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El español en el mundo

Ese famoso (y dichoso) bilingüismo paraguayo

Bartolomeu Melià

3. La cuestión del español en el Paraguay

¿No desearon los conquistadores y los colonos mantener el español en el que vivían y se decía su cultura política y religiosa? ¿No pretendieron, basados en las leyes de la Corona, difundirlo y establecerlo?

Àlvar Núñez Cabeza de Vaca, al llegar a Asunción en 1542, constata con entusiasmo la castellanización incoada entre los naturales.

Grande cantidad de indios [...] todos, uno a uno, vinieron a hablar al gobernador en nuestra lengua castellana, diciendo que en buena hora fuese llegado [...] y por el camino, mostrándose grandes familiares y conversables, como si fueran naturales suyos, nacidos y criados en España (Cabeza de Vaca, 1971, pp. 120-121).

La ilusión no duró. En realidad, hubo más bien quejas de aquellos españoles que veían que «las gentes nacidas en España se van acabando en esta tierra» (1594) y que «los hijos de los nobles conquistadores corren el riesgo de adquirir las costumbres de los indios, con grave daño» (1625), siendo una de esas costumbres el hablar guaraní (cf. Melià, 1992, pp. 54-55).

La implantación del castellano en América se atuvo, como se sabe, a políticas bastante flexibles y coyunturales; éstas, si bien promovían una lengua común y general para todas las Indias a fin de facilitar la administración colonial, raramente llegaban a modos impositivos, y en algunos casos impulsaron incluso el estudio y adopción de lenguas tenidas por las generales de la región. En el Paraguay, donde no llegaron a establecerse grandes colegios ni universidades, «por ser tierra pobre que no tiene oro ni plata», no se afianzó la enseñanza del castellano ni la masa de sus hablantes fue suficiente para mantenerla y menos reproducirla. Por paradójico que parezca había más hablantes de guaraní a finales del siglo xviii, cuando la población pasaba por «española», que a finales del siglo xvi. La literatura del Paraguay en castellano fue en esos siglos escasísima, si se exceptúan informes y correspondencia administrativa oficial y las cartas y algunas crónicas de misioneros.

Habría que retener que la lengua se abre camino mediante el habla de cada día en la casa, en la calle, en la plaza y en el campo, y mucho menos a través de la escritura, aunque sea ésta la que le confiere prestigio y documenta actos de habla que se pretende fijar.

La discusión sobre la lengua tuvo una cierta relevancia desde el momento en que las Misiones jesuíticas, en las que estaba agrupado el mayor contingente de indígenas de la región, no estaban usando el castellano, lo que para ciertos españoles indicaba insoportable y peligrosa autonomía. Los jesuitas, para justificarse, recurrían a las Leyes de Indias —y podían aducir no pocas, sobre todo las del tiempo de Felipe II—, apropiadas a su práctica y de acuerdo con la innegable diversidad lingüística de España, donde gallegos, vascos y catalanes podían ser vasallos españoles, manteniendo sus lenguas. Es cierto que las políticas más centralistas y restrictivas de los Borbones se hicieron sentir poco a poco.

Las razones políticas y hasta teológicas para insistir en la enseñanza del castellano a los indios procedían del presupuesto de que «la lengua indígena más perfecta no está en condiciones de explicar con precisión y propiedad los misterios de nuestra santa fe católica», como se dijo en 1596, falacia que repetía en 1769 el arzobispo de México, quien se quejaba de que en su tiempo fuera todavía necesario servirse de intérpretes para hacerse entender.

Para los indios guaraníes del Paraguay, el gobernador de Buenos Aires, Francisco Bucareli, a la salida de los jesuitas en 1768, dejó una Instrucción en la que manda el uso del castellano para «civilizar perfectamente a estas gentes». En la nueva escuela, «no se permitirá que los muchachos hablen la lengua guaraní», programa que por otra parte se saldó en completo fracaso. El pueblo siguió con su lengua propia, y aun la Cédula de Carlos III (1769), que proponía la extinción de las diversas lenguas y «que se hable solamente el castellano», tuvo escasa repercusión en el Paraguay.

Félix de Azara (1809, II, pp. 212-213), residente en Paraguay por varios años, dirá que «es imposible redactar un catecismo en unas lenguas tan pobres y que carecen de palabras para expresar las ideas abstractas e incluso para contar más allá de tres o cuatro». Este tipo de discurso que por lo demás se prolonga hasta hoy en versión laica y tecnológica, sustenta los programas de bilingüismo o de transición hacia otra lengua, el inglés, incluso, frente al español.

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