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El español en el mundo > Anuario 2010-2011 > Juan Antonio Frago Gracia. El factor extralingüístico
El español en el mundo

El español de América en la época de las independencias

Juan Antonio Frago Gracia

2. El factor extralingüístico

Mucho se hace hincapié como cuestión de principio metodológico, que sin embargo luego no en todas las investigaciones se aplica, en la necesidad de contar con lo que se llama «historia externa» para comprender y explicar coherentemente determinados fenómenos evolutivos. En el caso del español de América, este apoyo es tanto más preciso cuanto que se trata de una lengua trasplantada a remotos y variadísimos dominios por emigrados de diversas procedencias regionales, lingüísticamente nada uniformes, ni siquiera los que eran castellanohablantes, en continuas pero cambiantes levas durante el periodo colonial llegados al Nuevo Mundo, donde tropezarían con el mosaico de lenguas indígenas y pronto convivirían con el elemento africano, forzadamente conducido por el comercio esclavista. Aspectos importantes del español americano difícilmente se entienden si no es mediante el apoyo en esa historia externa a la lengua, así como desatendiendo lo que en su configuración supuso la geografía física y humana del continente indiano y sus islas, no solo en su siglo fundacional, el quinientos, sino todavía en los mismos días en que la América en lucha buscaba su emancipación.

Se comenzó la construcción de ciudades según un modelo de impronta renacentista sin correspondencia peninsular, aunque con paralelismos canarios, con muestras como La Laguna o San Sebastián de la Gomera, de fundación coetánea a los primeros levantamientos de poblaciones indianas, y cuadra, término urbanístico y de medida de longitud, arraigó en el español americano, también en el portugués del Brasil por análogas razones, que desde luego era general mucho antes del siglo xix, cuando solo en la cartografía cubana hallo un plano de La Habana de 1849, realizado por un militar español, en el cual conviven manzana y cuadra, mientras que otro de 1819, de autor indudablemente criollo, únicamente trae la primera voz: manzana para el lavoratorio de artillería, manzanas para situar las yglecias, manzana para cárcel pública1. En el Continente el dominio de cuadra es casi absoluto.

Plata (dinero) asimismo es de completa difusión americana, por ser metal de extraordinaria riqueza en el Nuevo Mundo, que incluso circuló como moneda a peso en tiempos de escasez o de falta de la acuñada, circunstancia junto a otra de índole crematística, que todavía se esgrime en 1811 en cita del argentino Manuel Belgrano, de fundamento igual económico que semántico (Pigna, 2009: 186):

El dinero es un nombre colectivo que comprende en su uso todas las riquezas de convención. La razón de este uso es probablemente que, siendo la plata una especie de medio entre el oro y el cobre, por la abundancia y por la comodidad del transporte se encuentra más comúnmente en el comercio.

Dentro de la común lengua española, estas particularidades léxicas únicamente en América podían darse, pero no caprichosamente o por azar, sino porque las condicionaban realidades genuinamente indianas, como la que concierne a la resemantización de vereda (acera). Efectivamente, cualquiera que se haya adentrado por zonas interiores hispanoamericanas o brasileñas recordará la notable elevación de algunas aceras, reminiscencia de tiempos en los que calles y plazas sin pavimentar resultaban impracticables en la estación de lluvias, cuando aquellas aceras eran el único medio de evitar el lodazal, caminos seguros, veredas por su estrechez, para quien transitaba a pie por el núcleo urbano. De este americanismo nos da noticia en 1816 un perspicaz clérigo canario en su descripción de Arequipa: «Las calles están tiradas a cordel, de bastante anchura, y empedradas y ensoladas por sus veredas casi todas» (Hernández González, 2009: 33).

Las distancias en la inmensa geografía americana y sus dificultades comunicativas, de extrema penosidad en muchas partes, condicionaron la distribución poblacional, generalmente repartida a lo largo de los caminos reales y por las zonas litorales, marítimas y fluviales. Estas permitían el más expedito tránsito de personas y mercancías, con mayor facilidad para el comercio, cuya activación continuamente fue buscada tanto en los dominios hispánicos como entre estos y el Brasil, uno de cuyos intentos de finales del xviii queda anotado por Hipólito Ruiz en 1797 (2007: 270):

En este propio día llegaron a Huánuco dos compañías de los regimientos de Estremadura y de Soria, que conducían sus capitanes don Diego Herrera y don Juan Vibes, para hacer la entrada al Mayro y establecer allí poblaciones y franquear la navegación y comunicación con los portugueses.

