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El español en el mundo > Anuario 2009 > L.G. Pedromingo y J. Otero. Demolingüística de África subsahariana.
El español en el mundo

Perspectivas de la lengua española en África subsahariana

Leyre Gil Pedromingo y Jaime Otero Roth

3. Demolingüística de África subsahariana

Resulta atrevido reducir a unas páginas la descripción lingüística de una región formada por medio centenar de países en la que se hablan, según algunos repertorios, en torno a 2.000 lenguas23. Cada africano puede hablar varias lenguas: la de su pueblo o clan, la de los pueblos con los que convive y una o más lenguas vehiculares que sirven para comunicarse con vecinos y visitantes que hablan otras lenguas, variedades de mezcla que se extienden a lo largo de las rutas comerciales. Además de estas hablará probablemente, con grado variable de competencia, la lengua europea de colonización que en la mayoría de los casos es, además, la lengua oficial del país y la principal lengua de instrucción.

Si dejamos aparte el árabe —conocido al sur del Sáhara y en la costa oriental desde hace siglos por medio de los mercaderes y la expansión del Islam— y las lenguas de la colonización europea implantadas sobre todo a partir del siglo xix, pocas lenguas africanas se asientan sobre una gran base demográfica. La gran mayoría pertenece a pequeñas etnias formadas por unos miles de personas24. Muy pocas poseen un sistema de escritura, y muchas tan solo tienen como obra literaria alguna traducción de los libros de la Biblia, ya que a excepción del árabe y algunas lenguas etíopes los alfabetos africanos son variantes del alfabeto latino adaptado por los misioneros occidentales. El número de hablantes y la existencia de literatura escrita son factores determinantes de la vitalidad de las lenguas, junto a otros como la transmisión intergeneracional, la proporción de hablantes dentro de la población de cada país, la respuesta a nuevos medios de comunicación o las actitudes lingüísticas de instituciones y usuarios. Utilizando una metodología basada en estos y otros factores, la UNESCO ha alertado sobre el peligro de desaparición de centenares de lenguas africanas en los próximos decenios25.

La gran fragmentación lingüística ha facilitado que, con pocas excepciones, en África subsahariana fueran las lenguas coloniales las que conservaron las principales funciones públicas y el estatus de «lengua oficial» en los estados surgidos de las independencias, a partir de los años sesenta, a pesar de que como media de conjunto, solo las hablen con nivel nativo un 26,7% de la población subsahariana. Junto a ellas, buena parte de los países reconocen otras lenguas vernáculas como «nacionales» o recomiendan su uso y protección. La cuestión de dar un mayor protagonismo a las lenguas originarias de África ha sido objeto de intenso debate desde la descolonización. La Unión Africana postula el uso de las lenguas africanas, especialmente en la educación26. No han faltado los intentos de introducir las lenguas africanas en la enseñanza, al menos en la escuela primaria, con resultados desiguales. Con un trasfondo caracterizado por falta crónica de recursos, bajos niveles de escolarización y acceso minoritario a los estudios continuos, los estados surgidos de las independencias no han logrado resolver los problemas de exclusión y extrañamiento de la población que accede a la educación en una lengua vehicular que no es la suya materna ni la de uso corriente27. Por otra parte, la dificultad más notoria de introducir las lenguas precoloniales en la enseñanza tiene que ver precisamente con el elevado número de lenguas vernáculas y la imposibilidad práctica de proporcionar una educación continuada y de calidad en todas ellas. No obstante, las lenguas coloniales han conservado su estatus también en países que disponen de una lengua africana conocida por la mayoría e incluso allí donde mayores esfuerzos se han hecho para recuperar las lenguas autóctonas. Para explicar esta persistencia de las lenguas europeas, algunos estudiosos han apuntado a otros factores tales como las rivalidades existentes entre distintas etnias para las que el uso del idioma colonial como lengua vehicular puede ser preferible a la imposición de la lengua de la etnia rival, o su uso como elemento de exclusión, de forma más o menos consciente, por parte de una élite formada en un sistema educativo heredado del colonial28.

Además de su extrema diversidad, la descripción del panorama demolingüístico africano tropieza además con un conocimiento aún imperfecto de toda su complejidad y con la falta de consenso sobre una clasificación genética de las lenguas de África29. En la actualidad, se tiende a agruparlas en dos filos o macrofamilias: el afroasiático y el subsahariano. El primero ocuparía la mitad septentrional y nororiental con seis familias: la bereber, la chádica, la cusita, el desaparecido egipcio o copto, la omótica de Etiopía (que algunos consideran ajena a este filo) y la semítica, que con el árabe desborda el continente hacia Asia. El filo subsahariano podría dividirse en tres grandes subfilos: el níger-congo, para algunos una nebulosa de un millar de lenguas demasiado difusa para ser considerada una agrupación coherente, que incluiría las familias atlántico-congo y volta-congo; el nilo-sahariano, del que se han descrito entre 8 y 11 familias que agrupan cada una entre 2 y 96 lenguas diferentes; y el koisán, concentrado en torno a Sudáfrica y compuesto por una treintena de lenguas. Fuera de estas familias, hay una veintena de lenguas por clasificar, como el anlo en Togo, el bete en Nigeria o el imeragüen en Mauritania.

