Francisco Marcos Marín
En la compleja tarea de definir qué hace a los hispanos sentirse como una comunidad diferenciada, la lengua ocupa, sin duda, un papel inicial, aunque, adviértase, no siempre final. Metodológicamente, todo lo relacionado con la identidad lingüística se ordena en torno a un principio conceptual, el de la forma interior. Este concepto arranca del pensador alemán Guillermo de Humboldt (Potsdam, 22 de junio de 1767-Tegel, 8 de abril de 1835) interpretado a través de la visión del idealismo alemán. Se debe citar a Karl Vossler (6 de septiembre de 1872-18 de mayo de 1949), cuya incidencia fue también muy grande en Amado Alonso (1897-1952) y en la concepción estilística tanto de éste como de Dámaso Alonso. Es preciso tener en cuenta este camino porque, como muestra Antonio García Berrio, el mejor modo de entender la vigencia de la noción de forma interior en España es partir de esa recreación conceptual, debida principalmente a Amado, y no olvidar la estrecha relación personal entre éste y Rafael Lapesa, quien la plasmó en su dedicación a la publicación póstuma de la obra fundamental de su maestro y amigo, De la pronunciación medieval a la moderna en español. De acuerdo con esta interpretación de Humboldt, Lapesa separa el concepto romántico de la forma interior como base de un nacionalismo lingüístico, con lo que queda el estructural de «forma formante de nuevas categorías» o principio configurador de las estructuras de una lengua. Con todo, se recoge un matiz que reaparece constantemente en sus estudios recogidos, la pretensión de caracterizar a la lengua española a partir de ciertos rasgos que formarían parte de su forma interior.
Independientemente de que esta correspondencia perteneciera o no al pensamiento de Humboldt (y lo más probable es que no fuera así), el concepto tal y como fue entendido resultó válido como fundamento metodológico y aparece a la hora de explicar distintas evoluciones sintácticas, como el desarrollo de la preposición a ante objeto directo personal individualizado (busca mayordomo / busca a un mayordomo) o el artículo y su presencia o ausencia en la construcción de la frase (tener auto / estacionar el auto.) En otro orden de cosas, esta línea también aparecía en Américo Castro e influyó, por ejemplo, en su percepción de la épica románico-germánica como un enfrentamiento entre una persona y su mundo, entre un yo y otro yo. Jorge Urrutia ha señalado cómo, mejor que pensar en coincidencias casuales, ante ejemplos como éstos, hemos de aprender a reflexionar sobre las coincidencias de ambiente cultural que llevan naturalmente a planteamientos metodológicos también coincidentes.
Conviene que no haya dudas de que, si bien el concepto de forma lingüística interior que manejó la Filología Española no es el concepto humboldtiano, tal como hoy puede entenderse, fue una interpretación determinada de ese concepto lo que actuó de catalizador de un conjunto de ideas y de actitudes ante los hechos lingüísticos de una lengua concreta, el español, hasta dar como resultado un conjunto de trabajos que sólo se entienden desde esa interpretación de escuela y no desde los conceptos que se podrían manejar hoy en la lingüística general. Este hecho es tan manifiesto que, ni la clásica traducción española de Humboldt, la de José María Valverde, ni la posterior de Ana Agud de la primera parte de la Introducción a la obra sobre el kaví se han salido de esos rieles, manteniendo la interpretación «idealista», frente a la «tipológica» del concepto. Entiéndase que ninguna de las dos etiquetas es perfecta, son modos de designar.
El estudio de Amado Alonso dedicado al «Americanismo en la forma interior del lenguaje» empieza con la palabra «Bergson», el apellido del filósofo francés. Pocas veces una clave es tan evidente. Para descifrar lo ocurrido sólo se ha de recordar que, frente a la categorización del mundo por el lenguaje, se presenta, en palabras de Amado, «la intuición, la visión directa de la realidad» como «la única manera posible de conocer». Sigue: «El lenguaje-intelecto interpone entre la realidad y nuestro conocimiento una red de categorías, una ortopedia conformadora que tapa, violenta y moldea la realidad reduciendo su individualidad de cada vez, su siempre virgen originalidad, a clases previamente establecidas». «Las clases de realidad son categorías», subraya Amado, «ya dispuestas en el idioma». «El idioma nos da una representación categorial de la realidad, su reducción a clases.»
