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El español en el mundo

Pluralidad del español en los Estados Unidos de América

Francisco Marcos Marín

7. Algunas reflexiones sobre la norma hispánica en los EUA

Mucha gente se sorprende cuando se le dice que habla un dialecto, algunos se ofenden (el ser humano medio no se distingue por su sentido del humor ni por su curiosidad científica). Sin embargo, es una verdad irrefutable, es una tautología, porque cada uno habla su dialecto personal, su idiolecto, su propio medio de expresión, nadie puede hablar una lengua, porque la lengua en sí es un concepto abstracto, un sistema, no una realidad concreta, lo concreto son las hablas de los individuos. Además, se habla de modo distinto según la edad, la educación, la región, la situación de comunicación, incluso el sexo (en algunos lugares hombres y mujeres hablan idiomas distintos, en otros, como el Caribe, los hablaron y en muchas lenguas, como en el tai de Indochina, hay usos propios de las mujeres, distintos de los hombres, que se pueden ejemplificar, en ese caso, con la diferente partícula final de la interrogación). La variación es connatural a las lenguas. Lo que se entiende por hablar bien una lengua no depende de un lugar, sino de una educación, depende también de una norma, y en este sentido la escuela es fundamental, pero no es la única ni, a veces, la principal definidora de la norma.

La norma es sencillamente un consenso lingüístico, cultural y social, el resultado de un acuerdo, muchas veces tácito, otras veces codificado, entonces se habla de una norma prescriptiva e, incluso, coercitiva, si su incumplimiento lleva implícita alguna sanción. La norma lingüística tiene siempre una parte prescriptiva, pero no es la Academia, como cree mucha gente, quien prescribe, sino el uso de la sociedad, que generalmente venía determinado por la escuela y cada vez más se determina hoy en los medios de comunicación. En el universo general, los conceptos lingüísticos enlazan con el también vago concepto de cultura, para ir configurando lo que llega a ser el mundo propio de diversos pueblos o comunidades, especialmente las que se constituyen como países. El término máquina cultural acuñado por la socióloga argentina Beatriz Sarlo recoge una clara alusión a los dos mecanismos culturales de mayor influencia: la escuela como conservación y la traducción como innovación.

En la cultura anglosajona, los medios de comunicación han tenido la carga fundamental de esa labor prescriptiva, fuera de la escuela, lo mismo ha ocurrido en muchos países de América Latina, pero menos en España. Conscientes de ello, se procuran, desde hace tiempo, sus libros de estilo, que no son sino conjuntos de normas, que van desde las estructuras gramaticales al uso de los gentilicios, los giros sintácticos erróneos, los valores léxicos confundidos o los préstamos evitables. La escuela ha perdido, en muchos países, su función tradicional de fijación de una norma, generalmente por medio de un canon de lecturas obligatorias, unos ejercicios de composición según modelos determinados y la definición de unos clásicos, unas autoridades del idioma a las que había que imitar. Es necesario saberlo, porque explica parte de la indefensión de los maestros y profesores, especialmente aquellos que no enseñan materias lingüísticas o literarias y que han perdido el respaldo social. Hace veinte años una falta de ortografía en un examen de matemáticas implicaba un suspenso, hoy muchos profesores de matemáticas, o de las autodenominadas ciencias, discuten incluso la conveniencia de que exijan unos niveles de escritura normativa aceptables. Conviene recordar que ciencia es aquello que se aprende activamente, frente a la sabiduría, que es lo que ya se ha adquirido tras el aprendizaje. La gramática es, por lo menos, tan ciencia como la matemática, si no más, puesto que su proceso de aprendizaje nunca termina. En estas condiciones, puede ocurrir que la escuela tenga ya un problema lingüístico previo, el de una comunidad monolingüe o bilingüe. Los inmigrantes, históricamente, en todas las sociedades, se inclinan por la lengua común del país al que llegan, por la sencilla y comprensible razón de que es la que les garantiza la movilidad a otra parte del territorio, si las cosas no les van tan bien como quisieran y piensan que un nuevo traslado puede mejorar su situación. La gran masa de inmigrantes no llega por razones culturales, llega buscando una mejora de su situación económica y social. El dinero es un valor preferente. Mientras permanecen en el margen de la sociedad de llegada les importan muy poco las teorías y pasa tiempo hasta que adquieren conciencia del valor de la escuela.

