Francisco Marcos Marín
Una característica del fenómeno identitario en los EUA es que no vaya necesaria ni preferentemente ligado a la lengua. La mayor parte de la literatura chicana se escribe en inglés y son otros los factores que agrupan. Ese concepto vago de la raza, que es sobre todo cultural, quizás histórico, es uno de ellos. Es lo que hace que argentinos, chilenos y españoles queden con frecuencia al margen o directamente excluidos de la comunidad, o lo que lleva a otros grupos, como los colombianos, a buscar una diferencia. Muchas veces el factor de integración puede ser personal; pero muchas experiencias indican que, incluso cuando el propio trabajo ha estado dedicado en buena parte a grupos, como los chicanos, la integración del estudioso no se produce, hay una barrera que no se pasa. La situación preocupa, porque tiene un componente de guetización que, desde visiones más amplias, no es deseable. Claro que no se llega a esta situación sin motivos, las reclusiones sociales se basan siempre en rechazos por otra parte y algunos ejemplos son muy claros. Lo que sigue está escrito con un profundo interés en la solución integradora y egalitaria; pero es fácil que no guste a nadie, por lo que no está descaminado explicar que se persigue la verdad, no se presume de haberla encontrado. De esa solución depende el futuro de una comunidad plurilingüística y pluricultural, si es que eso es lo que de verdad se pretende, y no hay recetas mágicas, todo se conseguirá con esfuerzo y respeto a los demás, intentando huir de polarizar entre el nosotros frente a los otros. Más allá de la represión escolar, favorecida muchas veces por las propias familias hispanas, por los padres que no veían o ven ventajas en el español y en cambio están muy seguros de las ventajas de dominar el inglés, hay un trasfondo histórico de enfrentamientos, que llega muy lejos. Recuérdese, para entender la perspectiva histórica, que los territorios de España en el Nuevo Mundo no fueron colonias, sino virreinatos, capitanías generales o audiencias, partes autónomas de los reinos de España. Sus funcionarios defendían, por tanto, normas que respondían a los intereses conjuntos. La venta de la Luisiana a los Estados Unidos, por Napoleón (30 de abril de 1803), trajo como consecuencia que un territorio que había pasado a la Corona española en 1763 y regresado al dominio de Francia en 1800, por el Segundo Tratado de San Ildefonso, pasara a manos norteamericanas, exponiendo una larga y desguarnecida frontera, entre Luisiana y Texas, a la penetración de los colonos anglos, apoyados en el discutible argumento de los límites de la Luisiana que, según los norteamericanos, incluía Tejas. Estos colonos fueron rechazados con todos los medios posibles, provocaron desplazamientos de tropas virreinales para defender ese límite y sintieron por ello un enfrentamiento. Cuando Texas se independizó de México, primero, y se unió a los Estados Unidos, poco después, las circunstancias giraron 180 grados y el dominio y la perspectiva de la historia pasaron al lado anglo. En este lado, tampoco es edificante la historia de la incorporación de la Florida. En 1762 los británicos capturaron La Habana, el 20 de julio de 1763 el capitán John Hedges, con cuatro compañías del I regimiento británico llegaron desde La Habana a San Agustín, en Florida. El gobernador Feliú le entregó las llaves de la fortaleza. El IX regimiento de infantería, al mando del mayor Francis Ogilvie, llegó diez días después. Ogilvie se encargó de «desanimar» a los escasos pobladores españoles de la península, de los que, tras la partida el 21 de enero de 1764 del último barco español, sólo quedaron nueve. En 1765, por el Tratado de París, España recuperó Cuba, pero cedió Florida a Gran Bretaña y pasó a ser la decimocuarta colonia. Como un nuevo botón de muestra de la compleja mezcla de identidades interesa añadir que, desde 1713, por el Tratado de Utrecht, Menorca pertenecía a Gran Bretaña. En 1768 Inglaterra organizó el traslado a Florida de mil doscientos menorquines, entre otros colonos europeos, griegos e italianos principalmente. Los mahoneses llegaron con su lengua y costumbres (Fernández Flórez, 1971, p. 305), así como con algunas canciones conservadas hasta la actualidad: Disciarem lu dol / Cantarem amb’alagria / Y n’arem a dá / Las pascuas a María / O María! Durante mucho tiempo se olvidó que la historia del Sur de los Estados Unidos había comenzado mucho antes que la del Norte WASP (white, anglosaxon, protestant) y que, además de los enfrentamientos, muchas corrientes culturales tendieron a la convergencia. Las cosas han cambiado y están cambiando; pero nadie dice que sea sencillo; recuperar la identidad cultural hispana y mantener la anglo, para llegar a una nueva identidad integrada norteamericana es un proceso lento y paciente.