Es una idea aceptable, que se puede incluso desarrollar. La palabra refleja la percepción de un ser clasificado, categorizado por los hablantes. Mediante la palabra no expresan los hablantes el objeto como ser en sí, sino como «ser percibido», como percepción. A esto se llama percepción categorial del objeto. Dicho de otra manera, las palabras no crean el objeto como tal, pero lo reconocen como percibido, lo sitúan en una categoría y, como miembro de esa categoría, adquiere un lugar dentro de la estructura lingüística. Es posible reformular así el concepto saussureano de valor. La relación significantesignificado, por ello, sólo puede ser arbitraria en la medida en que no se tenga en cuenta qué refleja, es decir, en el sentido restringido del adjetivo «lingüístico», no en el más amplio, en el que equivale a «semiótico».
Las claves se encuentran en el desdoblamiento de lenguaje y lengua. Por él, se aplica a las lenguas la capacidad de representación categórica de la realidad, que, en una apreciación rigurosa, no corresponde a las lenguas, sino al lenguaje o, de modo más preciso, a lo que se llamaría hoy la facultad de lenguaje. Cuando Amado Alonso dice que «cada idioma tiene su propia forma interior de lenguaje, y con ella su propia partición y agrupación de las cosas y su estilo propio de expresión» lo que está haciendo es salvar «una verdad segura» de Bergson, la reducción de la realidad a clases por medio del idioma; pero, en vez de interpretarla como una condición lingüística, general y abstracta, la plasma en las lenguas, la convierte en propia de cada idioma. Las consecuencias son claras en la lingüística española. María Teresa Echenique las ha señalado, sin darles esta interpretación, en su sentida necrología de nuestro maestro, Rafael Lapesa, en la Revista de Filología Española. Ante la sorprendente petición de Castro (se refiere a 1948, en Princeton) de que Lapesa «diera un curso sobre caracteres sintácticos del español donde se refleje la forma de vida hispánica», que provocó la rotunda respuesta de don Rafael, no recogida por la profesora Echenique: «Áteme usted esa mosca por el rabo, don Américo», la estudiosa vasco-valenciana prosigue que «Lapesa optó por resolver tamaña empresa acudiendo a la aplicación del concepto humboldtiano de la forma interior del lenguaje, según lo había aplicado Amado Alonso a varios rasgos peculiares de la lexicología y sintaxis hispánicas». Y todavía más, ayuda sobremanera, sin pretenderlo, a la interpretación que este trabajo propone cuando prosigue ingenuamente: «Es importante subrayar la trascendencia que este hecho tiene en la obra de Lapesa, caracterizada, en general, por una gran cautela de fondo a la hora de interpretar los hechos gramaticales, pues el recurso a la forma interior del lenguaje le permitió articular en forma unitaria aspectos aparentemente inconexos de la sintaxis histórica del español».
Hace más de treinta años, en el capítulo tercero de la Aproximación a la gramática española, quien esto expone se refería a las implicaciones del concepto de forma lingüística interior, en relación con la gran novedad de ese tiempo, las interpretaciones chomskianas de las tesis de Humboldt, vistas desde su teoría generativa, para señalar el valor de la advertencia de Lapesa, relacionable precisamente con el intuicionismo de Bergson. La cita es larga, pero esencial:
Para que hoy día fuese verdaderamente aprovechable la teoría de la forma lingüística interior habría que exonerarla de algunos rasgos que obedecen al romanticismo del momento en que surgió. Habría que desconectarla del idealismo filosófico, alejarla del plano en que se especula con el espíritu de los pueblos y otras abstracciones más o menos fantasmales, y traerla al de las tradiciones, hábitos, formas de vida y creaciones colectivas, campo asequible a la investigación metódica. Habría que quitarle el aspecto de inasible misterio con que la presentó su autor [...]. Humboldt carga la mano en cuanto en el lenguaje y en la forma lingüística interior puede escapar al análisis racional, con lo cual incita a emplear la intuición para captarlo. Y los resultados de la pura intuición, si en ocasiones son brillantes hallazgos, pocas veces se asientan en terreno firme. Evitado este riesgo, la teoría de la forma lingüística interna serviría de muy oportuno complemento al estructuralismo actual.
