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El español en el mundo

Pluralidad del español en los Estados Unidos de América

Francisco Marcos Marín

12. La amenaza hispánica

«El flujo persistente de inmigrantes hispanos amenaza con dividir los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. Frente a otros grupos de inmigrantes del pasado, los mejicanos y otros latinos no se han asimilado a la cultura norteamericana dominante, y han creado, en cambio, sus propios enclaves políticos y lingüísticos —desde Los Ángeles a Miami— rechazando los valores anglo-protestantes sobre los que se construye el sueño americano.»

Es el comienzo del artículo de Samuel P. Huntington, «El reto hispano». Ni que decir tiene que provocó duras reacciones en Estados Unidos, dentro y fuera de la comunidad hispana, y en España. Sin embargo, podría perfectamente dársele esta otra lectura: «El flujo persistente de inmigrantes magrebíes amenaza con dividir España en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. Frente a otros grupos de inmigrantes, los marroquíes y otros árabes no se han asimilado a la cultura española dominante». Es cierto que todavía no hay enclaves políticos y lingüísticos magrebíes en España (sí los hay alemanes o británicos en la costa mediterránea, con alcaldes de esas nacionalidades, pero no se ven como una amenaza). Es cierto también que, en medio, se ha producido la barbarie del 11-M, con sus secuelas; pero ningún análisis serio permite concluir que la población musulmana de España esté a favor del terrorismo. Puede que no haya habido tampoco un cambio en la actitud de los españoles, lo que hay, para cualquier observador, es un cambio en la expresión de sentimientos que ya estaban allí y que ahora encuentran algún tipo de justificación, sin entrar de momento en su falsedad.

Quizás parezca que no hay tantas diferencias entre un hispano y un anglo en los EUA como las que existen entre un magrebí y un español; pero sí las hay para Huntington y para quienes piensan, como él, que «América [o sea, los EUA] fue creada por colonizadores de los siglos xvii y xviii que eran predominantemente blancos, británicos y protestantes. Sus valores, instituciones y cultura constituyeron los cimientos y dieron forma al desarrollo de los Estados Unidos en los siglos siguientes. Definieron América [o sea, los EUA] en términos de raza, etnicidad, cultura y religión. Luego, en el siglo xviii, tuvieron también que definir América [o sea, los EUA] ideológicamente para justificar la independencia de su madre patria, que era también blanca, británica y protestante». No hay que excluir que mucha de la indignación que provoca el artículo es porque a los lectores hispanos no les gusta que se ponga en duda su pertenencia a la raza blanca. Es innecesario entrar en la discusión de que doscientos años antes ya había una América «europea», porque sólo se conseguiría cambiar de coordenadas, el problema seguiría siendo el mismo: un grupo por un lado y otro grupo por otro, los dos se ven en peligro y el peligro es el mismo, la absorción por el otro y la pérdida de su identidad. Es curioso, porque bastaría con ir mil años atrás y se vería claramente que ninguna de las identidades en pugna existían o, lo que es lo mismo, que esas dos identidades modernas son el resultado de procesos de integración y asimilación (la conjunción copulativa tiene importancia) producidos a lo largo de los últimos diez o menos siglos.

Lo que se quiere decir es, sencillamente, que las lenguas y las otras instituciones humanas mudan. Es una verdad tan evidente como poco tenida en cuenta, porque ataca a la conciencia de grupo, que racismo y nacionalismo expresan en su grado máximo. Es tan dudoso que George Washington se sintiera identificado con George Bush, si bien ambos comparten posición y destino, como que Andrés Bello se sintiera identificado, con perdón, con Fidel Castro. No digamos si hubiera que identificar a Rodrigo Díaz de Vivar con Pancho Ramírez o Emiliano Zapata, en términos profundos. La lengua del Beowulf es ininteligible para cualquier anglohablante que no la haya estudiado y ningún hispano aceptaría hoy la Inquisición o los autos de fe. La idea de Cruzada, por ejemplo, que hace ochocientos años podía unir a los dos pueblos, no despierta ningún eco en ninguno de ellos hoy.

