Bartolomeu Melià
Desde la Reforma Educativa de 1993 se plantearon estrategias para la atención de la educación bilingüe. Una de ellas atendía a la necesidad de llevar el guaraní a la escuela. La propuesta fue recibida con bastante entusiasmo en sus principios. Unas quinientas escuelas adoptaron la modalidad bilingüe. La alfabetización se realizaba en guaraní y la lengua castellana era introducida gradual y progresivamente, manteniendo siempre la primera. Los resultados fueron altamente satisfactorios: mayor comunicación, mayor alegría en los alumnos, mejor y más rápido aprendizaje.
Sin embargo, los problemas surgieron desde los docentes, poco o mal preparados y a veces incluso contrarios al programa y a su espíritu.
Desde hace años esa educación formal está encomendada a equipos de educación cuya competencia puede ser seriamente puesta en duda. Por dos razones principales: por la concepción de lengua con que se trabajó y se trabaja y por la manera autoritaria de su política lingüística escolar.
Aunque parezca paradójico, un cierto fracaso de la lengua guaraní en la escuela se debe a que se ha hecho de ella una lengua escolar, encerrada en las propias paredes de la escuela, como si las necesidades lingüísticas de los alumnos se redujeran a decirse en el aula y para el aula. Hay un guaraní de escuela que no sale ni al patio de la misma escuela. Se ha creado una lengua «escolar» que ni siquiera respeta la índole de la lengua. Palabras supuestamente guaraníes, sin lengua guaraní. La lengua sin la lengua; esto es, sin cultura, sin tradición, sin memoria, y por lo tanto sin futuro. En muchos casos es escuela de contenidos pensados y expresados en castellano, aunque con palabras guaraníes. El guaraní entonces no es guaraní.
Pero con el castellano ocurre lo mismo. Para las poblaciones hablantes del guaraní no se puede partir de la falsa base de que ya son bilingües, por haber nacido en un país que «constitucionalmente» se dice bilingüe. Sin un mínimo de gramática guaraní es poco menos que imposible que se aprenda medianamente una segunda lengua. El aprendizaje de otra lengua pide una cierta percepción de que se trata de sistemas diferentes. Un gramática mínima del guaraní sería, creemos, el primer paso para el aprendizaje del castellano. A nivel escolar las dificultades de aprendizaje de la lengua española —y las famosas malas notas a que se hacen acreedores un elevado número de alumnos— ya deberían haber alertado seriamente a docentes y programas didácticos.
Los textos usados son traducciones, malas traducciones, en las cuales se ha buscado más la correspondencia de palabras que la comunicación de conjunto. Es castellano con palabras guaraníes, que tampoco lleva a entender el castellano.
La «guerra» contra el guaraní en ciertos sectores de la sociedad paraguaya se ha aprovechado interesadamente de las fallas pedagógicas con que se presenta en la escuela, y las ha exagerado como si fueran deficiencias de la misma lengua.
Es cierto que nunca como ahora se había hablado más y mejor del guaraní, sobre todo por parte de escritores e intelectuales, pero tampoco nunca como ahora, proporcionalmente, la sociedad había hablado menos y peor el guaraní. La sustitución del guaraní por el castellano no conduce a niveles de mayor comunicación y comprensión.
Tradición y creación, memoria y utopía, son las referencias del proceso educativo. La lengua, como instrumento privilegiado de comunicación, orienta y asegura como ningún otro el proceso educativo. La historia de las personas acaba siendo al fin la historia de su «palabra», de su lengua. En el Paraguay la exclusión, fraudulenta o taimada, de una de las lenguas hoy tenidas como oficiales, representa una tragedia de efectos catastróficos para el futuro de las personas y de la sociedad.