Lapesa siempre sorprende. Fiel a sus maestros, amigo de sus amigos, con la comprensión siempre abierta, sin herir, ahoga el germen de su propia interpretación, estructural, a un paso de la que se ha llamado en otro lugar «tipológica», para regresar a la concepción heredada de la forma interna de cada lengua. En la creación lapesiana vibra siempre un trasunto poético, que necesita trasfundir al español, objeto concreto, idioma, pero también pueblo, conceptos categóricos generales, que no alteran su rigurosa ingeniería de los datos.
La cuestión, en su versión moderna, que se remonta al siglo xviii, arranca de la concesión del primer premio de la Academia de Ciencias de Berlín a Johann David Michaelis, en 1759 (aunque el libro apareció en 1762), en el concurso Quelle est l’influence réciproque des opinions du peuple sur le langage et du langage sur les opinions?, obra que leyó Herder probablemente en 1766 y que parece estar en la base de su interés por este asunto, que culmina en 1770 con otro premio de la Academia, esta vez a su obra Über den Ursprung der Sprache, donde ya aparecen ideas precursoras de la forma interior de Humboldt, si bien, y esto es importante, presentadas desde la óptica del lenguaje como concepción del mundo por un pueblo.
Si el pensamiento de Humboldt hubiera llegado a una síntesis, serían más fáciles las interpretaciones; pero su obra fundamental, Sobre la diferenciación de la construcción lingüística humana, reelaborada y corregida constantemente, no quedó cerrada en su última versión, la introducción a la obra sobre el kaví. Además, lo que aquí importa no es Humboldt, como tal, sino el no menos excesivo empeño de aclarar por qué se desarrollan de cierto modo ciertos conceptos en la Filología Española. García Berrio, en su libro de 1998, estableció, como si fuera un genealogista semítico, una línea que vincula la continuación y la interpretación humboldtiana con «la labor mediadora y continuadora de Heymann Steinthal» y señaló cómo «llega a la Estilística con Vossler a través de Gabelenz y de Saussure». Esta silsila, esta cadena, lleva de nuevo a Amado Alonso y confirma el cierre coherente de este primer eslabón.
El lenguaje puede designarse, de manera acertada y adecuada, dice Humboldt, como un trabajo del espíritu. Este trabajo se realiza de modo constante y uniforme, teniendo como fin la comprensión. La forma del lenguaje, sobre una base constante y uniforme, configura el trabajo del espíritu de manera que se logre aprehender en su conjunto y representar sistemáticamente cómo el sonido articulado se eleva a expresión del pensamiento. Pero el autor sólo concibe la llegada al lenguaje a través de los datos que le ofrecen las lenguas particulares, cuyos menores rasgos y diferencias han de ser estudiados, analizados y clasificados, ya que de todos ellos se pueden extraer conclusiones válidas para la comprensión del lenguaje como fenómeno general, como facultad, se diría hoy. La forma característica del lenguaje depende hasta de sus menores elementos. Como definición negativa, añádase, se precisa que la forma del lenguaje no debe confundirse con la forma gramatical. La justificación de que la forma del lenguaje no sólo afecta a las reglas (de la gramática, se entiende), sino también a la formación de palabras, es decir, al léxico, está totalmente dentro de la metodología de trabajo de la lingüística contemporánea, en la que ya no plantea las dificultades que podía presentar hace medio siglo, del mismo modo que resulta sumamente moderna la referencia a los condicionantes individuales y del habla, aunque siempre cabe la necesidad de advertir que podemos hacer intervenir demasiado ciertas percepciones destacadas de las corrientes actuales, deformando, una vez más, lo que Humboldt podía querer decir, en el grado de conocimientos de su tiempo. Ya lo decía Gracián: «Ninguno hay tan discreto que no necesite de advertencia».