En el Cuerno de África encontramos lenguas de la familia cusita como el somalí, con 7 millones de hablantes en Somalia y hasta 12 millones en la región, y el galla u oromo en Etiopía, con 20 millones de locutores. Las lenguas cusitas no están estrechamente emparentadas entre ellas, por lo que la comprensión espontánea no es evidente. Tienen características gramaticales comunes con las lenguas semíticas. La lengua oficial de Etiopía, el amárico, es semítica y la hablan más de 20 millones de habitantes. El tigriño, hablado en Eritrea, es otra lengua semítica de la rama etíope muy próxima al amárico. Ambas se escriben con un alfabeto similar a la antigua escritura sudarábica. Como lenguas semíticas, comparten abundante vocabulario con el árabe, además de tener muchas palabras de origen griego por influencia de la Iglesia copta, y de origen italiano debido al pasado colonial.

La mayor familia africana es la bantú, perteneciente al filo níger-congo, que agrupa a la mitad de las lenguas de África. Originarias del interior de Nigeria, la familia bantú se subdividió sucesivamente a lo largo de los milenios extendiéndose hasta la costa atlántica y hacia el sur hasta alcanzar Sudáfrica en el siglo xvii. Entre las lenguas bantúes destaca el suajili, formada con abundantes préstamos del árabe y hablada por varios millones de personas como lengua materna en la costa sudoriental de África. Lengua oficial en Tanzania y Kenia, se usa además como lengua vehicular en Uganda y la R. D./ del Congo. Su uso como lengua franca podría comprender unos 80 millones de personas. Otras lenguas bantúes extendidas son el sucuma en Tanzania y el kikuyu en Kenia. El kirundi o rundi es inteligible con el ruanda y ambos son hablados por 15 millones de habitantes en Ruanda y Burundi, un ejemplo único en África de lengua materna hablada por la casi totalidad de la población de estos dos estados. Las variedades del luba reúnen a unos 9 millones de hablantes en la R. D. del Congo. El luganda o ganda es la lengua principal pero no mayoritaria de Uganda, con más de 4 millones de locutores. En el África austral las lenguas bantúes más extendidas son el zulú, hablado por 9 millones en Sudáfrica y Zimbabue, el soto, con 3,5 millones de locutores en Sudáfrica y Lesoto, y el tswana o chuana con otros 3 millones de hablantes en Sudáfrica y Botsuana, donde se enseña en la escuela primaria. En Malawi, el ñanya o chewa tiene unos 7 millones de hablantes. En Mozambique, el makua y el songa son los bantúes más extendidos. En Zimbabue el idioma dominante es el shona, con más de 8 millones de hablantes y enseñado en la escuela. En el África francófona pertenecen a la familia bantú el lingala, lengua vehicular hablada por 9 millones de personas en la cuenca del río Congo, y el congo o kikongo, hablado por casi 6 millones en Congo (Brazaville), Angola y la República Democrática del Congo. En Angola, el umbundu y el mbundu son las principales lenguas bantúes. Al grupo bantú pertenece el fang o fangüé, lengua mayoritaria en Guinea Ecuatorial y también extendida en los vecinos Camerún y Gabón.

En el oeste atlántico se conserva desde hace más de 5.000 años el peul o fulaní, lengua de un pueblo nómada originario del valle del Nilo. El peul cuenta al menos con unos 15 millones de hablantes repartidos por Senegal, Mauritania, Mali, Níger, Nigeria y Camerún, sobre todo en las zonas donde es posible el pastoreo, aunque esto no ha impedido que lleguen hasta las costas de Guinea Conakry. El wolof o volofo es una de las pocas lenguas africanas cuya expansión cultural es continua. Hablada por 3 millones de personas como lengua materna, es empleada por la mayoría de la población senegalesa, compuesta por diferentes etnias. Entre los grupos de lenguas del oeste africano el más coherente es el mandé, cuyo centro de gravedad se encuentra en Mali. Las lenguas más representativas de este grupo son el bambara, con unos 3 millones de locutores alrededor de Bamako; el diula o yula, lengua vehicular muy importante en esta región de África, especialmente en Burkina Faso y Costa de Marfil, donde es lengua de comerciantes; el susu, hablado por 1 millón de personas en la región de Conakry; el mandinga, hablado en el sur de Senegal y Gambia; y el soninké, hablado por una etnia de la cuenca alta del río Senegal y del oeste de Mali. En total se cuentan unos 9 millones de hablantes de lenguas mandé. Al este del grupo mandé, hacia Burkina Faso, se encuentra el grupo de lenguas voltaicas. La más importante es la lengua more, de la etnia de los mossi, grupo muy compacto de casi 4 millones de personas que viven en torno a Uagadugú, aunque muchos han emigrado a Costa de Marfil. Otra lengua voltaica importante es el senufo, localizada al norte de Costa de Marfil.

