que llegaría a los umbrales de la independencia, pero que continuaría hasta mucho después en muchas partes.

Genuinamente criolla era, pues, la América española en la hora de la llamada independentista, y seseantes eran sus próceres, las minorías cultas y los criollos pobres, los mestizos y los indios ladinos, el afroamericano españolizado, todo aquel abigarrado mundo sin distingos de poder o de colores. Es el dictado de la documentación, plasmado en la abundancia de confusiones de la s con la c y la z, incluidos los textos de bella caligrafía de bien formados autores. En geografía de tamaña amplitud, de medios demográficos a veces insospechadamente recónditos o en posibles ambientes de contumaz resistencia chapetona, tal vez pudiera descubrirse para la época de la que tratamos el aislado reducto distinguidor de /s/ y /θ/, pero sería lo excepcional y siempre necesitado de demostración histórica. Realmente, las protestas a favor y en contra de la zeta que proliferan entre gramáticos, polemistas y otros hombres de letras a partir de la independencia más bien son probatorias de la anterior decantación seseante americana; a diferencia de la c, la z es la única letra que solo podía indicar seseo o distinción articulatoria, discusiones que por lo general tienen que ver con un nuevo espíritu normativo con incidencia en la escritura, pues bien se sabía que, frente al seseo y al yeísmo, las correspondientes distinciones fónicas evitaban la falta ortográfica, pero que asimismo ponían en discusión la relación cultural y de prestigio entre el español americano y el peninsular. Salvo contados casos de conservadurismo fonético o de españolismo lingüístico, a la doble vertiente conceptual apuntada obedece la mayor parte de los interesantes testimonios reunidos por Guitarte (1983: 107-125). Pero seseaba Belgrano, como O'Higgins y los hermanos Carrera, igual que se descubre el seseo en la Aurora de Chile, en El Mercurio Peruano, como el limeño marqués de Torre Tagle y el catedrático arequipeño Miguel de Lastarria, en la Gazeta de Caracas y el Correo del Orinoco, como Bolívar y Nariño, Itúrbide (hipocrecía, miceria, viseversa) y su compatriota José Atenógenes Rojano, quien en sus pretensiones nobiliarias de 1819 abunda en la cacografía seseosa (embarase, espreciva, jues, etc.), sin que le falte la muestra yeísta («sin que halla motivo de dudas»).

En el caso del seseo el factor innovador radica en el especial tratamiento ultramarino del aportado por andaluces y canarios, así como de los seseos propios de otras minorías inicialmente bilingües (portugueses, vascongados, catalanes, etc.), todos solidariamente nivelados y asumidos en el seseo de la sociedad indiana, en cuyo seno el correspondiente desliz grafémico fue corriente, casi rigurosa transliteración fonética en el cartulario dieciochesco de la chilena sor Dolores Peña y Lillo. Asimismo de origen dialectal sería la /h/ trasplantada por meridionales y canarios, que en América, y mediante procedimiento en cierto modo similar al que supuso la generalización del seseo, se impuso sobre la velar fricativa /x/ de los emigrados norteños, con alguna peculiaridad innovadora añadida, cual es una muy extendida articulación postpalatal cuando el elemento velar o laríngeo va seguido de una vocal anterior, de lo que el español de Chile probablemente constituye la evolución de mayor diferenciación regional5. En la época de la independencia la existencia de esa /h/ de estirpe meridional, o la de una velar siempre «más suave» que la peninsular norteña, se revela en los trueques de j (y de g, x) por la h que anteriormente indicó una aspiración amerindia o la hispánica procedente de /f/ latina y de glotal árabe. El muestreo grafémico es menos abundante que el concerniente al seseo, porque esta última aspiración tradicional (hasta, hambre, hazer, hilo) había perdido aprecio sociocultural y tales faltas ortográficas eran rechazadas, pero no faltan en los años de referencia, sobre todo en ejemplos de lexicalización del modismo fónico. Así en bajareque, bojío, geniquén (henequén), jamaca (hamaca), jiguereta, joya (hoya) y rejoya, pitajaya, con atestiguaciones que van de México a Perú. En manuscrito altoperuano de 1791 se registra juelgo: «fue dicha cadena pendiente de un trozo introdusido a una pared del calabozo…, sin más juelgo que una bara que dista quanto pueda el pasiente pararse o recostarse», y en corpus de la naciente Bolivia se lee: «nos cansamos enteramente, se nos acabó el juelgo» (Vargas, 1982: 151).

En el intercambio de ll y y atinadamente había identificado el jesuita Murillo Velarde la confusión fonética de /λ/ y /y/, aunque más bien debería hablarse lisa y llanamente de la pérdida de la consonante palatal lateral, fenómeno que en la primera mitad del xviii daba como común entre los novohispanos, por el que se los relacionaba con el hablar de malagueños y sevillanos. Se ha visto que el mexicano Rojano en 1819 ponía halla por haya y su compatriota fray Servando Teresa de Mier en carta de 1816 escribe: «La fragata a la inglesa estaba ricamente provista. Gayeta fresca, todos los días patatas» (Ortuño Martínez, 2000: 268). Claro es que la pronunciación yeísta no era exclusiva de Nueva España, sino que se hallaba extendida por la mayor parte de América, de lo cual aporto testimonios de textos repartidos desde Luisiana a las Antillas, pasando por Venezuela, Perú, Chile y Argentina, con el sobresaliente caso de la copia colombiana del Carnero, de 1784, cuyos cuatro amanuenses cometieron continuas faltas yeístas, como alluda, halluno, lla 'ya', llerbas, yevava (Frago, 2010: 166-173). Todos estos testimonios van asociados a la manifestación del seseo, igual que sucede en la relación de los «Nombres provinciales de la ciudad de Arequipa», compuesta el año 1816 por un clérigo canario, en la cual se da sapayo como sinónimo de calabaza (Hernández González, 2009: 89).