De modo que al término de la colonia se estaban explorando e intentando poblar territorios aún no colonizados, muchos y extensos quedarían en tal condición después de la independencia2, y, como en anteriores siglos, el río se mantenía como el medio preferido para salvar lejanías y parajes intransitables. Tanto para el indígena, «los indios de Pampahermosa suben en canoas por este río hasta el embarcadero de Cuchero caminando agua arriba en 8 o 12 días cien leguas, las que desandan en quatro; los indios de los Lamas gastan para subir hasta Cuchero dos o tres meses», como para el español, «el día 9 de este mes se embarcaron en este río, acompañados del P. de Cuchero, tres individuos de la Renta de Tabacos que baxaban a Lamas con la comisión de establecer la navegación y conducción de tabaco por el río hasta Cuchero», todo esto según el mismo botánico (158-160), quien anota continuas quejas por lo fatigoso de los caminos peruanos: «el 6 entramos a las dos de la tarde en Cuchero después de haver sufrido no pocas fatigas y caydas en el camino, por ser aún peor que el de los días anteriores», «remontamos la elevada y penosa Cuesta de Carpis con muchos trabajos, así por ser el camino sumamente estrecho y hondo como por los escalones altos de que consta y profundas sartanejas y atolladeros» (157).

Otro peninsular, por los mismos años, observaba las deficiencias de la principal carrera real novohispana, «considerando a cuán poca costa podría hacerse un excelente camino de ruedas desde Veracruz a México» (Morales Padrón, 2004: 251). De hecho, desde Nueva España al Río de la Plata era un clamor, ya entrado el siglo xix, el deseo de mejora de las comunicaciones; no mucho antes, el 19 de julio de 1796, los arrieros de Veracruz solicitaban a la Corona que se hiciera un camino entre este puerto y Xalapa, y de allí a Perote (Frago, 2010: 272). Entablada la contienda, el guerrillero boliviano José Santos Vargas distinguía bien entre los caminos reales y los atravesados (1982: 400) y los generales de ambos bandos tenían muy presentes las enormes distancias, las pésimas comunicaciones y la despoblación entre los primeros obstáculos a sus estrategias, justamente lo que reconoce San Martín en carta a Belgrano: «le contemplo a V. en los trabajos de marcha, viendo la miseria de nuestros países y las dificultades que presentan con sus distancias, despoblación y, por consiguiente, falta de recursos para operar con la celeridad que se necesita» (Lynch, 2009: 95). Y Rosas hará frecuentes menciones a los malos caminos y a la escasez de habitantes de extensas zonas argentinas, como estas de 1820: «exponen a la administración de justicia a sensibles retardaciones, a jornadas penosísimas y riesgosas», «entre la Sierra y las guardias actuales…, desde el arroyo Viborotá hasta enfrentar con el pueblo de los Lobos, se presenta un campo inmenso, parte vacío y parte poblado con estancias nuestras» (2004: 21, 42).

Despoblación es palabra clave en la retrospección lingüística sobre la América española, si se piensa que a sus inacabables territorios hacia 1820 los cálculos más favorables le otorgan 25.000.000 de habitantes muy desigualmente repartidos. México, de poblamiento mucho más denso que Argentina, aquí con sus pocas ciudades fijadas a orillas de los grandes ejes de comunicación, el Paraná y el camino que llevaba de Buenos Aires al Alto Perú, con muchos pequeños núcleos habitados perdidos en un espeso aislamiento, alejamiento y dispersión, que jugaban a favor del apego a la tradición idiomática. Era esta situación corriente en muchos rincones americanos, no siendo raros casos como el que hubo de enfrentar, en 1816, la tropa enviada a desalojar a los negros cimarrones del Palenque del Frijol, obligada desde «donde acaba el camino abierto y empieza el terreno inculto y montuoso hasta cerca de Baracoa con el nombre de La Gran Tierra de Moa… a abrir vereda a hacha y machete para dirigirse al palenque»3.

  • (1) El plano de 1819 pertenece al Servicio Histórico Militar (SH), 19.750; el de 1849, al Servicio Geográfico del Ejército, J-6-1-135bis. volver
  • (2) Por lo que a Cuba concierne, en el año 1798 se levantaban planos para la fundación de nuevas poblaciones en la zona de Guantánamo: SH 12.857, 11.401; otro para Camagüey en 1817: SH 12.835-1. volver
  • (3) SH 12.462-3. No es extraño, así, que la cartografía colonial de Cuba se halle plagada de lugares con topónimos formados sobre la base de palenque, no pocos de los cuales todavía sobreviven. A unos 180 kilómetros al oeste de La Habana, en el valle de Viñales (provincia de Pinar del Río), se encuentra la cueva llamada El Palenque de los Cimarrones. volver
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