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El español en el mundo

De Rueda a Mihura:
cuatrocientos años de ingenio teatral (y una coda con Usigli)

César Oliva

1. Conmemorar al teatro de ayer y de hoy

Hoy por la mañana he cumplido sesenta y dos años, y ahora, por la tarde, tengo ya sesenta y cuatro. ¡Cómo pasa el tiempo, demonio!... ¡Qué velocidad! ¡Qué vértigo!...
Miguel Mihura,
prólogo de Mis memorias

Uno de los problemas de las conmemoraciones, quizás el que más, es dar a cada una de ellas su adecuada medida. No es lo mismo recordar a un gran creador que a alguien cuya vida y obra no son lo que se dice perdurables. Pero la cuestión cobra insólitos derroteros cuando no sabemos exactamente si la fecha que se conmemora es verdadera o no. Este 2005 que ilumina una escena española un tanto en penumbra resulta el momento idóneo para recuperar el interés por Miguel Mihura, nacido en Madrid hace cien años. Como cien son los transcurridos desde que viera la luz el mexicano Rodolfo Usigli, curioso e insólito dramaturgo. Y quizás sea también la fecha señalada para recordar a otro comediante, cuyos biógrafos no han podido establecer su fecha exacta de nacimiento: Lope de Rueda. Y digo «quizás» precisamente porque lo mismo vino al mundo en 1505 que en 1510, 1515 ó 1520. Es decir, que no sabemos cuándo es su cumpleaños. El inconveniente de conmemorar su centenario hoy es ése, pero la ventaja radica en que nadie nos podrá decir que nos equivocamos de medio a medio. Unos historiadores afirman que sería en la primera década del siglo xvi; otros que en la segunda; yo mismo me atreví a situarlo en 1510 en un manual de historia del arte escénico (1990), y la verdad es que no me acuerdo de por qué lo hice. Ahora Violante (en forma de Instituto Cervantes), que me manda componer el soneto que tienen ustedes delante, me dice que por qué no situarlo en 1505. No es que haya alguna disposición oculta en ello, pero, para mí, no deja de ser una manera espléndida de enlazar su aniversario con el del autor de Tres sombreros de copa. Uno de ayer y otro de hoy, unidos ambos por el teatro... De esta forma tan espléndida es posible que podamos llegar al último terceto con alguna idea. Como no hay documento que diga lo contrario, bien podemos emparentar a un clásico y un contemporáneo de la escena española, separados por cuatros siglos, pero unidos por factores (siempre teatrales) que espero que vayan saliendo al hilo de estas páginas. Al menos, por intentarlo no va a quedar.

La primera idea que se me ocurre al trazar una línea que comienza por el batihoja sevillano (Rueda) y termina por uno de los autoresmás curiosos de la escena española (Mihura) es que ambos están metidos de lleno en una querella tan actual como antigua: la que delimita el teatro de humor del teatro cómico. Alguna vez se ha intentado separar el significado de un concepto del otro, dándole mayor importancia, diríase que intelectual, al primero que al segundo. Por eso Cervantes y Quevedo serían los primeros grandes humoristas de la literatura española. Porque no es un humor que provoque necesariamente la risa, sino que es un humor que se vincula por derecho propio con el humanismo. Se ha dicho que lo cómico se produce sólo para reír y que el humor es una superación vital, un estado de ánimo, o, en palabras del propio Mihura:

El humor es un capricho, un lujo, una pluma de perdiz que se pone uno en el sombrero; un modo de pasar el tiempo. El humor verdadero no se propone enseñar o corregir, porque no es ésta su misión. Lo único que pretende el humor es que, por un instante, nos salgamos de nosotros mismos, nos marchemos de puntillas a unos veinte metros y demos una vuelta a nuestro alrededor contemplándonos por un lado y por otro, por detrás y por delante, como ante tres espejos de una sastrería y descubramos nuevos rasgos y perfiles que no nos conocíamos. El humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer por ello que dejen de ser tal como son, porque esto es pecado y pedantería. El humorismo es lo más limpio de intenciones, el juego más inofensivo, lo mejor para pasar las tardes. Es como un sueño inverosímil que al fin se ve realizado (M. Mihura, 1998, pp. 304-305).

Pero no será aquí, y de manera tan temprana, en donde establezcamos ciertas preocupaciones que identifiquen a un autor de ayer y otro de hoy, por el capricho del destino en forma de efeméride. Comprobemos antes las señas que identifican a dramaturgos tan dispares.

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