Bartolomeu Melià
La independencia del Paraguay en 1811 no mudó la situación. Con el gobierno dictatorial del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) la burguesía comercial y la oligarquía terrateniente, únicos capaces e interesados en el uso del castellano, presos, exiliados o marginados, tuvieron que callarse. Una biblioteca pública que llegó a formarse se volvió de uso particular y exclusivo del Supremo Dictador. Hubo escuelas, pero son de poco fiar las cifras de 5.000 alumnos en ellas, y ciertamente los progresos eventuales en el castellano no se hicieron palpables. El siguiente presidente, Carlos Antonio López (1841-1862), fue en realidad el iniciador de un programa de castellanización mediante publicaciones periódicas en castellano e incentivos al teatro y la literatura. A los niños se les prohibía hablar en guaraní y a quien caía en falta se le aplicaban cuatro o cinco azotes en plaza pública. Indirectamente el mismo Carlos Antonio López generalizó el «guaraní paraguayo», cuando en 1848, al decretar extintas las comunidades de los antiguos pueblos de indios, facilitó la integración de todos, si bien en menoscabo de los derechos que los indios tenían sobre sus tierras y haciendas.
En tiempos de su hijo, Francisco Solano López (1862-1870), un hecho grave irrumpió en la historia y fue la guerra de la Triple Alianza (Argentina, Brasil y Uruguay) con el Paraguay (1865-1870). Como en tiempos de las Misiones jesuíticas, la lengua guaraní se convierte en arma de defensa: «Adquiere prestigio como vehículo de secreto y reserva militares, a la vez que como distintivo o signo nacional [...]. Aparece la literatura profana en guaraní, en la prensa de guerra» (Plá-Melià, 1975, pp. 12-13). El Estado paraguayo hace ahora, cuando más lo necesita, uso formal de la lengua guaraní. El guaraní suplía con creces para ese pueblo lo que el castellano local no estaba en condiciones de asegurar.
La posguerra se caracterizó por un neocolonialismo implacable, que afectó, como suele suceder, al campo de la educación. El guaraní es ridiculizado y proscrito. El ministro de Educación, Manuel Domínguez, denunciaba en 1894 el guaraní, «como el gran enemigo del progreso cultural del Paraguay» (Cardozo, 1959, p. 82).
De esa historia del guaraní y de los pasos intentados en la castellanización de la sociedad paraguaya, aquí esbozados a grandes rasgos, encontramos en el siglo xx ecos y tendencias afines y análogas.
La cuestión que se impone es si la situación lingüística del Paraguay es un caso más en el cuadro general de la evolución de las lenguas, o si presenta una definición que la distingue en propio. Para el conocimiento de la evolución de las lenguas en contacto y para las políticas lingüísticas el cabal discernimiento de esta cuestión es de primer orden.