Pedro Benítez Pérez y Álvaro Martínez-Cachero Laseca
El artículo 13 de la Constitución de 1988 dice que «A língua portuguesa é o idioma oficial da República Federativa do Brasil». Queda claro, por tanto, que el portugués es la lengua oficial y no la lengua nacional, pues a ella habría que sumar la lengua de los pueblos indígenas que habitan en el país desde antes de la llegada de los portugueses y de los inmigrantes asiáticos y europeos que se sumaron posteriormente.
Cuando los portugueses llegan a Brasil se encuentran con un conglomerado de pueblos que hablan unas 1.300 lenguas. La Iglesia católica, con su deseo evangelizador, comienza un proceso homogeneizador con la idea de hacer del portugués la única lengua de todo el territorio; sin embargo, ante las dificultades que esto representaba para su labor, utiliza en algunos momentos las lenguas de los que pretendían evangelizar, sucediéndose períodos en los que primaba el uso del portugués con otros en los que las lenguas indígenas fueron las que se usaban en las escuelas y en la catequesis. La unificación se produce en 1757, cuando el Marqués de Pombal prohíbe el uso de cualquier otra lengua que no sea el portugués. Con la unificación se pierden no solamente muchas lenguas indígenas, sino también lenguas africanas traídas por los esclavos entre 1549 y 1830, período en el que la esclavitud y la trata fueron legales. Es entonces cuando nace la idea, extendida en el tiempo, de Brasil como país monolingüe.
A lo largo de la historia, el portugués estándar y el vernáculo brasileño (la lengua materna de los brasileños) han ido tomando caminos divergentes, tanto que, hoy en día, muchos lingüistas consideran que son dos lenguas diferentes. Bagno (2001: 168-169) dice que, en la actualidad, el número de diferencias comienza a superar al de las semejanzas. Es verdad —puntualiza este investigador (2001: 172)— que las dos lenguas parecen la misma porque comparten la misma morfología y tienen un vocabulario común, aunque no siempre comparten el mismo significado a un lado y otro del Atlántico. Nos atreveríamos a puntualizar que el léxico del portugués de Brasil se ha enriquecido con términos de las lenguas indígenas y de las lenguas de los emigrantes con las que está en contacto, mientras que el léxico del portugués de Portugal se ha enriquecido por otros caminos diferentes. Pruebas claras de esas diferencias de las que hablamos las vemos en la televisión y en el cine, con programas y películas subtitulados, y en los muchos libros traducidos en un tipo de portugués u otro, dependiendo de quiénes se piensa que sean los futuros lectores.
Teniendo en cuenta estas diferencias, ha habido intentos de dar nombre a este portugués americano para diferenciarlo del europeo; se han propuesto formas como «língua brasileira», «brasileiro» o «português no/do Brasil», como prefería llamarlo Celso Cunha. Bagno (2001: 176), estudioso de las diferencias, dice que no hay la necesidad de dar otro nombre al portugués hablado en América que no sea «portugués brasileño», aunque él mismo habla de «português do Brasil» (2001: 172). Llamarlo solamente «portugués», dice, sería olvidar las muchas lenguas indígenas y africanas desaparecidas a lo largo del proceso y la lucha del pueblo brasileño para construir su nación. Por otro lado, no llamarlo «portugués», sería olvidar el proceso colonial vivido durante siglos.
Habría que distinguir la «valoración política de los hechos» y la conciencia real que se tiene de las diferencias que puede haber, así como el motivo del distanciamiento. Esto tal vez tiene su origen en la política cultural y educacional, y en la voluntad de la política poscolonialista de «tomar distancias» de la antigua metrópolis. En la política lingüística brasileña, tanto los trabajos de corpus como los de estatus refuerzan más la idea de diversificación que la de unidad y origen común.
Se calcula que, en la actualidad, existen unos 270.000 indios en Brasil. La mayoría viven en microsociedades; las más pequeñas de unas 200 personas como máximo y la mayor, los guaraníes, de unas 30.000. Este exiguo número, si lo comparamos con los aproximadamente 6/10 millones que existieron, se distribuye en unos 200 pueblos que hablan unas 180 lenguas de 35 familias diferentes (Teixeira, 1995: 296).