Se dice que hoy se vive en la diversidad. Sea este término el punto de partida. Su elección, frente a pluralidad, por ejemplo, ya muestra la intención de señalar que no se trata de un amontonamiento, sino de una variación bien definida, que se puede vivir en un mundo ordenado en el bilingüismo, conociendo y apreciando los valores del contexto general.

Desde la normalidad del bilingüismo se percibe cómo este mundo de todos es un mundo de todas las lenguas, lo general es la diversidad, es normal ser bilingüe y, dentro del respeto de todos los idiomas y a todos los idiomas, el ámbito de actuación de las lenguas es distinto. Además, cuando se está en un entorno de bilingüismo como el norteamericano, sobre todo en los territorios del sur y el oeste, es beneficioso saber para qué sirve cada idioma que se habla y rentable educativa y culturalmente saber aprovecharlo. El contacto de lenguas es natural, es también histórico, es garantía de diversidad cultural que vale la pena mantener, añádase, frente a cualquier energúmeno. La reflexión, por cierto, es de doble dirección. Si no se tiene derecho a imponer una lengua, tampoco se tiene a suprimirla. En las sociedades libres, los hablantes, que son los contribuyentes, deciden. Eso no implica que sea fácil.

Los hablantes de español en los Estados Unidos de América no son tampoco muy conscientes de la existencia de una norma hispánica, que funciona perfectamente en sus países de origen, pero que muchos de ellos no identifican como elemento cultural propio. Esta presentación intenta provocar la reflexión y el debate sobre tres puntos principales:

  • Qué es la norma hispánica. Cómo se define y cómo se defiende.
  • El bajo nivel cultural de los inmigrantes es o no es causa del desconocimiento de la norma hispánica. Exige el análisis de las diferencias entre regiones y sectores con diferentes niveles culturales.
  • Gentes sin lengua: ni en español ni en inglés. Crisis de identidad.

Una norma lingüística es lo que del sistema, de la lengua como estructura abstracta, es común a un conjunto de hablantes o a todos ellos. La norma hispánica no es la norma española, ni la de ningún país o región concretos. Hay varios tipos de norma, por supuesto, la regional, la local, la nacional (española, mexicana, argentina, hispánica). Sus límites respectivos se definen por la adecuación a las necesidades comunicativas de los usuarios. Quien sólo habla español en casa no necesita de amplios conceptos, quien precisa hacerse entender en Bogotá o en Rosario, sí.

La emigración hispana en América ofrece enormes diferencias culturales, porque llegan desde gentes de gran nivel en sus profesiones hasta analfabetos o incluso hampones. Muchos mejicanos en los EUA ignoran que existe una Academia Mexicana de la Lengua y desconocen el papel coordinador y consensuado de la Asociación de Academias, no saben que el español es hoy tarea de un muy amplio conjunto de instituciones, que aceptan un diccionario, una gramática y una ortografía común y trabajan conjuntamente en su mejora.

Existen veintidós Academias de la Lengua Española en el mundo: la Real Academia Española, la Academia Colombiana de la Lengua, la Academia Ecuatoriana de la Lengua, la Academia Mexicana de la Lengua, la Academia Salvadoreña de la Lengua, la Academia Venezolana de la Lengua, la Academia Chilena de la Lengua, la Academia Peruana de la Lengua, la Academia Guatemalteca de la Lengua, la Academia Costarricense de la Lengua, la Academia Filipina de la Lengua Española, la Academia Panameña de la Lengua, la Academia Cubana de la Lengua, la Academia Paraguaya de la Lengua Española, la Academia Dominicana de la Lengua, la Academia Boliviana de la Lengua, la Academia Nicaragüense de la Lengua, la Academia Hondureña de la Lengua, la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, la Academia Norteamericana de la Lengua Española, la Academia Argentina de Letras y la Academia Nacional de Letras del Uruguay. El entonces presidente de México, Miguel Alemán, tomó la iniciativa de convocar en ese país, en 1951, el I Congreso de Academias de la Lengua Española. Pese a la dificultad política de la época y a las discrepancias entre los gobiernos, se acordó la constitución de la Asociación de Academias, «cuyo fin es trabajar asiduamente en la defensa, unidad e integridad del idioma común, y velar porque su natural crecimiento sea conforme a la tradición y naturaleza íntima del castellano». La coordinación entre los miembros de la Asociación la realiza una Junta Directiva, llamada Comisión Permanente, compuesta por un presidente (de la Real Academia Española), un secretario general, electo entre los académicos hispanoamericanos en sus congresos cuatrienales, un tesorero (de la Real Academia Española) y dos vocales de las Academias asociadas.

