Juan Antonio Frago Gracia
Proponía Belgrano en artículo de 1810 «poblar la costa S. de este río», no lejos de la capital porteña, porque «las tierras que están en las inmediaciones de los puertos de mar son las que están mejor cultivadas, y las que inmediatamente se pueblan tomando un valor crecido» (Pigna, 2009: 121), y la lengua española que hace la travesía del Atlántico se verá ineludiblemente condicionada en su desarrollo ultramarino por una realidad americana tan distinta en cuanto a amplitud territorial, posibilidades comunicativas, proporción demográfica y formas del asentamiento poblacional. El mismo fenómeno migratorio llevó consigo un vuelco lingüístico de no pequeña entidad, por cuanto suponía en la práctica la quiebra de las precedentes barreras dialectales. Efectivamente, los límites de las hablas regionales españolas se han mantenido estables hasta el día de hoy, mientras que las respectivas diferencias idiomáticas se mezclarían en el hablar de quienes arribaban al Nuevo Mundo, más profundamente en sus descendientes criollos, haciéndose lo que antes era diatópicamente privativo común a todos los americanos y de general difusión en toda la geografía indiana en muchos casos, adscritos a determinadas zonas, siempre de enorme extensión, entre otros.
En materia de vocabulario es lo que sucedió, por ejemplo, con los occidentalismos bagazo, cangalla, carozo, dolama, frangollo, lamber, lambuzo, soberado o sobrado, y tantos otros; con los andalucismos alfajor, candela (fuego), chícharo, chinchorro, estero, orozuz, pocillo, pozuelo o sopaipa; con canarismos como gofio, médano, plántano y muchos más que refiere el gran diccionario de Corrales y Corbella (2010), pero es también lo que ocurrió con los portuguesismos y otros extranjerismos que fueron caracterizando léxicamente las hablas americanas frente a las europeas, tomadas cada una en su conjunto. Porque, naturalmente, esos regionalismos no distinguían por igual a la variedad hispanoamericana de la metropolitana, si la comparación se establece entre aquella y las diferentes parcelas dialectales de esta.
La solidaridad lingüística fue sin duda nota distintiva de la colonización idiomática de América, y de ella se siguió una consecuente nivelación de los particularismos aportados por cada grupo de emigrantes. No fue solo cuestión de léxico, evidentemente, pues en el nivel fonético se produjo parecido proceso, como en la historia del seseo se comprueba. Esta pronunciación de andaluces y canarios se impuso a la distinguidora de quienes procedían de otras zonas peninsulares, apenas en casos individuales de chapetones, rápida y generacionalmente en sus hijos criollos. A dicha evolución sociolingüística coadyuvó no solo la convivencia de emigrados de orígenes diversos y el cruce matrimonial, sino el que habitaran pueblos y ciudades de reducidos censos, sobre todo en el siglo fundacional del español americano y muchos de ellos hasta la misma independencia, donde un estrecho contacto entre hablantes era inevitable y, por ende, la transferencia del modismo fónico avalado por la preponderancia migratoria y, tal vez, por estrictas razones lingüísticas. Ni que decir tiene que este tipo de ocupación del territorio, en núcleos de escasa población por lo general muy alejados entre sí, algo que los planos urbanísticos y la cartografía colonial meridianamente demuestran, reforzó la criollización del español en América hasta alcanzar las peculiaridades que lo distinguen del europeo.
Por otro lado, el papel que el clero secular y regular jugó en la educación americana, y en particular la influencia sociolingüística ejercida por el numeroso cuerpo forense que pobló cualquier ciudad indiana, así como la burocracia colonial, favorecieron la popularización del adjetivo mero en América, así como el arraigo de expresiones como a juro, de juro, pleito (disputa, pelea), escribano (escribiente o notario) y escribanía (notaría), pero también la pervivencia de latinismos como acápite (párrafo, epígrafe), (texto breve, posterior al título), ameritar (merecer), connotado (distinguido, notable), festinar (apresurar, precipitar, activar), expresiones y términos conocidos en los años de la independencia. La plétora de abogados que sufrió, según tantas denuncias, la sociedad indiana continuaba numerosa en los años de la guerra emancipadora, de lo cual un testimonio más es la siguiente observación de Pereira Pacheco acerca de los escolares del Colegio de Arequipa: «la mayor parte se han dedicado a las leyes, cuyo número actual dentro de la ciudad pasa de 67 abogados, de suerte que hay más doctores que en Salamanca» (Hernández González, 2009: 37), y todas estas circunstancias extralingüísticas, sumadas al prurito de distinción aristocrática propio de las elites criollas, la selección en el uso idiomático y la querencia por giros acendrados en la tradición más culta del suyo, se imponían.
Nada de particular tiene así que un Belgrano, abogado y economista, además de militar y político, en sus escritos de elevado estilo deslice numerosos cultismos y giros gramaticales del mismo registro literario, ni que los patricios argentinos Mariano Moreno y Bernardo Monteagudo abunden en términos como eversivo, factible, federaticio, maquinal, retrogradar y seductivo (Goldman, 1992). El general San Martín reiteradamente recurre a la construcción formal del tipo este mi pensamiento (Lynch, 1993: 89, 98) y, tanto o más, Rosas: esta tu nueva posesión, esta mi aserción, esta su opinión, aunque el caudillo rioplatense también puede recurrir con soltura al coloquialismo: «los barros que hacen algunos», «ya no puede recular ni la pisada de un chimango», «no hay que asustarse ni que andar matreriando» (2004: 212, 317). El rasgo cultista de raigambre tradicional es asimismo normal en el mexicano Itúrbide o en el venezolano Bolívar, relevante en el colombiano Nariño y muy sobresaliente en el sumamente culto fraile peruano Melchor Talamantes, que vio el trágico final de sus días en tierras mexicanas (Hernández Silva y Pérez Zevallos, 2009). En fin, cualquier americano cultivado presenta en la época, y con bastante anterioridad, esta tendencia al cultismo y al lenguaje formal.
Tanto o más significativo es, sin embargo, que igualmente se plasme, aunque en diverso grado de frecuencia y de refinamiento, en gentes de otro nivel sociocultural y profesional, como el chileno Fernández Niño, quien en la Cartilla de campo, que escribe en Chicureo desde 1808 a 1817, registra voces de la clase de insertación, noticiar y obviar, esta con popular reducción consonántica, «del capataz pende el reparto, para obiar disgustos», el arcaico seer, conservado hasta entrado el siglo xix por el lenguaje forense, o el futuro de subjuntivo «todo hombre hará antes lo que tubiere que hacer»4. E ilustrativo por demás resulta que el guerrillero boliviano Vargas igualmente emplee con cierta frecuencia construcciones como un su muchacho, este su muchacho, muestre la plena popularización del adjetivo mero, latinismo de origen forense («un mero arrestado», «un mero paisano»), de inter («inter se clarifique»), de terror pánico y expresionar, así como la de amanuense, a la sazón imposible en un español europeo de nivel sociocultural similar al de quien en el dominio altoperuano lo testimonia: «le servía de amanuense al mismo coronel Lanza, porque tenía muy buena pluma por entonces y no era ni soldado siquiera, nada más que el haber aprovechado, que sería en la escuela de primeras letras».