Por otra parte, las sociedades cambian porque quienes las componen piensan y actúan de otra manera, según sus necesidades. En los Estados Unidos de principios del siglo xx hacía falta mano de obra para las comunicaciones, sobre todo los ferrocarriles, y para la agricultura. Se envió personal a México para reclutar a esos trabajadores. Cuando, en los años cuarenta, el desarrollo de la agricultura estacional requirió la presencia de braceros mexicanos se puso en pie el proyecto llamado precisamente Bracero, que se ocupaba de una inmigración mexicana organizada. La actitud hacia estos trabajadores era muy diversa de la actual. Entre Ciudad Juárez y El Paso se tiende el puente de Santa Fe, símbolo hoy de separación, pero entonces, en cambio, punto de ingreso en los EUA de obreros mexicanos a los que esperaban atractivas ofertas de trabajo. Los norteamericanos, por supuesto, no trataban de pagar ninguna supuesta deuda histórica de la anexión de buena parte del territorio de la Nueva España, un siglo antes, tenían trabajo y necesitaban mano de obra. Los mexicanos necesitaban trabajo y dinero, no iban de reconquista. Las gentes se habían reajustado naturalmente, sin necesidad de que nadie les reinventara una historia que nunca ocurrió y que, por tanto, no podía tener errores, fuera de la inanidad, por supuesto.

Esos supuestos argumentos históricos requieren muchas veces su poquito de sal. Los norteamericanos se incorporaron más de la mitad de los territorios que seguían siendo mexicanos de la Nueva España el 2 de febrero de 1848 por el tratado firmado en la localidad de Guadalupe Hidalgo, hoy parte de la delegación Gustavo A. Madero, en la ciudad de México, ratificado por el Senado norteamericano el 10 de marzo de 1848 y por el Congreso de México el 25 de mayo. Incluso tras ese acuerdo, la frontera seguía mal definida al sur de Arizona y Nuevo México. En la ribera occidental, mexicana, del Río Grande quedaba La Mesilla, en la oriental, por tanto en territorio norteamericano, Las Cruces y Doña Ana. Cuando llegaron los colonos americanos, los mexicanos cruzaron el río y se fueron a México. Así se creó la población de Chamberino, como un refugio para los nuevo-mexicanos. El gobierno de México aprobó en 1853 una concesión de tierra para el establecimiento de la colonia civil de La Mesilla, pero el presidente norteamericano Franklin Pierce, en busca de la mejor ruta sur para el ferrocarril, optó por comprar la colonia, unas treinta mil millas cuadradas incorporadas finalmente el 16 de noviembre de 1854 tras su compra por diez millones de dólares, realizada por el embajador James Gadsden en 1853, operación que, por cierto, estuvo a punto de no ser aprobada por el Senado de los Estados Unidos en la votación de 1854. La mayoría de estas tierras habían pertenecido al México independiente sólo veintiocho años y muchos de ellos de manera sólo oficial. Poco tiempo más habían sido mexicanos los territorios de La Mesilla. Habían sido parte de los reinos de España (recuérdese que no fueron colonias) durante los trescientos años anteriores a la independencia y muchos de los descendientes de esos habitantes de entonces se consideran descendientes de españoles, con lo que, a su vez, reconstruyen y mitifican, desviviéndose, su propia historia, porque, evidentemente, la independencia de México es una realidad histórica, que ningún voluntarismo puede suprimir. No hay ninguna España a la que puedan adscribirse los neomexicanos que se ven como españoles y que sólo lo son diacrónicamente, porque su sincronía es sencillamente estadounidense.

De paso, y por lo que importa para la construcción de los Estados Unidos y sus necesidades demográficas, conviene recordar que desde entonces el río llamado Grande o Bravo en una u otra orilla, marca la frontera tejana y que México perdió más de la mitad del antiguo territorio de la Nueva España, unos dos millones trescientos mil kilómetros cuadrados, el equivalente de la superficie conjunta de Portugal, España, Francia, el Reino Unido, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Hungría, Suiza, Croacia e Italia. Se reparten hoy entre los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Tejas, y parte de Colorado y Wyoming. Ni que decir tiene que esperar su reconquista mexicana es, para la mayoría de los habitantes de esos estados, como mínimo, un sueño, en el peor de los casos una pesadilla.

