Bartolomeu Melià
Ya a mitad del siglo xviii llamaba la atención la situación lingüística del Paraguay. Después de dos largos siglos de colonización española, la lengua propia de la Provincia del Paraguay era —todavía— la lengua guaraní. Uno diría que la lengua española del Paraguay era el guaraní; era ciertamente la lengua de la casi totalidad de la población criolla o mestiza, que no dudaba en decirse y tenerse por española, y era también la lengua de la población indígena guaraní que estaba en las Reducciones o Pueblos de Misiones, regidos por jesuitas, franciscanos o por el clero secular.
No tenemos un censo lingüístico del tiempo colonial; y no se sentía necesidad de recabarlo, ya que se tenía por cosa sabida que todos hablaban la lengua guaraní, si bien no faltaban algunos que hablasen castellano: españoles peninsulares, por ejemplo, recién llegados, más por razón de oficio y funciones temporales que como migrantes. Cronistas y viajeros de la vida colonial paraguaya han repetido hasta la saciedad esa peculiaridad. De hecho, antes de terminar el primer siglo de colonización, la producción literaria en lengua castellana va reduciéndose a la documentación administrativa civil y eclesiástica, incluida la significativa y bastante voluminosa correspondencia de misioneros jesuitas, de indudable valor histórico y etnológico. Todos esos escritos, sin embargo, no estaban dirigidos a lectores de dentro, sino de fuera, y por ello ni siquiera estaban siempre en lengua castellana, siendo de uso el latín, el alemán, el italiano o el francés conforme los destinatarios.
Pero desde el principio de la conquista y colonia, de cuyo inicio se suele dar la fecha de 15 de agosto de 1537, cuando se funda la casa fuerte de Asunción, la historia lingüística del guaraní comienza a bifurcarse en dos ramas, ambas coloniales, que han marcado su desarrollo hasta el día de hoy. Está el guaraní paraguayo o español y el guaraní indígena, que a su vez contiene otras ramificaciones.
En el Paraguay colonial español el castellano era apenas hablado, y mucho menos escrito. Pero el guaraní, según este autor, estaba corrompido. En una página escrita sin duda con espíritu irónico y no poca sorna, el padre José Cardiel expone la situación hacia 1758:
El lenguaje o jerigonza que a los principios sabían no es otra cosa que un agregado de solecismos y barbarismos de la lengua guaraní y castellano, como se usa en toda la gobernación del Paraguay y en la jurisdicción de las Corrientes. En una y otra ciudad, los más saben castellano, pero en las villas y en todas las poblaciones del campo, chacras y estancias no se habla ni se sabe por lo común, especialmente entre las mujeres, más que esta lengua tan corrupta [...] me fue necesario aprender esta tan adulterada lengua para darme a entender, porque la propia guaraní no la entendían, y menos el castellano; y así les predicaba en su desconcertado lenguaje. Y para que se vea lo que voy diciendo, pondré un ejemplo, esta oración: «Ea, pues, cumplid los mandamientos de la ley de Dios, porque si no los cumplís, os condenaréis al infierno», se dice en la propia lengua guaraní: «Eneique pemboaie Tupa ñande quaita, pemboaie eÿramo, nia añaretame iquaipyramo peicomburune», etc. Y, ¿cómo dicen los españoles del Paraguay y Corrientes? «Neipe cumpli que los mandamientos de la ley de Dios, porque pecumplí ei ramo, peñe condenane a los infiernos». Lo mismo que si en latín dijeran: «Eia ergo, cumplite los mandamientos de la ley de Dios, porque si non cumpliveritis, vos condemnaveritis a los infiernos». ¿Quién sino el que sabe una y otra lengua castellana y latina, podrá entender esta algarabía? (Cardiel, 1900, pp. 392-393).
De manera más precisa y sintética el mismo Cardiel, en 1747, ya había caracterizado la situación sociolingüística:
En la jurisdicción del Paraguay, en que hay unos 20.000 habitantes de sangre española, no se usa comúnmente otra lengua que ésta [el guaraní], aunque mal, con muchos solecismos y barbarismos. De las mujeres pocas hay que sepan el castellano y de los varones lo saben muy mal; y esto poco que saben es porque en las escuelas [...] les obligan a puros azotes [...]. En los pueblos de indios, que son diez, a cargo de clérigos y religiosos de San Francisco no se habla otra lengua que ésta [la guaraní] [...] y el encomendero y su familia suelen olvidar la lengua castellana para hablar la del indio (Cardiel, 1747 [1953], p. 224).
Y adelantándose a lo que después ha sido definido como diglosia, apunta a uno de sus rasgos particulares: lengua no escrita ni literaria, no formal ni oficial, pero general, usual y coloquial.
Los colonos paraguayos «nunca escriben cosa alguna en la lengua del indio, aun los que saben escribir, como ni nunca rezan en ella, sino en castellano»(Cardiel, 1900, p. 389).
Para caracterizar sus peculiares y curiosas formas el jesuita Martín Dobrizhoffer habla de una «tercera lengua» en el Paraguay, concepto que hoy está todavía en discusión.
