Andrés Santana Arribas
Venimos de señalar en el capítulo anterior la gran riqueza multilingüe y multicultural de Rusia como Estado, así como su monolingüismo como nación.
Remontándonos un poco más en la historia, no debemos olvidar que nos encontramos ante un país en el que la aristocracia y la intelectualidad hablaban y escribían perfectamente en francés, hasta el punto de que, aunque podían comunicarse en ruso, no lo sabían escribir. Será en el siglo xix cuando emblemáticas personalidades como el poeta Alexander Pushkin terminen de elevar el idioma ruso hasta el estatus de lengua literaria, dejando de ser simplemente la forma de comunicación del vulgo.
Por tanto, vemos que la enseñanza y el aprendizaje del francés tienen en Rusia gran solera, si bien reducida a los círculos nobles e intelectuales del país. También el inglés y el alemán (sobre todo, en tiempos de Pedro el Grande) eran lenguas que gozaban de popularidad en esas capas sociales, aunque nunca al nivel del francés por aquel entonces. El español no corrió tan buena suerte, pero ya hemos mencionado aquí que algunas figuras de renombre mostraron gran interés por aprender nuestra lengua, movidos fundamentalmente por el Quijote y la guerra contra Napoleón.
Con la Revolución de Octubre y el nacimiento de la URSS, se producen dos hechos que van a repercutir muy positivamente en la enseñanza de lenguas y el desarrollo de la lingüística rusa, pues convierten estas actividades en prioridad política: 1) uno de los grandes logros sociales del Estado soviético fue sin duda alguna acabar con el terrible analfabetismo que sufría la sociedad rusa de principios de siglo xx; la escolarización se convierte en obligatoria y la educación llega a los rincones más recónditos y aislados del país, cuyas dimensiones ya conocemos, por lo que resulta sencillo imaginar la envergadura del ambicioso proyecto; 2) el objetivo de exportar al mundo las ideas del socialismo soviético y los logros de la URSS en todos los órdenes de la vida solo puede conseguirse a través de la formación en lenguas extranjeras de los especialistas soviéticos que irán destinados al extranjero y mediante la traducción a dichas lenguas de la propaganda oficial. No es de extrañar, por tanto, que la URSS, sobre la base de la tradicionalmente brillante escuela lingüística rusa, se convirtiera en una gran potencia mundial en teoría y práctica de la traducción, así como en lingüística, ya que tras ello, como decimos, hubo una importante inversión pública para cumplir con la prioridad política: internacionalizar y diseminar por el mundo la ideología socialista y el modelo soviético.
Como vemos, se produce una especie de democratización de la educación, en el sentido de que todos los ciudadanos tienen el derecho y la obligación de estudiar y formarse, dejando ello de ser un privilegio reservado a las capas altas de la sociedad. Si antes aprendían lenguas los ricos e intelectuales, ahora cualquier ciudadano podrá acceder a la universidad y formarse, por ejemplo, como traductor o profesor de lenguas, profesiones que hasta hoy día siguen gozando de un alto respeto social en Rusia, si bien no existe correspondencia entre su prestigio y su remuneración salarial.
La caída de la URSS, la radical y desordenada transformación de la Rusia de los años ochenta y noventa en una economía de mercado y su evolución de un país aislado y cerrado al exterior a uno completamente dependiente de un mundo globalizado son factores que influyen en que el aprendizaje de las lenguas extranjeras suba varios peldaños más hasta alcanzar su situación actual. Si antes era una prioridad gubernamental y el Estado decidía quién debía estudiar qué idioma y para qué, ahora el aprendizaje de lenguas es una motivación y necesidad individual del ciudadano para conseguir un buen puesto de trabajo o incluso para poder comunicarse en el extranjero durante los viajes de negocios, de turismo o familiares.
No es de extrañar, por ello, que desde los años noventa hayan proliferado las academias de idiomas e incluso las universidades privadas con formación en lenguas extranjeras, fenómenos completamente nuevos, que no existían ni en la URSS ni en la Rusia zarista.
Aquí encontramos una diferencia con respecto a España. En nuestro país la formación en lenguas extranjeras nunca ha sido una prioridad estatal, por lo que las academias e institutos privados de lenguas han desempeñado un importante papel de vanguardia en la enseñanza mientras que nuestras universidades, hasta no hace tanto tiempo, permanecían ancladas en una formación lingüística puramente filológica y no ofertaban cursos de lenguas para el resto de la sociedad, reduciendo su oferta a la propia comunidad universitaria. De hecho, algunas academias de idiomas han contribuido en España a la transformación metodológica de nuestras clases de idiomas. El caso ruso es, como vemos, bien distinto. Ante la inexistencia del sector privado en tiempos soviéticos, fueron las universidades el instrumento utilizado por el kremlin para la formación lingüística y, hasta hoy día, la percepción social es que, por resultados académicos y por prestigio, la universidad pública rusa supera ampliamente a las academias y universidades privadas donde se imparten cursos de lenguas. Sí que tienen buena imagen y gran prestigio, por contra, los centros culturales extranjeros, como el British Council, el Instituto Goethe o el propio Instituto Cervantes, que han ido proliferando estos últimos años por toda Rusia.
El retrato robot de una persona rusa que se interesa actualmente por el estudio de una lengua extranjera es el de alguien que tiene entre 21 y 25 años de edad, que trabaja y que tiene como incentivo crecer laboralmente en su actual o futuro trabajo. Ese suele ser, por ejemplo, el perfil de los alumnos de las academias privadas o del Instituto Cervantes de Moscú; es decir, son alumnos que ya han terminado sus estudios universitarios de grado y buscan una mayor especialización y un enriquecimiento de su formación y de su currículum profesional.