¿Qué son, para sí mismos, los habitantes de Norteamérica que proceden de los hispanos que vivían en los territorios entregados por México, y qué los procedentes de las repúblicas americanas? ¿Se ven iguales, o diferentes? Las soluciones terminológicas son varias; pero sus valores o su consideración o aceptación social han variado a lo largo de los menos de doscientos años últimos. Hispanos, latinos, chicanos, spanish (distinto de Spaniard, que corresponde a los españoles europeos), mestizos, mexicanos, más todos los más recientes híbridos: méxico-americanos, cubano-americanos y demás. La conciencia chicana (derivado de mexicana) se despertó por los acontecimientos de 1942 y empezó a desarrollar un sentimiento de orgullo y de diferencia, al que luego no fueron ajenas las alianzas con el Black Power y los grupos reivindicativos de los que entonces no se llamaban todavía afroamericanos, en los sesenta. Su lucha legal había empezado como consecuencia de la falta de aplicación de las cláusulas del Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, que garantizaba derechos sobre las tierras a los mexicanos que quedaron en los Estados Unidos, derechos que no se respetaron. Con todo, el término no gustaba a todos y nunca quedó claro y por igual en todas partes quién es chicano y quién no. La definición como «habitante de los EUA nacido en México o de padres nacidos en México» es sumamente imprecisa, porque para algunos el chicano auténtico es el nacido en los Estados Unidos y en ese sentido se está produciendo la reivindicación del término por algunos intelectuales neomexicanos, como el profesor de Trinity University en San Antonio, Texas, Arturo Madrid, una de las figuras intelectuales más respetadas.
Harriett Romo, en el marco de su investigación sobre el concepto de la propia identidad entre los hispanos, señala el papel que desempeña en la definición de la identidad de los que se integran en una cultura el efecto espejo, es decir, cómo se perciben a través de su reflejo en la otra cultura (Suarez-Orozco, 2001). Las desigualdades, discriminaciones y estereotipos afectan la construcción de la identidad. Es la solidaridad de los discriminados la que les da una primera noción de identidad compartida. La raza, el sexo y la situación social son, por supuesto, elementos atenuadores o intensificadores de estos sentimientos y situaciones. Aunque el estudio de H. Romo está restringido a la ciudad de San Antonio y a estudiantes de High School, es una excelente muestra metodológica muy válida para entender por dónde van los problemas, además de ser rabiosamente contemporánea.
San Antonio (http://www.angelfire.com/biz/nationalteencourts/ SABook.html), con su 52% de población hispana, mexicana en su mayoría, es una ciudad muy especial, porque los méxico-americanos han llegado a los puestos principales, como alcaldes, concejales, rectores universitarios o empresarios. Hay una fuerte presencia en la clase media y alta de la ciudad, aunque haya también barrios muy pobres. El intercambio con México, como consecuencia del NAFTA, el tratado de libre comercio, es muy grande y la vida económica de la ciudad muy activa. Hay un grupo muy amplio y con peso en la ciudad de profesionales bilingües, que incluye a algunos españoles, cubanos y colombianos. Ha tenido varios diarios en español, actualmente un diario, Rumbo, y un bisemanario, La Prensa, de mucha tradición. Cuenta también, y mucho, el origen canario de la ciudad, con una poderosa Asociación de Descendientes de las Islas Canarias, todos ellos anglófonos. Poblada previamente por unas diez familias, desde 1718 existía un puesto militar en ese lugar del sur de Texas, donde se fundó entonces la primera de las cinco misiones, la de San Antonio de Valero, hoy más conocida como El Álamo. El 14 de febrero de 1719 el marqués de San Miguel de Aguayo propuso al rey de España, en un informe, que se poblara la provincia de Texas con cuatrocientas familias de las Islas Canarias, Galicia o Cuba. El Consejo de Indias indicó la conveniencia de que cuatrocientas familias canarias pasaran a Texas vía La Habana y Veracruz. En junio de 1730 habían llegado a Cuba veinticinco familias y diez estaban ya en Veracruz. A éstos no les llegó la orden de parar el viaje, enviada desde España, así que, con el lanzaroteño Juan Leal Goraz al frente, cincuenta y cuatro personas de dieciséis familias (las originales más los incrementos por matrimonios) llegaron al presidio de San Antonio de Béjar el 9 de marzo de 1731. Los llegados se agruparon como villa de San Fernando de Béjar y se constituyeron como el primer gobierno civil organizado en Texas, donde construyeron la catedral de San Fernando en 1758, el edificio religioso continuamente activo más antiguo de los Estados Unidos. Una niña, María Rosa Padrón, fue la primera nacida en lo que luego pasó a ser San Antonio. Entre 1850 y 1877 la población de origen alemán superaba a la hispana o la anglo. Involucrada directamente tanto en la independencia de México, desde 1813, como en la revolución mexicana de 1810, es una ciudad que ha sufrido numerosos cambios de población y de mayorías, por lo que tiene características que la convierten en un punto muy especial de observación.