La vieja noción de Academia como un organismo anquilosado y anacrónico hoy no se sostiene. Las Academias son centros de trabajo y cooperación, cada una con sus medios y limitaciones, pues la situación cultural de la hispanidad es, por desgracia, desigual; pero todas ellas conscientes del empeño e interés comunes. Las decisiones que se toman tratan de combinar la tradición y el uso. Más que de acertar o tener éxito, se trata de continuar el trabajo y hacer lo posible por garantizar la unidad de la lengua española en el mundo.

La Academia Norteamericana tiene, ciertamente, un papel pequeño en el desarrollo del español en los Estados Unidos; sus limitaciones, en un territorio enorme, son muchas, como lo es su entusiasmo. Tiene el inconveniente añadido de que los hispanos, en cuestiones lingüísticas, si miran a alguna parte, es a sus instituciones de origen o, en todo caso, a la Real Academia, en parte también por ese error de comprensión de su papel actual.

Un problema añadido es el que plantean las personas que ya no tienen el español como lengua, porque son incapaces de desarrollos culturales en español, sin haber adquirido el inglés, en el que tampoco pueden desarrollarse culturalmente. Estas gentes sin lengua, muchas veces miembros de una generación primera de tres o segunda de tres o cuatro, dependen de la revitalización de sus raíces culturales. Son los consumidores de las telenovelas, cuyo papel en la unificación del español, reiteradamente señalado por filólogos como Gregorio Salvador, no se tiene suficientemente en cuenta, quizás porque raros investigadores las ven (se puede considerar que ese sacrificio es difícilmente exigible). Baste decir que los diarios en español, como Rumbo, del grupo Recoletos, en San Antonio, Texas, incluyen en sus abundantes páginas de espectáculos, resúmenes, referencias, entrevistas y claves para las que se emiten en la zona. El teléfono, la televisión en español, la vieja pero viva y extensa radio y la mayor facilidad para los viajes están sin duda entre las razones que explican el diferente comportamiento del español y su mantenimiento, frente a lo que ocurre con las otras lenguas de la inmigración.

Uno de los motivos más serios del despegue del español como segunda lengua internacional ha sido el incremento de la capacidad inversora y adquisitiva de los hispanohablantes, apoyado en cuatro ejes:

  • España y su modernización económica y política, que ha llevado a una intensificación de su presencia en el mundo y, muy especialmente, en América Latina, coincidiendo con los procesos de privatización de grandes empresas públicas y los cambios en las estructuras políticas.
  • México, su desarrollo demográfico y su penetración en la población hispana de los EUA.
  • Argentina como alternancia latina de desarrollo y crisis.
  • Chile como desarrollo sostenido.

La política inversora de España en Latinoamérica, donde se ha consolidado como el principal inversor de la Unión Europea, a veces en competencia directa con los Estados Unidos, ha traído una consecuencia imprevista, la de vertebrar el continente de norte a sur, al no establecerse dependencias con oficinas centrales en Europa, sino multiplicarse los lazos entre las oficinas de las empresas en el continente americano. Así, puntos anteriormente con escaso contacto, salvo para negocios en inglés, como Buenos Aires, Lima, Bogotá, Ciudad de México, se han visto de pronto en una red norte-sur que los vinculaba además con San Pablo o Miami, es decir, con las nuevas fronteras del español.

Es sabido que se vende en la lengua del comprador y, por ello, se multiplica la presencia de la lengua hispana en todo tipo de anuncios. La publicidad forma parte del mercado moderno y, sorprendentemente, no hay una exigencia normativa que la regule. Los hablantes, que no son fácilmente tolerantes ante usos que consideran extraños, en otros campos, como puede ser la iglesia, la escuela o la política, aceptan en el lenguaje publicitario elementos que son del todo ajenos al genio de la lengua. En la tabla 5 se recogen algunos de los señalados por Hilda Velásquez (2005) sobre un corpus de lenguaje publicitario, el más sensible a la influencia del inglés.

