Francisco Marcos Marín
La elección de la grafía inglesa en vez de la más hispanizada «espanglish» es deliberada. Quiere resaltar desde el principio que el spanglish es un problema del inglés y no del español, aunque éste se halle en sus cimientos. El autor hizo ya esta observación en 2001, en el marco del Instituto Cervantes, y ha sido seguida y apoyada por los principales organismos normativos del español y, de manera especialmente honrosa para el proponente, por el profesor Humberto López Morales.
El español de los Estados Unidos tiene problemas reales y problemas ficticios. Sería presuntuoso pretender en este espacio algo más que una rápida enumeración de alguno de ellos, que tampoco puede obviarse. Está por determinar cuál será la capital cultural de América Latina. Miami, con todos sus esfuerzos, sigue disputando esa plaza a la brasileña San Pablo, lo que obliga a percibir sin duda que las dos grandes fronteras geolingüísticas del español, en América, la del inglés y la del portugués, están más entrelazadas de lo que se aprecia a primera vista. Por ello tampoco es extraño que se planteen dos cuestiones similares, el spanglish y el portuñol, a los que corresponde el concepto de hablas de frontera. Siempre que dos lenguas están en contacto se producen fenómenos de lo que, científicamente, se conoce como lenguas francas, un término que ha pasado a significar también, mal empleado, lenguas comunes, generales o internacionales. Una lingua franca, propiamente dicha, no es más que una mezcla simplificada de lenguas que sirve para la intercomprensión, generalmente en dominios limitados, vinculados a intercambios primarios. Precisamente de business deriva el término inglés pidgin. Spanglish y portuñol son lenguas francas, que sirven para que hablantes que no manejan bien el inglés o el portugués usen una fórmula simplificada, con un fuerte componente español, en los Estados Unidos o en el Brasil (limitándose a América, porque también hay un portuñol en Portugal). Son hablas de ida, no de vuelta, y tampoco son situaciones totalmente simétricas.
Quien habla spanglish lo que quiere es hablar inglés, se ha decidido ya por una evolución hacia el inglés y trata de abandonar el español para expresarse en una nueva lengua que todavía no domina. No intenta conservar las estructuras lingüísticas del español, sino ir sustituyéndolas por las inglesas, empezando por la más simple, el inventario léxico. Confundir los préstamos del inglés o las interferencias con el spanglish es un error. Lo que caracteriza a esta lingua franca es su inequívoca condición de transición hacia el inglés. También parece baldío el esfuerzo dedicado a recuperar para el español a quien ya se sitúa en el terreno de la transición que supone el spanglish. Éste y sus hablantes no son problemas del español, sino del inglés de los Estados Unidos, su incidencia será sobre éste. Si la lengua futura de los Estados Unidos fuera el spanglish, la lengua sustituida no sería el español, sino el inglés. (Dígase rápidamente que este hipotético caso parece muy poco probable y menos deseable; pero en lingüística histórica lo más extraño es posible.)
Spanglish es, en general, para la mayoría de la población, más un modo de vida que un comportamiento lingüístico, aunque, en el mundo del español, haya predominado este aspecto. Cualquiera que haya disfrutado con la película de ese título de James L. Brooks (2004) sabe que lo definido (también en lo que concierne a la lucha lingüística de la protagonista) no es la lengua, sino un modelo cultural, espléndidamente expresado en la escena de Adam Sandler (John), Paz Vega (Flor) y Shelbie Bruce (Cristina) como intérprete de las palabras de ambos, que acaba con el comentario «culpa, guilt, yes, we know, we are Catholics» (http://www.sonypictures.com/movies/spanglish/).
Los justificadores de que hay una entidad llamada spanglish acuden al recurso de incluir en él un conjunto de entidades perfectamente bien delimitadas de otra manera:
No hay un spanglish, sino múltiples manifestaciones de interferencias dialectales del español con el inglés. Ni existe un spanglish general, ni tampoco dialectos: no puede hablarse de un spanglish puertorriqueño o uno cubano o uno mexicano, son individuales, sujetos a modas u oscilaciones. Un individuo, en un momento determinado, a falta de una palabra, o por juego, con frecuencia, introduce una palabra de la otra lengua. Así tomó el inglés del suroeste muchos términos del español, como rodeo, patio, fiesta.