María Amparo Alcina Caudet
El sueño de la traducción automática comenzó incluso antes de que se construyera el primer ordenador. Descartes y Leibniz ya formularon teorías sobre la representación numérica de las palabras. Otros filósofos también alentaron la idea de la codificación del lenguaje de modo que se pudiera representar sin ambigüedades y que toda la humanidad pudiera comprender su significado. Fue con la creación de los primeros ordenadores, el famoso ENIAC, cuando estas ideas empezaron a cobrar entidad y el sueño cobró algo de realidad. Las primeras pesquisas sobre traducción automática y ordenadores eran extraordinariamente optimistas vistas desde el momento actual, aunque también podríamos decir que ingenuas. Se pensaba que en pocos años se podrían conseguir sistemas que tradujeran textos de forma rápida y eficaz. Estas pesquisas se basaban en parte en la falta de una reflexión más profunda sobre la complejidad del lenguaje humano. Cuando esta reflexión llegó, hubo al contrario una mirada pesimista sobre la traducción automática, especialmente tras el informe ALPAC.
Y es que el uso cotidiano del lenguaje resulta un sistema sencillo y fácil de comunicación. Lo que decimos, los textos que escribimos no parecen entrañar mayor dificultad que saber el significado de cada palabra y conocer la gramática de la lengua que nos han enseñado. Por eso, podría parecer a cualquier hablante, a simple vista, que podemos organizarlo fácilmente en listas de palabras con sus equivalencias y unas cuantas reglas para los casos especiales, almacenarlas en un ordenador y así que el ordenador sea capaz de manejar estas listas y devolver los resultados deseados. Traducirlo parece no entrañar mayor dificultad que hacer lo mismo en dos lenguas, y establecer la relación entre ambas. Sin embargo, el uso del lenguaje no es tan fácil y sencillo. En ocasiones, también encontramos que da lugar a interpretaciones, dobles sentidos, frases hechas que no se pueden interpretar literalmente, metáforas que interpretamos de acuerdo con nuestro contexto o conocimientos culturales, y otro sinfín de juegos que pueden dar lugar a situaciones humorísticas, y también a malentendidos. Más allá de estas dificultades, quienes se han enfrentado alguna vez seriamente a la tarea de la traducción, o por ejemplo, a la enseñanza de una lengua extranjera, y —cómo no— a la tarea del análisis sintáctico, semántico o pragmático de una frase o un texto, o incluso al análisis del léxico de una lengua, saben que las dificultades que pueden surgir en la interpretación de una palabra, de una frase y no digamos de un texto van mucho más allá de manejar unas pocas reglas gramaticales y listados de palabras. Y esto es precisamente lo que se requiere para que el ordenador pueda manejar el lenguaje: explicitar su funcionamiento y los significados que los humanos manejamos de forma espontánea y natural tras un largo proceso de aprendizaje que apenas recordamos.
El lenguaje humano resulta de una complejidad tal que su completa formalización para que sea procesado por el ordenador resulta aún difícilmente alcanzable hoy en día. En relación con la traducción automática se han utilizado distintas estrategias que han dado resultados limitados. Hoy en día, medio siglo después de los primeros informes optimistas sobre la traducción automática y de los primeros informes pesimistas sobre el mismo tema, los expertos no pueden afirmar que se pueda alcanzar algún día la traducción completamente automática de alta calidad.
Aunque la traducción completamente automática de alta calidad siga siendo un sueño, en el camino hacia este objetivo se ha conseguido avanzar en muchos aspectos del procesamiento del lenguaje natural y comprender la complejidad del lenguaje y de la traducción, con vistas a poder formalizar su funcionamiento en representaciones que puedan ser automatizadas. Mientras teníamos la vista puesta en el objetivo de la traducción automática de alta calidad, han surgido sin embargo nuevos objetivos y nuevas necesidades. Si hace cincuenta años la traducción se restringía a importantes documentos, libros y comunicaciones que debían ser correctamente traducidos en muchos casos para su impresión y publicación, hoy en día el panorama ha cambiado considerablemente. La globalización de los mercados, el aumento de las relaciones internacionales y la aparición de Internet han hecho aumentar exponencialmente las necesidades de comunicación entre los gobiernos, las empresas y el público en general. Los avances tecnológicos han sacudido el mundo y han favorecido que la información sea más flexible y fluida a través del medio tecnológico, que se ofrezcan y se compren productos y servicios. La sociedad tiene acceso a gran cantidad de información que necesariamente requiere ser traducida. Esta necesidad de traducción condiciona a su vez que se requieran traducciones más rápidas y sobre el mismo medio tecnológico. A su vez, los propios traductores profesionales y las empresas de traducción también ofrecen sus servicios a través de Internet, y parte de su trabajo lo realizan también utilizando la Red.
Si bien durante años la traducción automática ha estado recluida en las probetas de laboratorio, es decir, en sistemas experimentales en las universidades y centros de investigación de las empresas, hoy en día la traducción automática ha dado el salto al mercado de masas. ¿Quién no ha utilizado alguna vez un traductor automático para entender un mensaje de correo electrónico, para saber qué decía un fragmento de texto encontrado en Internet en una lengua exótica, para traducir una noticia o una página web, o para conocer el significado de algunas palabras que nos resultaban desconocidas? Y es que vivimos en un entorno globalizado, inundados de información y hambrientos de información al mismo tiempo. Internet nos pone toda esta información al alcance de nuestro teclado y lo único que queda es entender lo que allí se dice. Si la información no está en una lengua conocida, el traductor automático será el aliado que nos la hará mínimamente comprensible al instante.