El cambio en el origen de la población inmigrante, según Huntington, ha tenido consecuencias determinantes sobre la población escolar y sus resultados. Se pone en inmediata correspondencia la tabla demográfica con la de la persistencia en la escuela de la población de estudiantes, hasta su graduación o estudios posteriores, con un resultado ciertamente pobre, como se aprecia; pero que no todos los analistas vinculan a la misma relación causa-efecto que el profesor de Harvard. El origen de los inmigrantes en los EUA es actualmente menos homogéneo, los mexicanos son uno de los factores de heterogeneidad, pero no sólo ellos, todo el esquema es muy diverso, porque los países de origen de inmigrantes de la primera parte del gráfico 3Fuente: Campbell J. Gibson y Emily Lennon, «Historical Census Statistics on the Foreign-Born Population of the United States 1850-1990» (Population Division Working Paper, n.º 29, U. S. Census Bureau, febrero de 1999); y «Profile of the Foreign-Born Population in the United States: 2000» (Current Population Reports, U. S. Census Bureau, Washington, 2001, pp. 23-206). han desaparecido de la segunda. Si aparecieran todos los países en las dos tablas, se percibiría mejor esa variación. Con ello no se niega que el incremento de la población mexicana inmigrante es claramente muy superior al de otros orígenes, se insiste en que el cambio afecta a todos los grupos humanos.

Nótese que la discusión se centra en los hispanos, a pesar de las diferencias culturales mucho mayores con indios, filipinos y chinos. Por cierto, éstas no impiden los magníficos resultados en la escuela de indios y chinos. Búsquense, en consecuencia, los resultados escolares, en la tabla 6.

En 2000 el 86,6% de los nacidos en América se graduó en la High School. De los no nativos, los africanos alcanzaron el 94,9%, los asiáticos el 83,8%, los latinoamericanos en general el 49,6% y los mexicanos el 33,8%. Parece que los latinos, en conjunto, tienen menor interés o menores posibilidades de terminar su educación pre universitaria. Aunque Huntington no lo hace, posiblemente ni se le ocurre, hay que relacionar este resultado con una muy posible valoración menor de la escuela como medio para conseguir el éxito y no sólo como una consecuencia del más reducido mundo en el que se mueven los hispanos en los EUA. Es posible que haya una valoración del dinero por el trabajo inmediato y también una mayor tensión por las remesas de dólares que salen hacia México, para mantener a las familias allá. En lo que concierne a la educación universitaria, la brecha es mucho mayor, particularmente, además, en estados como Tejas, en los que el porcentaje de hispanos es muy grande y su relativa ausencia de la universidad más llamativa. Con todo, hay detalles que no se dicen y deben tomarse en serio también: Mario Molina, de origen mexicano, profesor en el MIT, ganó el Premio Nobel de Química en 1995. Es uno de los dos hispanohablantes nativos que lo ha conseguido. El otro, el argentino Luis Federico Leloir, que lo logró en 1970, aunque también trabajó una temporada en los Estados Unidos, había regresado mucho antes a su país natal.

Directamente relacionado con la escuela está el problema lingüístico, que muestra un aspecto fundamental, el de la actitud, tanto de la población que llega como de la que recibe. Huntington se queja de que los Estados Unidos sean cada vez más bilingües y de que esa actitud de mantenimiento de la lengua por los hispanos contraste con la asimilación lingüística de otros grupos. Para empezar, esa asimilación es relativa: las comunidades chinas mantienen muchos de sus aspectos lingüístico-culturales cerrados y exclusivos; pero ése no es el punto. Lo fundamental es que la mayoría del mundo es plurilingüe, del mismo modo que no es blanca-caucásica. La contigüidad con México y la permeabilidad de los contactos (como la proximidad a Cuba) es lo que hace que los hispanohablantes mantengan una permanente sensación de lengua viva, un recurso continuo de regreso a las fuentes de la lengua. No ocurría del mismo modo en generaciones anteriores simplemente porque las comunicaciones eran mucho peores. Hay radio y televisión en español en toda la nación, hablar por teléfono con México está al alcance diario de la mayoría de los méxico-americanos y el español tiene una cultura oral. Desgraciadamente, no importa tanto que la proporción de periódicos o de libros en español no vaya en consonancia, porque el interés por los libros corre parejo al interés por la escuela. Se lee menos y se va menos a la escuela, en comparación con los anglos e incluso con otros grupos de inmigrantes.

Situada en el exacto contexto de la inmigración, la acusación de que los inmigrantes hispanos no tienen interés por aprender el inglés es directamente falsa. Hay un matiz, sin embargo, que afecta a la valoración de la educación bilingüe. Si se compara con el total de los inmigrantes, de los que un 32% es partidario de que algunas clases de la escuela pública se den en las lenguas maternas de los alumnos, el 45% de los mexicanos partidario de esa fórmula representa un fuerte incremento. Casi el 90% de los inmigrantes, en general, está convencido de que el inglés es imprescindible para tener un buen trabajo y más del 65% considera que es natural que los inmigrantes aprendan inglés. Pero, frente al 37% de los inmigrantes que afirman tener un buen conocimiento del inglés a su llegada a los EUA, sólo un 7% de los mexicanos declaran tener ese nivel.