En el terreno de la presencia del individuo en la actividad lingüística se encuentra el último eslabón, por hoy, de la cadena interpretativa de la forma interior en la escuela de Filología Española. (Y sigue la deuda de la clarividente percepción de García Berrio.) En el proceso de génesis de los textos, la forma interior se ubica en el dominio macroestructural, en términos actuales. Permite precisar como «precoz intuición» las diferencias «entre lo que actualmente —dice García Berrio— denominamos el núcleo central tópico genético y las instrucciones argumentativas de la macroestructura textual, opuesta a la condición combinatoria y diferenciadora de las reglas de las transformaciones microtextuales». No es del todo exacto, porque en Humboldt el individuo y las estructuras humanas intermedias, como la nación, siempre acaban haciéndose presentes; pero no se olvide que se trata de expresar una posible intuición, no una tesis desarrollada.
Otro componente de escuela que es preciso insertar aquí es la interpretación de Amado Alonso de la teoría saussureana del signo, como par [significante, significado], en su traducción y, especialmente, en su prólogo, al Curso de Lingüística General. A partir de esta teoría, Dámaso diferencia una forma exterior, en la que significante y significado se relacionan en la perspectiva desde el primero hacia el segundo, de una forma interior, con la perspectiva inversa, desde el significado al significante. La Estilística, entendida como ciencia que arranca del texto de un autor, estaría limitada por la primera de estas formas, la exterior.
Esta perspectiva no podía parecerle suficiente. Al recordar cómo Dámaso señalaba que «para cada estilo hay una indagación estilística única, siempre distinta, siempre nueva cuando se pasa de un estilo a otro», se comprende mejor el atractivo que tenían para él (que se presenta con la perspectiva estilística de la «forma exterior») los más difíciles estudios de la forma interior, en los que «se trata [...] de ver cómo afectividad, pensamiento y voluntad, creadores, se polarizan hacia un moldeamiento, igual que materia, aún amorfa, que busca su molde». La forma, recuérdese, «no afecta al significante sólo, ni al significado sólo, sino a la relación de los dos».
Sin desprenderse del todo de las adherencias de la interpretación idealista, los filólogos españoles del Centro de Estudios Históricos asumieron el concepto de forma categorizadora, de forma formante. Sin desarrollarlo en el terreno de la teoría lingüística, planta que sólo recientemente tiene arraigo en España, lo cultivaron con mayor asiduidad en el terreno, reducido, de la estilística y en el más amplio de la Teoría del Texto Literario.
La continua interacción de la historia lingüística y la general es patente no sólo en los trabajos lapesianos de historia literaria, sino también en los lingüísticos. El castellano primitivo se mueve entre una serie de puntos: el latín primigenio, desde luego, los influjos románicos colaterales, especialmente el galorrománico del francés y el provenzal, más las dos lenguas peninsulares no latinas, el vasco y el árabe. Las bases gramaticales latinas de estos estudios son concretas y contundentes, aunque en Lapesa se puede apreciar un esfuerzo por la introducción de elementos estructuralistas, tanto de la escuela norteamericana como de la europea.
En la lingüística española, el puente entre dialectología y sociolingüística se ha tendido siempre de modo natural y ahí están los trabajos de Alonso Zamora, Manuel Alvar, Humberto López Morales y Germán de Granda para probarlo. Lapesa, por ejemplo, disecciona perfectamente la relación entre etapas históricas, perfiles literarios y niveles de uso al estudiar los tratamientos en español, tanto en la distribución que lleva a la zona actual de tú / usted, vosotros / ustedes, como a la más extensa de tú / usted / ustedes o a la reducida, aunque de creciente peso, de vos / usted / ustedes, con sus diversas variantes. La lengua actual dispone de una variada gama de combinaciones, como las de las formas anteriores y los posesivos (su / de él, de ella, de usted, de ellos, de ellas, de ustedes) y por ello abre un portón a un dilatado número de interferencias.