En el arco formado por el Golfo de Guinea, desde Liberia hasta el delta del Níger, se extiende una región de lenguas muy diversificadas; son en total más de 100 lenguas que no constituyen un conjunto homogéneo y que pueden subdividirse en familias distintas: las lenguas kru o krumén, situadas al suroeste de Costa de Marfil y en Liberia con 1 millón de hablantes; las lenguas kwa, nombre genérico que cubre unas 40 variedades que se extienden desde el centro de Costa de Marfil hasta Nigeria, como el ewe o ebé, lengua kwa hablada por casi 2,7 millones entre Ghana y Togo, el fon, lengua de mayor importancia al sur de Benín, y el acano o asante, con unos 8 millones de hablantes en Ghana, donde se enseña en la escuela. Al este encontramos otro grupo de lenguas entre las que el yoruba es la más importante, con una veintena de millones de hablantes, seguida del ibo o igbo con 15 millones, habladas sobre todo en el centro-sur de Nigeria. El grupo llamado bamileké está formado por lenguas de transición entre las bantúes y las del Golfo de Guinea, cuyos hablantes son comerciantes en Camerún.

En la sabana, entre el dominio bantú y el desierto y entre el oeste de Nigeria y Kenia, las corrientes de invasiones e intercambios han sido más intensas, lo que ha derivado en una intrincada diversidad lingüística. Los lingüistas distinguen en esta región las llamadas lenguas de la Meseta Central, en su mayoría numéricamente muy pequeñas y poco definidas. En la República Centroafricana se habla el sango, un criollo de influencia francesa empleado como lengua vehicular en casi todo el país. El grupo nilótico, formado por una decena de lenguas, se extiende a lo largo de la cuenca del Nilo, desde Assuán hasta Kenia. La lengua más importante de este grupo es el nubio, con unos 2 millones de hablantes. Emparentados con el nubio está el tubu, hablado en el norte del Chad, y el kanuri o bari-bari con 4 millones de locutores en la orilla occidental del lago Chad. Otra lengua emparentada con estas es el masai, en Kenia.

El hausa es una de las lenguas africanas más extendidas, con más de 25 millones de hablantes nativos al norte de Nigeria y en Níger, y hasta 60 millones más como lengua franca. Se trata de una lengua vehicular del comercio que llega hasta Costa de Marfil. Lingüísticamente aislada, está apenas emparentada con lenguas muy minoritarias en Nigeria central o al norte de Camerún, y mantiene analogías con lenguas semíticas o cusitas. Se percibe una gran influencia del árabe en el vocabulario por razones religiosas, ya que la mayoría de hablantes de hausa son musulmanes. Se escribe desde el siglo xix y en la actualidad es lengua literaria y de algunos medios de comunicación.

Teniendo en cuenta los distintos factores apuntados aquí —la diversidad y la vitalidad demográfica africana, la diglosia entre lenguas de colonización y lenguas vernáculas, la sustitución lingüística— no es sencillo pronosticar qué tendencia seguirán los complejos equilibrios demolingüísticos africanos en el futuro próximo, en buena medida porque estos dependen también de decisiones políticas difíciles de predecir. Las experiencias conocidas hasta ahora indican que, a pesar de la voluntad expresada por muchos gobiernos africanos por prestigiar las lenguas vernáculas y darles mayor protagonismo, las lenguas europeas se han mantenido como idiomas predominantes en la cosa pública (gobierno, medios de comunicación) y en la educación (al menos en la enseñanza secundaria y superior). A corto plazo, las lenguas europeas no tienen sustituto posible en los sistemas educativos reglados, por la insuficiente normalización de la mayoría de las lenguas vernáculas. Se ha señalado que las lenguas coloniales tienen el efecto de endurecer las barreras sociales por el esfuerzo suplementario que supone para la mayor parte de la población alcanzar un dominio avanzado de ellas, pero también es cierto que estas lenguas ofrecen un potencial mucho mayor de comunicación y acceso al conocimiento que puede beneficiar a sectores sociales más amplios, lo que constituye un incentivo para mantener su uso y enseñanza. Por otra parte, las lenguas europeas constituyen un vínculo que une a las antiguas colonias con la antigua metrópoli, con las demás antiguas colonias, hoy estados vecinos, y con el resto del mundo30. El escenario más probable a medio plazo será, si se mantienen las condiciones sociales y económicas, una prolongación de la diglosia entre las lenguas oficiales de origen europeo y un amplio conjunto de lenguas vernáculas entre las que se producirá a su vez un proceso de selección y sustitución, con la desaparición de muchas de ellas en favor de las más extendidas y normalizadas. Algunas de estas lenguas, en especial aquellas a las que se ha reconocido el estatus de oficialidad y si desempeñan ya la función de idioma vehicular o interétnico, podrían consolidarse en su respectivo territorio como lengua nacional o regional, sin desplazar por ello del todo a la lengua oficial europea de sus funciones educativas, administrativas y empresariales.