No es anterior al europeo el yeísmo americano, como llegó a pensarse, sino que su extensión diatópica se produjo antes, inicialmente a consecuencia del proceso nivelador, mientras que en España su expansión ha debido romper barreras regionales, de modo que todavía hoy zonas norteñas tradicionalmente distinguidoras están experimentando el avance de la confusión fonética. Y las circunstancias americanas explican particularismos en esta problemática, como el mantenimiento de la distinción /λ/ ~ /y/ en zonas andinas por bilingüismo o sustrato quechua y aimara, en Paraguay tal vez por su pertinaz aislamiento de pasados siglos. En cuanto a los relajamientos consonánticos de impronta andalucista y meridional (pérdida de la /-d-/ intervocálica, neutralizaciones de /-r/ /-l/, aspiración o pérdida de /-s/), en mi libro de 2010 selecciono ejemplos de su vigencia a finales de la Colonia, muestreo referido a una gran extensión territorial, con especial incidencia de dichos rasgos fónicos en el español americano que no con total precisión se ha considerado de islas y tierras bajas costeras. Pero debe rechazarse de plano la especie de que ese mayor andalucismo obedece a la querencia de los andaluces por radicarse en tierras cálidas, cuando son otras razones históricas las que explican esta diferenciación dialectal, según he procurado argumentar (2008). El hondureño Alberto Membreño en 1901 escribía a Cuervo: «Indiscutible es que el idioma español en América se separa todos los días más del que se habla en España: será la diferencia del medio ambiente la causa de aquel fenómeno» (Germán Romero, 1992: II, 129). El criterio climático por desgracia emborronó la explicación americanista y lamentablemente aún dura en algunos a propósito de la cuestión andalucista.

Herencia hispánica de evolución americana es el cuerpo fónico hasta aquí considerado, como lo es la tendencia al antihiatismo, que en el español de América ha logrado un profundo arraigo, que ya tenía en el siglo xviii, e incluso una aceptación social, me refiero al antihiatismo más mitigado, el que en realización ocasional supone la resolución del hiato en diptongo, que no ha llegado a la norma culta en España. En la época de la independencia hay casos de este fenómeno en la Aurora de Chile: crería (creería), besuar (bezoar); preminente y las ultracorrecciones Galeano (Galiano), Goatemala en el Correo del Orinoco; en corpus boliviano de 1791 antiojo, quadiubando (coadyubando), olio, paciarse (pasearse) y los hipercorrectos aleados (aliados), descarreada (descarriada); en la copia bogotana del Carnero entre otros ejemplos los de caidiso y arzedeano; en exvoto mexicano de 1845 Lionardo, con numerosas manifestaciones en la chilena Peña y Lillo (1763-1769): almuadas, pasiase (pasease), parios (pareos), los ultracorrectos seática (ciática), rumeando, rumeado, con frecuentes epéntesis antihiáticas (leyía, poseyían, ponidan (ponían), etc.) y asimilaciones vocálicas (creré, ler, poser, vemensia, etc.). En la Cartilla de campo de 1808 a 1817 redactada por el chileno Fernández Niño, de cultura cuando menos media, son recurrentes ultracorrecciones como bacear (vaciar), chirrea (chirría), roceadas (rociadas), la primera de estas formas hipercorrectas en dos ocasiones corregida su e en i, lo cual implica una cierta actitud normativa de su parte.

En este autor ya no se encuentran soluciones del tipo oíya, que en Peña y Lillo son constantes y que a mediados del xix se ponen en boca de un aldeano canario: «semejante cosa no he uyido (oído)» (González Yanes, 2002: 95). Así, pues, este resultado antihiático había experimentado un notable retroceso en la aceptación social chilena, probablemente también en otras partes, y se daba como propio del campesino en una modalidad tradicional como la canaria, pero el guerrillero boliviano, de elemental formación escolar aunque de despierto autodidactismo, junto a ocasionales muestras de hiatos convertidos en diptongos: cuetes (cohetes), Siguani (Seoane), sistemáticamente mantiene la epéntesis de /-y-/ en los verbos, así en creíya, leíya, oíya, traíyan, trayía, veíya, etc. (Vargas, 1982), de manera que este rasgo fonético había perdido su anterior nivel sociolingüístico, no su arraigo popular, que ni siquiera debía de ser aún de muy baja connotación vulgar. Sea como fuere, el antihiatismo resuelto en diptongación también penetraba el habla de los americanos cultos, pues en proclama del general Rosas de 1833 se lee ladiarse (ladearse), y en cartas suyas del mismo año matreriando (matrereando), Abrán (Abrahám) y peliando (peleando) (265, 304, 307, 312).

  • (5) Recientemente he expuesto mi punto de vista sobre esta cuestión (2008: 40-42). volver
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