De todas estas lenguas, la tupí es la que está más presente en el portugués brasileño, principalmente en el léxico de la fauna, la flora y la toponimia. En un estudio de 1986 se constata que de 1.000 nombres de aves, unos 350 eran de origen tupí; y de 550 nombres de peces, 225 tenían ese mismo origen (Teixeira, 1995: 308). Hay que tener en cuenta que el tupí era muy hablado en los siglos xvi a xviii, cuando se prohíbe su uso. Palabras de este origen presentes en el portugués brasileño actual son: anu, arara, beju, cuia, jaboti, maracujá, pereba, piranha, sabiá, por poner algunos ejemplos.
La Constitución de 1988, en su artículo 231, especifica que «São reconhecidos aos índios sua organização social, línguas, crenças e tradições», lo que ha llevado a las organizaciones de apoyo a los indios a luchar para que dicha proclama constitucional sea una realidad, y se hace real al aplicar el artículo 32 de la sección III, Do Ensino Fundamental, del Ministerio da Eduação, que dice «O ensino fundamental será ministrado em língua portuguesa, assegurada às comunidades indígenas a utilização de suas línguas maternas e processos próprios de aprendizagem».
Brasil es un país de inmigrantes, hay grandes comunidades, sobre todo en el sur, de alemanes, españoles, italianos, japoneses, libaneses, polacos y ucranianos, entre otros.
La inmigración alemana está cumpliendo 185 años y la lengua, a pesar del tiempo transcurrido y de los momentos difíciles vividos durante la Segunda Guerra Mundial, se conserva como forma de habla local en regiones del sur del país.
El italiano fue prohibido en la década de los treinta, cuando Getulio Vargas declara la guerra a Italia, lo que provoca que la lengua prácticamente desaparezca como vehículo de comunicación. En la actualidad, hay unas 500.000 personas que lo hablan en la zona vinícola de Rio Grande do Sul. Los italianos han aportado muchos términos al portugués, tchau como saludo generalizado en todo el país, aquarela, banquete, dueto, maestro, mortadela, panetone, pizza, polenta, salame, serenata y solfejo.
Los japoneses llegaron a Brasil en 1908, formando comunidades cerradas como el barrio Liberdade de São Paulo, pero a partir de la tercera generación comienza el proceso de asimilación. Los matrimonios con personas de otras comunidades son frecuentes desde los años setenta. Hoy, solo el 10% de los hijos y nietos habla la lengua.
Polacos y ucranianos se asientan en el sur del país; fundamentalmente en Paraná (Curitiba es la segunda ciudad de inmigrantes polacos en el mundo) y, en menor número, en Rio Grande do Sul, Santa Catarina y São Paulo. Los mayores continúan hablando su lengua, mientras que los jóvenes suelen usar solo el portugués.
Unos 8 millones de libaneses viven en Brasil, la mayoría se concentra en São Paulo y trabaja en el comercio. La culinaria libanesa ha aportado algunos de sus platos a la gastronomía brasileña y con ellos palabras como quibe, esfiha y tabule.
Como vemos, el papel que juega la lengua en cada una de las comunidades de inmigrantes es distinto en unos casos y otros, aunque podemos hablar de una tendencia mayoritaria hacia la aculturación. Sin embargo, merece que destaquemos que mientras que la Constitución de 1988 no dice nada sobre las lenguas de estos grupos, sí se refiere a ellas, aunque no de modo explícito, la Lei de Diretrizes e Bases, del Ministerio da Educação, cuando en el artículo 5 de la sección I, da Educação Básica, recomienda «A partir da quinta série, o ensino de pelo menos uma língua estrangeira moderna, cuja escolha ficará a cargo da comunidade escolar, dentro das possibilidades da instituição», lo que hace que en muchas escuelas públicas a lo largo de país se enseñe alemán, polaco, ucraniano o cualquiera de las lenguas de esas comunidades.