Todo el vulgo, aun las mujeres de rango, niños y niñas, hablan guaraní como su lengua natal, aunque los más hablen bastante bien el español. A decir verdad, mezclan ambas lenguas y no entienden bien ninguna. Pues después que los primeros Españoles se apoderaron de esta provincia, que antes estaba habitada por los Carios o Guaraníes, tomaron en matrimonio las hijas de los habitantes por falta de niñas españolas y por el trato diario los maridos aprendieron el idioma de las esposas y viceversa, las esposas la de los maridos, pero, como suele ocurrir generalmente cuando aun en la vejez se aprende idiomas, los españoles corrompían miserablemente la lengua india y las indias la española. Así nació una tercera o sea la que usan hoy en día (Dobrizhoffer, 1784 [1967], I, pp. 149-150).
Contrariamente a la explicación habitual de que el bilingüismo en el Paraguay se debe al mestizaje, Dobrizhoffer habla de una especie de «tercera lengua», porque se ha formado una «tercera sociedad». Si se tiene en cuenta que uno de los criterios que distinguen una lengua de otra es su ininteligibilidad recíproca, no habría objeción en decir que efectivamente se estaba formando un nuevo modo de hablar que ya no aseguraba la mutua inteligibilidad entre la sociedad colonial y las sociedades indígenas también de lengua guaraní, si bien las estructuras gramaticales seguían siendo comunes.
La situación que describía el padre José Manuel Peramàs, en 1793, se prolonga hasta hoy, si no en Asunción, la capital, en ciudades, pueblos y en toda el área rural.
La lengua guaraní es de uso común entre los españoles de la ciudad de Corrientes y los habitantes de las colonias españolas de Villarrica y Curuguaty. Es más; en la misma ciudad de Asunción (sede del gobernador y ciudad principal de toda la provincia), el padre Roque Rivas, muerto en Faenza el año 1790, explicaba los misterios de la religión y los deberes morales en guaraní, desde el púlpito, con gran aplauso y provecho de los ciudadanos, quienes, aunque sabían hablar español, preferían que se les hablara en su lengua guaraní, a la que estaban acostumbrados desde pequeños y en la que conversaban entre sí en el campo y en la casa (Peramàs, 1793 [2004], p. 78).
En vísperas de la independencia del Paraguay, Félix de Azara ensaya una explicación algo nueva del fenómeno.
La diferencia en el origen de los españoles [...] ha producido otra en los idiomas de los gobiernos de Buenos Aires y Paraguay, porque en aquél sólo se habla castellano, y en éste sólo el guaraní, sucediendo esto mismo en la ciudad de Corrientes por su inmediación al Paraguay: sólo los más cultos entienden y hablan el español. Esto tiene una excepción en la villa paraguaya de Caruguati [sic], donde los varones hablan siempre entre sí español y con las mujeres siempre el guaraní (Azara, 1847, p. 298; Plá-Melià, 1975, p. 60).
Cuantos viajeros pasaron por el Paraguay en el siglo xix, que dicho sea de paso no fueron muchos dado el férreo aislamiento en que era mantenido el país por el Dictador Supremo, José Gaspar Rodríguez de Francia, anotan maravillados la peculiar condición lingüística de que una nación que ya no es indígena —ni quiere serlo— hable la lengua guaraní (véase Melià, 1992, pp. 157-170). Esta singularidad todavía distingue al Paraguay.
Dos referencias estadísticas son ilustrativas. Según el primer censo mandado hacer por el obispo Faustino de Casas, en 1682, los 38.666 habitantes de la provincia se repartían como se describe en la tabla 1.
Como se ve en esta tabla, la población que socialmente se consideraba «española» —incluyendo europeos, criollos y mestizos— estaba apenas en la proporción de 1 a 4 (ibid., p. 50).
El Paraguay continuó siendo indígena en cuanto a población, pero la ideología de asimilación al español se hacía sentir cada vez con más fuerza, sobre todo en la ciudad de Asunción y en los pocos pueblos de españoles.
Para fines del siglo xviii y comienzos del siglo xix el proceso de mestizaje había avanzado mucho y entre el 55 y el 60% de la población tenía status de española [...] había logrado asimilarse a esa condición (Velázquez, 1981, p. 57).
A manera de síntesis del movimiento general de la población entre 1682 y 1848 se puede aceptar el cuadro que ofrece Juan C. Garavaglia (1983, p. 201), recogido en la tabla 2.
En 1768 había ocurrido el extrañamiento de los jesuitas del Paraguay, y ello explica que las comunidades indígenas de las antiguas misiones guaraníes, así como las de los franciscanos, extintas en 1824, quedaran desintegradas y fueran supuestamente asimiladas al campesinado y peonaje pobre. Por motivos políticos y sociológicos, que afectan a su cultura, la población se define poco a poco como no-indígena, prescindiendo de sus componentes raciales (véase Garavaglia, 1983, pp. 204-211).
Hablar la lengua guaraní no impedía que entraran en el estatus de paraguayos los indígenas de las antiguas comunidades, aunque no pudieron evitar el encontrarse en condición de mayor pobreza, desposeídos de sus territorios comunitarios y sometidos al peonaje. Hacerse el mestizo, y por tanto, español, no era tan difícil en ese Paraguay. La sociedad colonial paraguaya no necesitaba crear sus «indios» para mantener distinciones y posesiones, como ocurrió en los países andinos; pero aumentará la clase de «pobres» y «plebeyos» sometidos a los «nobles» y «pudientes» (Garavaglia, 1983, p. 210). Se instaura así un campesinado políticamente «paraguayo», lingüísticamente guaraní, que mantiene la unidad de comunicación entre clases sociales y una identidad cultural y modo de ser propios. Lo que sucederá después se verá a través de otros análisis.