  • (23) Ethnologue cifra en 2.092 el número de lenguas para toda África (http://www.ethnologhe.com/) de un total mundial de 6.912. No hay consenso científico sobre el número de lenguas en África (ni en el mundo) ni sobre la consideración de las distintas variedades lingüísticas como lenguas diferentes o dialectos (http://www.acalan.org/eng/projets/atlas.php/). Ethnologue calcula que se concentra en África el 30,2% de las lenguas del mundo, frente al 32,8% en Asia, el 19% en Oceanía, el 14,5% en América y el 3,5% en Europa. volver
  • (24) Dada la imprecisión de las estadísticas en África, algunos estudiosos rechazan toda demolingüística africana como base de análisis. Con las debidas precauciones, Moreno Cabrera (2003) elabora con datos de otros autores las siguientes estadísticas: el 94,2% de las lenguas de África tiene menos de un millón de hablantes y el 41% tiene menos de 10.000 hablantes, cifra por debajo de la cual se considera que el factor demográfico tiene «un peso considerable en la supervivencia de una lengua». volver
  • (25) La UNESCO define hasta nueve «factores de vitalidad lingüística» de los que depende el riesgo de desaparición de una lengua. Véase la última edición del Atlas Interactivo de las Lenguas en Peligro en el Mundo (2009) en http://www.unesco.org/culture/ich/index.php?pg=00206. volver
  • (26) En documentos como la Carta Cultura Africana (1976), el Language Plan of Action for Africa (1987) o la Carta para el Renacimiento Cultural Africano (2006), en http://www.africa-union.org/. Algunos de los académicos más activistas en la materia, sin embargo, dudan del valor práctico de estas declaraciones: Ayo Bamgbose (2000), Language and Exclusion, The Consequences of Language Policies in Africa, reseñado por Dirk Naguschewski en Revista de Llengua i Dret, n.º 35, septiembre 2001. Un ejemplo de esta posición desde una perspectiva hispanoafricana es el libro de Justo Boleika (2001) Lenguas y poder en África. volver
  • (27) Para un resumen de la problemática de las lenguas y la educación en África, que aquí solo puede ser esbozada, véase Languages of instruction. Policy implications for Education in Africa (1997), de Association for the Development of Education in Africa, International Development Research Center. volver
  • (28) Swaan (2001) ha comparado, entre otros, los casos de Ruanda, donde la mayoría habla kirundi, pero sigue usándose el francés en los ámbitos formales; Tanzania, donde persiste el inglés aunque se habla ampliamente el suajili que no es objeto de «celos lingüísticos» por ser una lengua franca apenas asociada a un grupo étnico; y Sudáfrica, donde el estatus de oficialidad conferido a nueve idiomas indígenas en pie de igualdad con el inglés y el afrikáans no ha menguado el papel de estos —sobre todo del primero— en la vida pública. volver
  • (29) Los primeros europeos que estudiaron las lenguas africanas fueron misioneros como Sigismund W. Koelle, a quien se debe la pionera Polyglotta africana (1854). Uno de los primeros intentos de clasificación exhaustiva se debe a Joseph H. Greenberg, que publicó en 1955 Studies in African Linguistic Classification. Este breve resumen seguirá sobre todo la clasificación publicada en 1981 por el Centre National de la Recherche Scientifique (dir. Jean Perrot) según la recoge Malherbe (1995), completada con datos de Moral (2001) y Fischer (1999). Un problema no menor es la nomenclatura de las lenguas, pues a menudo la misma lengua recibe nombres diferentes. Aquí se adopta, con algunas licencias, la propuesta de Moreno (2003). volver
  • (30) Es significativa en este aspecto la pertenencia de la mayoría de los estados africanos, bien a la Organization Internationale de la Francophonie, bien a la Comunidade dos Países de Língua Portuguesa, bien a la Commonwealth. El denominador común de estas organizaciones, sobre todo de las primeras, es la comunidad lingüística, aunque sus actividades cubren una amplia gama de objetivos políticos y de cooperación. volver
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