Cuando se combinan los parámetros lingüísticos con algunos ejes culturales, se comprenden las limitaciones de la situación. La escasa dedicación a la lectura afecta a todas las lenguas, pero más a las más débiles y, especialmente, afecta a través de la prensa diaria. Con un bajo índice de lectura de los diarios, roto además a favor de los contenidos deportivos, la prensa en español vive en situación limitada y se sostiene gracias a un decidido apoyo de las comunidades locales y sus anunciantes. Las bajas cifras del libro y la lectura en España y en Latinoamérica son conocidas, la cultura en español es, en buena medida, una cultura oral. Las lenguas cuestan dinero, una lengua internacional, como el español, reditúa en el terreno económico, pero padece en el cultural, lo que aconseja, si se quiere mantener como seña de identidad, que esos beneficios se inviertan en cultura.

Se llega entonces al punto crítico. Los hablantes/contribuyentes han hecho su esfuerzo, la lengua minoritaria está ahí, en la escuela, en la universidad, en todas partes, incluso hay quienes ven a la lengua mayoritaria en peligro y reaccionan por miedo al cambio de la sociedad de todos. Justo en ese momento se produce una ruptura que podía estar prevista, pero que se había soslayado, porque siempre hay científicos que dicen lo que los políticos quieren oír. La sociedad absorbe las dos lenguas, las tres lenguas, las que sean, porque el hablante ha pasado a un plano de interlengua. La lengua que habla es su lengua materna, pero junto a ella están las otras lenguas aprendidas, su experiencia cultural, su identidad lingüística compleja. Si no se produce un corte defensivo abrupto, que lleve a la eliminación de la lengua mayor, la menor irá cediendo hablantes a la interlengua. Esos hablantes creerán, durante mucho tiempo, estar hablando una lengua (o, más exactamente, dos), y lo harán, pero instalados en ese territorio interlingüístico, en el que, por otra parte, vive la mayoría de los seres humanos, en todo el planeta. Las sociedades monolingües son pocas y algunas, como los Estados Unidos de América, se presentan ya con una clara definición de plurilingüismo y multicultura, aunque el país profundo esté todavía lejos de lo que esos conceptos significan.

Que nadie piense que lo que se está diciendo es algún tipo de profecía. Lo que puede ocurrir con las lenguas y su evolución es siempre un misterio. Mil años después, lo que parecía consolidado y fuerte ha desaparecido, algo que no contaba tomó fuerza y se impuso y ocupa el lugar de máxima expansión. Mas carece de sentido hacer sufrir a las personas, hasta el asesinato, por pretender imponer comportamientos, actitudes, lenguas cerradas, porque, al menos en lo que se refiere a las lenguas, ese adjetivo es impracticable.

Los movimientos de población en todo el mundo, pero especialmente en el hispánico, en los dos sentidos del viaje, han traído un cambio como la sociedad española no conocía desde hacía al menos tres siglos y han invertido el movimiento normal hacia América, dirigido ahora hacia Europa, más la continuidad e incremento de la expansión hacia los Estados Unidos de América. Nuevas lenguas, nuevas concepciones del universo, necesidad de buscar señas de identidad comunes en la nueva sociedad española e hispana, con su nueva dimensión cultural.

La solución no es la de cerrarse en el nacionalismo, con la falacia de «liberar» a las minorías, sino apoyarlas. En palabras de Karl Popper: «La opresión de los grupos nacionales es un gran mal; pero la autodeterminación nacional no es un remedio factible».

Frente a toda idea de mente colectiva o de propiedad de la comunidad de hablantes, la propuesta de que se deba estudiar la lengua como propiedad individual, expresada por Hermann Paul, todavía tiene argumentos que pueden usarse contra las presunciones racistas o nacionalistas que rebrotan. En 1929 el Círculo de Praga presentó sus célebres tesis, de las que se originaría la renovación de la Lingüística como ciencia y el nacimiento de las escuelas estructuralistas europeas. En ellas ya se planteaba el problema de las ciudades como territorio de contacto lingüístico entre hablantes de distintas colectividades, con grados diversos de cohesión social, profesional, territorial y familiar. Las comunicaciones han ampliado esa situación antes ciudadana a países enteros.

Al devolver a los individuos el protagonismo en las aplicaciones del lenguaje, se va hacia un planteamiento conceptual en el que los individuos entran en desacuerdo. Se produce entonces un conflicto lingüístico. Cuando se habla de las lenguas y las culturas y de sus acuerdos y conflictos, se trata de acuerdos y conflictos entre seres humanos, entre grupos de hablantes. Las lenguas y las culturas son sistemas y son usos, para su realización dependen de la actuación humana.

