Juan Antonio Frago Gracia
Cuando la invasión napoleónica de la Península tiene lugar, cambios de extraordinaria magnitud histórica van a promoverse no tardando mucho en los dominios hispánicos de Ultramar, conducentes a la inevitable independencia de la América continental, que a finales de la anterior centuria ya presintieron algunos ilustrados españoles, entre ellos el aragonés Félix de Azara, fino observador de la realidad indiana en su extenuante labor por la demarcación, de efectividad casi imposible debido al inmenso vacío humano en las interminables extensiones rioplatenses, entre las posesiones españolas y el Brasil portugués. Vendrían las conmociones populares, las sublevaciones de soporte indigenista y la empresa militar criolla, la fracasada invasión de Venezuela por Miranda, luego acometida por Bolívar, y surgieron las Juntas provinciales patrióticas, a semejanza de las constituidas en la metrópoli, que pronto dieron paso en algunas partes a poderes auténticamente independientes, mientras que en otras la institución virreinal y la reacción realista se mantuvieron firmes varios años más. Y se sustentó una guerra larga y cruel, devastadora en ocasiones, que acabó con el triunfo de las armas independentistas, insurgentes para los españoles y para los americanos patriotas, que apartó política, administrativa y económicamente a América de España, sin olvidar el corte umbilical que, en materia de influencias culturales, la traumática separación durante décadas produjo.
Sobre la precedente unidad hispanoamericana se trazaron fronteras y se levantaron repúblicas, independientes de España y entre sí. Cambiaron las relaciones entre las elites criollas del mundo americano, distintos ejércitos, diversas administraciones civiles y enseñanzas, nuevas ideologías, afanes y problemas. En fin, un escenario americano con sus propios protagonistas, actores de escenas que no se sucedieron sin violencia ni dificultades. Por ello es comprensible la importante atención que la historiografía ha prestado a los diferentes aspectos, rasgos y tonos del marco de la emancipación y de sus consecuencias, cuestiones que vienen siendo motivo de una bibliografía casi abrumadora. Pero frente a esta realidad científica resulta cuando menos sorprendente la desproporcionada penuria que el hispanismo lingüístico padece en materia de investigación sobre tan particular sincronía del español americano, la de la época en que se fraguan, triunfan y consolidan los movimientos independentistas. La independencia no acarreó, para la lengua, consecuencias equiparables a las que afectaron a la sociedad hasta entonces metropolitana y a la americana, especialmente sensibles en esta, entre otras cosas, porque durante los mismos años de confrontación bélica se tenía despierta conciencia de la hermandad idiomática entre patriotas y realistas.
Y, sin embargo, interesa mucho conocer cuanto más mejor el estado en que el español americano se encontraba en tan crucial coyuntura histórica, encrucijada entre el periodo colonial y la modernidad lingüística de América, en perspectiva tanto diatópica como sociocultural. Efectivamente, al estudiar la época de las independencias no solo sabremos cómo era el español del final de los virreinatos, sino que encontraremos no pocas claves del porqué de aquel estado de cosas lingüístico, que, a su vez, arrojarán luz sobre la formación y el desarrollo del español americano desde sus orígenes coloniales. También se dispondrá así de una sólida base de comparación, que permita explicar la evolución correspondiente al periodo independiente y, por ende, dar la razón de ser de muchos de los rasgos que caracterizan al español americano actual.