Los jóvenes encuestados (a diferencia de sus mayores) evitan el término chicano, que consideran marcado negativamente. No todos lo hacen, ni todos coinciden en evitar mexicano. Se prefiere latinos o latinoamericanos, o, mejor, hispanic o mexican-american. La traducción de la entrevista a un ciudadano norteamericano de tercera generación méxico-americana, de sesenta y siete años de edad, quizás termine de aclarar, o de emborronar, este panorama:
Soy un mestizo. Sólo Dios sabe cuántos ingredientes hay en mí. Pero probablemente soy más que nada indio. Diría que soy apache. Y luego soy en cierta medida español y quizás algo italiano. Sólo Dios sabe qué mezclas hubo en México. Mestizo parece la definición correcta.
Entrevistador: Le preguntaré entonces cuál es su grupo étnico.
Soy méxico-americano.
E: ¿Se identifica alguna vez como latino o hispano?
Bueno, se nos identificó como cualquier cosa. Un tiempo, cuando yo crecía, en los treintas, éramos mexicanos. Luego llegaron los cuarentas con los latinos. Latins, latinoamericanos. ¿Qué demonios es eso de Latin? No somos de Panamá o Colombia. Por supuesto, para los gringos, éramos los greasers [el término, lit. ‘grasiento’, se refiere despectivamente al color oscuro] y, ya sabe, Mescans. Y luego, todos nos convertimos en méxico-americanos en los cincuentas. Después llegaron los sesenta y nos convertimos en chicanos. Y ahora tenemos el nuevo nombre, hispanic-americans... o latino. Sí, si va a Illinois o a uno de esos sitios en California, latino. Aquí lo vamos usando cada vez más.
En Texas, al menos, latino se percibe como un estilo de vida distinto y la conciencia del origen mexicano es muy fuerte. El prejuicio contra los chicanos, en cambio, es que son flojos, de manera que no hay identificación. San Antonio no padece la fuerte discriminación que se puede observar en otros lugares, aunque a veces se escucha el término wetback (mojado). Los «espaldas mojadas» son los inmigrantes ilegales, que se supone que vadean el Río Grande.
María Elena (Mary Ellen) García, la presidenta de LASSO (Latin American Studies Students Organization), nacida en L. A. y residente en San Antonio, se expresaba así en su discurso presidencial, el 5 de octubre de 2002, en Los Ángeles: «So by virtue of my mestiza Mexican background, Spanish-language heritage, and because I share the socio-political legacy of my ethnic group, I belong to that community as well» («Por mis antecedentes de mejicana mestiza, la herencia de la lengua española y porque comparto el legado socio-político de mi grupo étnico, pertenezco también a esta comunidad»).
La lengua es un fuerte factor de identidad en San Antonio. Quienes conservan el español se identifican más con los mexicanos recién llegados, aunque esta condición también intensifica la diferencia entre los nuevos, identificados como mexicanos, y los ya instalados, identificados como méxico-americanos. Cuando alguien de ese origen quiere distanciarse del grupo, el término que prefiere parece ser el de hispanic. El acuerdo reciente de doble nacionalidad de México y los Estados Unidos favorece, por el momento, la conservación de una doble identidad, con un doble pasaporte. Sucede con otros nacionales, como los españoles, aunque su número sea mínimo. La apariencia física es un poderoso factor de identificación, así como el acento en español: si dos personas están hablando en español y se dirige a ellas alguien en esa lengua, pero sin acento mexicano, lo habitual es que respondan en inglés. También llama la atención el hecho de que los encuestados más integrados piensan que, al viajar a México, los van a llamar «blancos». Recuérdese que el concepto de raza, con los términos de color correspondientes, no se percibe como la raza blanca frente a la negra, como puede ocurrir en España, sino como término de grupo étnico, cuenta la adscripción a éste, no el color de la piel.
Tampoco esa música es monódica. Gilda L. Ochoa (2000, p. 91, citada por M. E. García) recoge un testimonio de una entrevistada méxico-americana, de cincuenta y cinco años, de lengua inglesa, empleada, frente a los inmigrantes, que es significativo:
[Los inmigrantes mexicanos] llegan, nos imponen su lengua, imponen sus actitudes. No los guardan para dentro de sus casas. Los diseminan de modo que no puedes entrar en una tienda y comprar sin que te hablen en español [...] deberían arreglar (clean up) sus acciones y actitudes generales y ser más este país que el suyo, porque no están en el suyo.
Este testimonio es de Los Ángeles, donde se había producido una fuerte recesión del español (su lengua, no nuestra lengua), mientras que ahora los nuevos inmigrantes revitalizan la lengua, con sus problemas dentro del grupo, como se ve. Los que empezaban a sentirse parte de la población californiana, de pronto se ven identificados con un grupo al que no desean pertenecer de esa manera (sí si se asimilan) y reaccionan negativamente. Una vez más, intentar reducir la situación a unas pocas líneas que tienden a la homogeneidad conduce a resultados erróneos.