Los planteamientos basados en la oposición de diglosia (lengua A para los usos cultos, de prestigio, y lengua B para la comunicación familiar, reducida) y bilingüismo, desde un punto de vista cultural, son insuficientes. Por un lado, la identidad lingüística no implica identidad cultural y las consecuencias de este simple aserto, incluso dentro de las grandes culturas occidentales, no pasan desapercibidas para quien observe la evolución del mundo en los últimos quince años. Por otro, las nociones de bilingüismo y diglosia no dan cuenta de los conflictos lingüísticos provocados, aquellos en los que se produce un enfrentamiento, por ejemplo, entre el aprendizaje como transmisión y la desviación de lo aprendido como innovación. El conflicto está latente por la contradicción que existe entre la esfera de actuación experimental y la esfera de actuación política. El campo cultural, incluyendo el científico, pertenece a la esfera de la experimentación, mientras que el político se apoya en lo seguro, no especula. Es preciso ser un gran político para apropiarse internamente de los fines de la especulación.

El desarrollo de las comunicaciones actuales carece de paralelos históricos. Las culturas tienden a la homogeneización. En esta situación gravísima, el político no especula, se apoya en lo que conoce, en su lengua, en su pegujal, de ahí el auge de los nacionalismos, el temor al otro, a su monolingüismo, señalado por Derrida. Sin embargo, la cultura, que es comunicación de culturas, sufre cuando se limita a una lengua específica y se vigoriza con la necesidad de la traducción y la interpretación. Si el político no lo sabe y nadie se lo dice, se reforzará en su esfuerzo monolingüe y se irá empobreciendo, ajeno a la experimentación.

La carencia de una lengua uniformadora de la cultura en el Occidente de finales de la Edad Media, producida por el desarrollo de las lenguas vernáculas a costa del latín, dio lugar a una nueva situación comunicativa, en la que hay un crecimiento de los elementos del conjunto que comprenden lo que se les dice en su lengua (extensión), y una necesidad de adaptar lo que se dice a niveles culturales inferiores (intensión). Toda época de renovación sufre por ello, la queja es común en los ambientes educativos de la transición del siglo xx al xxi, al menos en todo el mundo occidental: hay un acceso mucho mayor a la cultura, con un inferior nivel de conocimientos y de asimilación. Al mismo tiempo, las posibilidades actuales de yuxtaposición, interpretación y traducción de culturas y entre ellas hacen posible que cualquier cultura sea revitalizada, vigorizada, en un período de tiempo relativamente muy breve (lo que, naturalmente, no la librará de nuevas contradicciones).

Es útil analizar el caso concreto de una cultura conformada por la suma de los naturales del país (criollismo) y la inmigración, como la cultura argentina. Se conocen bastante bien las circunstancias que contribuyeron a esa conformación cultural, desde el gigantesco proceso de integración de los emigrantes a partir del siglo xix y, sobre todo, durante las tres primeras décadas del siglo xx.

La heterogeneidad lingüística del inmigrante fue vista sin temor, inicialmente, por autores como Alberdi, porque no hubo una necesidad de defensa de lo propio, que es algo implícito y no explícito. Mas cuando los inmigrantes se apropian también de la modalidad lingüística local es cuando surge el rechazo. Esta nueva sociedad ya no puede asumir la heterogeneidad, mientras que su homogeneidad sólo se la dará un largo y lento proceso lingüístico, que todavía no está terminado. Durante las tres primeras décadas del siglo xx el Estado argentino realizó una firme tarea de dirección de la ciudadanía a través de la escuela. El objetivo fundamental fue homogeneizar el país, especialmente a la clase trabajadora, procedente de la heterogeneidad lingüística y cultural, también en parte religiosa (musulmana), pero no racial. Quien dirigió los hilos de esta maniobra cultural fue una clase dirigente homogeneizada.

Es cierto que un derecho del niño es el derecho a su lengua materna, pero no de manera que ese derecho se convierta en una privación de mecanismos superiores de igualdad y libertad. La capacidad de equilibrio y la habilidad para mantener las dos lenguas es especialmente necesaria en territorios de doble sentido de la comunicación, como sucede en la frontera. Decirlo es fácil, realizarlo de manera compensada es lo difícil.

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