La difícil pregunta, por tanto, es si debe preferirse la educación bilingüe o la inmersión lingüística. La percepción de los inmigrantes (un 35% no se atreve a opinar en este punto) es que la escuela norteamericana hace bien su papel de enseñar inglés a sus hijos (un 37%), pero hay un 27% menos satisfecho, que es un porcentaje alto. Hay dos datos interesantes: el primero es que la educación bilingüe no impide lograr un adecuado conocimiento del inglés. El segundo es algo más complejo y concierne a la inmersión. Si se combinan los resultados escolares y el conocimiento lingüístico, parece que gana terreno entre los educadores el rechazo a la inmersión sin paliativos, mientras que se favorece una inmersión controlada o protegida, es decir, una educación lingüística que conserve un tiempo la realidad del bilingüismo y desarrolle una transición. No es exactamente el modelo canadiense, pero se acerca o, incluso, puede tender hacia él. No se olvide, para acabar de comprender la situación, que la financiación de las escuelas es municipal en los EUA, con diversas ayudas compensatorias, generalmente en función de ciertos programas de interés para el Estado o el Gobierno Federal; es muy diferente del esquema español, por tanto, y está más sujeta a las presiones de las comunidades, conscientes de su papel financiador.

La única arma capaz de hacer frente a los enfrentamientos es el ejercicio de la libertad dentro de la ley, es decir, el respeto al ordenamiento jurídico. La diversidad es un rasgo del mundo de hoy que, por ello mismo, requiere tolerancia. La combinación de libertad, tolerancia y norma exige una educación, cuyo camino pasa por la escuela. La adquisición de una visión del mundo pasa por la lengua, cuya normalización lleva a la escuela de nuevo. Una sociedad libre exige un fuerte sistema educativo, en el que se compense la creatividad, libre, con la autoridad, con el canon. El modo de integrar a los hispanos en los EUA pasa por despertar en ellos el convencimiento de que finalizar los grados escolares es una ventaja en la propia vida y devuelve réditos. Una población poco o mal escolarizada no logra el éxito social. Puede que una imagen final, relacionada con cómo el inmigrante mide el éxito, lo muestre de modo más perceptible (véase la tabla 7).

La propiedad de una casa (a diferencia de la de un auto) es un indicio de integración. El auto se compra para que lo vean los del origen, para la foto, es el símbolo del estatus y del triunfo para quienes quedaron del otro lado. La casa, por el contrario, es de uno, tiene una representación local, en los valores de la comunidad de residencia, ata a un lugar, a un modelo social, a un sistema de comportamiento y de relaciones sociales. El cuadro puede tener otra lectura: con rentas más bajas, hay un porcentaje relativamente grande de compra de casas. A su vez, estas condiciones de acceso a la vivienda motivan el acercamiento y la comunicación continua entre los méxico-americanos, que, ahora con sus casas en propiedad, pero baratas, siguen viviendo juntos, agrupándose en la defensa de su nuevo estatus. Como la escuela depende del barrio, por los criterios de proximidad y transporte, tendrá mayor población infantil y juvenil mexicana, con lo que la segunda generación seguirá en un mundo con fuerte presencia del español, dominante en muchas ocasiones. Ese tipo de escuelas, salvo excepciones, pierde recursos en relación con las de distritos más prósperos. Ciudades como San Antonio, en Tejas, tienen diferencias evidentes entre escuelas del nordeste y del suroeste de la ciudad, en el origen de los alumnos, en la dotación y en las actividades. También influye en la movilidad de los maestros, que, en general, se van de los lugares donde tienen mayores dificultades, menores incentivos, menos respuesta de los padres y peores ambientes de trabajo.

Es imprescindible conocer y comprender la complejidad de las situaciones y de los límites, para poder ayudar en el desarrollo de los inmigrantes, cuya persistencia en la marginación (ahí están los turcos de Alemania) crea graves tensiones sociales, hasta el enfrentamiento. Las palabras determinantes para salir de estos círculos viciosos son la educación y la cultura, y sólo recobrarán su sentido pleno si se devuelve el prestigio a la escuela.

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