Bartolomeu Melià
Habitual y convencionalmente se ha dado como razón del bilingüismo paraguayo el mestizaje de su sociedad. Sin embargo, si bien hubo un cierto cruce inicial que consecuentemente iba a reproducirse, no es la raza ni el cruzamiento biológico lo que produce un resultado sociolingüístico. No eran mestizos los primeros europeos que aprendieron el guaraní, ni tampoco los primeros guaraníes en aprender castellano. La sociedad mestiza no fue bilingüe, como tampoco lo fue la sociedad indígena colonizada y cristianizada. Ni siquiera gran parte de la sociedad española, cuya lengua habitual fue el guaraní. La razón, no tanto del bilingüismo, casi inexistente, sino de la permanencia y persistencia del guaraní hay que buscarla en las formas sociales de la comunicación colonial paraguaya. Hay que reconocer, sin embargo, que la referencia oficial al castellano como lengua de gobierno y de cultura, así como de comunicación con el exterior, estaba anunciando ya la diglosia que iba a determinar el panorama lingüístico del Paraguay.
Con el colonialismo se establecen, implícita o explícitamente, políticas que tienden a la sustitución de una lengua por otra. Cuando la sustitución no se da, pues la nueva sociedad que representa la colonia es poco significativa en términos demográficos y débil culturalmente, no dejan, sin embargo, de establecerse contactos, contrastes y conflictos. Las dos lenguas en cuestión entran en procesos de transformación diferenciados en el tiempo, según los lugares y los grupos sociales —diacrónica, diatópica y diastráticamente—.
Si hacia 1700 hiciéramos un corte imaginario, veríamos que en ese momento la lengua guaraní se presenta configurada en tres conjuntos: el guaraní de las ciudades y pueblos de españoles y sus «capillas» aledañas, el guaraní de las Reducciones —Misiones jesuíticas, franciscanas y pueblos de indios— y el guaraní de varias etnias que han permanecido libres en la selva y que sólo serán reconocidas a lo largo del siglo xx.
El guaraní de los españoles, mestizos e indígenas del primer conjunto, tachado ya en el siglo xviii de jerigonza y algarabía, pero que en realidad es buena lengua a pesar de sus numerosos préstamos léxicos y hasta sintácticos, constituía una variedad de lengua hablada por unas diez mil personas.
En las Misiones jesuíticas, extendidas por un territorio que actualmente pertenece a Argentina, Brasil y Paraguay, había un elevado número de hablantes exclusivos de guaraní —en 1732 alcanzaron la cifra de 141.182—. En los censos del Paraguay sólo figuraba una parte de estos indios, la correspondiente a la gobernación y obispado de Asunción, ya que el resto pertenecía a Buenos Aires. En la sociedad misionera se desarrolló un guaraní estándar, sostenido por una buena labor gramatical y lexicográfica por parte de los jesuitas, al mismo tiempo que se estaba convirtiendo en lengua política y literaria, como lo prueba un corpus considerable y bastante variado de libros impresos y de manuscritos, sobre todo entre 1700 y 1768 (véase Melià, 2003). Hay traducciones del español al guaraní —De la diferencia entre lo temporal y eterno, de Eusebio Nieremberg, Conquista espiritual, de Antonio Ruiz de Montoya, Catecismos de Ripalda, de Astete, de Pomeij—, pero también libros originales de contenido religioso, siendo notables los escritos por Nicolás Yapuguay —Sermones y Exemplos, Explicación de El Catecismo—, y un conjunto, tal vez el más llamativo, de libros de historia y para la historia, como un Diario de guerra, manuscrito de 1705, numerosas cartas de cabildos de los pueblos, en el período de la llamada guerra Guaranítica, 1753-1756, y amplia correspondencia sobre asuntos de política, de administración y hasta exposición de quejas e intereses particulares, a veces en breves billetes. La imprenta funcionó en esas Misiones de 1700 a 1727 y la casi totalidad de su producción fue en guaraní. Es cierto que en esos escritos nada hay de mitología o relatos y discursos originarios.
Simultáneamente, casi desapercibidas, libres en sus montes y selvas, habían quedado varias «naciones» de guaraníes, que sólo a mediados del siglo xx fueron contactadas más de cerca, y que en todo ese tiempo conservaron su modo de ser fundamental, sus lenguas propias, sus relatos míticos, su palabra ritualizada en cantos y danzas, en discursos e himnos inspirados. Tenidos genéricamente como monteses o Kainguá, hoy se presentan con sus propias autodenominaciones: Pãi Tavyterã, Avá Katú y Mbyá. Son clásicos los registros de textos que hicieron Curt Unkel Nimuendajú en Die Sagen... der Apapokúva-Guaraní (Las leyendas de la creación y destrucción de mundo..., Berlín, 1914) y León Cadogan en Ayvú Rapytá (El fundamento de la palabra; textos míticos de los Mbyá Guaraní del Guairá, 1959, 1992), una labor que con mayor o menor fortuna han continuado los antropólogos y los mismos indígenas. La palabra de los Avá Katú queda consignada en una buena serie de publicaciones del Programa Kuatiañe’ë (2000-2004), y la de los Pãi-Kaiowá en Nhande rembypy; nossas origens, compilado por Wilson G. García (2003). Hay que advertir, sin embargo, que mitologías y lenguas no se salvan por estar escritas, sino mientras son todavía palabra viva.