Francisco Marcos Marín
El concepto de periodización parece inherente a los estudios historiográficos, en los cuales se dividen las parcelas cronológicas en distintos sectores, con criterios bien procedentes de acontecimientos o hechos externos, bien rastreables en el objeto mismo.
Cuando se habla de una distribución cronológica basada en acontecimientos externos al objeto de estudio, como el descubrimiento de América por los españoles, en 1492 d. C., para fijar un período inicial de la colonización lingüística indoeuropea de ese continente, se está usando un criterio externo de periodización. Cuando, por el contrario, se considera un proceso del propio objeto, la lengua en este caso, como la desfonologización de la oposición sorda/sonora en el sistema de sibilantes y palatales del castellano del siglo xv, transición entre el castellano medieval y el español moderno, se utiliza un criterio interno de periodización, un criterio lingüístico, ahora, puesto que se aplica a la historia de la lengua.
La noción de periodización no es, por su doble vertiente, inofensiva o inocua, sino que deja traslucir una ideología. Si se construye la historia de la lengua con los criterios de la Geschichte der deutschen Sprache (Schmidt et al., 1983) se ve uno abocado a establecer períodos en relación con la sociedad feudal, la revolución burguesa, la sociedad capitalista. Si, en cambio, se fija en criterios de planificación lingüística (Marcos-Marín, 1979) hablará de etapas de reforma y modernización de la lengua, o de reformas oficiales y espontáneas, entre otras posibilidades.
Ambos criterios no están necesariamente reñidos: la reforma actual del español contemporáneo puede mostrar una cara distinta en países como Cuba o Venezuela, o en Colombia y la República Argentina, que propugnan modelos distintos de sociedad.
Lo que sabemos de la historia del español en los EUA no nos autoriza a establecer una periodización con criterios internos: no parecen haberse producido fenómenos lingüísticos que claramente marquen una diferencia entre una época anterior y otra posterior a esos fenómenos. En estos casos, lo que procede es utilizar criterios externos, que pertenecen a uno de estos tres grupos: históricos, históricoliterarios, e histórico-sociales.
El criterio histórico busca la coincidencia de las etapas de la lengua con los grandes hitos establecidos en la periodización de la historia del país o región cuya lengua se analiza, los Estados Unidos en este caso: se puede hablar así (en una consideración preliminar y metodológica) de español de la conquista, de español del virreinato, de español en contacto con el inglés de la colonización británica, de español de los EUA independientes.
El criterio histórico-literario establece las transiciones entre unas y otras épocas según las grandes etapas de la creación artística y los movimientos literarios. No parece, en principio, de fácil aplicación en este caso, porque no se aprecia claramente una profundidad diferenciada en la literatura norteamericana en español. Existe, naturalmente, pero no ofrece, al parecer, los suficientes rasgos distintivos, al menos hasta época muy moderna.
El criterio histórico-social depende de los acontecimientos históricos culturales, y no de los guerreros o dinásticos como el histórico al que se hizo referencia antes. También de modo provisional, permite establecer un primer período de establecimiento español, desde el 27 de marzo de 1513 (descubrimiento de la Florida por Juan Ponce de León) hasta la llegada del Mayflower a Cape Cod (11 de noviembre de 1620), un segundo período de convivencia con el inglés de la expansión, hasta la fijación de la frontera con México mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo (2 de febrero de 1848) y un tercer período de desarrollo del español de la inmigración.
Lo más aconsejable es fundir el criterio puramente histórico con el histórico-social y plantear la periodización del español norteamericano con sus características propias, que no coinciden con las de otras zonas del español, a pesar de la variedad de éstas. Y es que hay que tener en cuenta que en los Estados Unidos existen muy distintos tipos de lengua española, con grandes diferencias de carácter histórico y social y con una triple base: hubo un español de los territorios que constituyeron los reinos de la Corona de España, que perteneció al México independiente durante unos breves años, hubo un español de las distintas oleadas migratorias que llevaron a la constitución del país con sus características propias y hay un español actual, marcado por las tres grandes corrientes de inmigración, la mexicana, la caribeña y la centroamericana, esta última con muchos rasgos comunes con la segunda. En consecuencia, parece razonable dividir el segundo período histórico propuesto arriba en al menos dos etapas, según la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste. Todo ello se produce, además, en un país que nunca fue independiente con el español como lengua de comunicación superior. Incluso en los breves años de una República de Tejas, la estructura social y lingüística que se impuso fue la inglesa. Mientras que los demás países hispanos evolucionaban como sociedades libres, desarrollaban sus instituciones y los textos que las expresaban en español, los EUA hacían lo mismo en inglés. La Constitución, los himnos, las leyes, están escritos en inglés y no dependen de modelos hispánicos. El español ha vivido en una situación de diglosia, como una lengua B en un entorno en el que las funciones principales de comunicación se realizaban en inglés, lengua A. Las situaciones de bilingüismo existentes han sido, en general, de un bilingüismo descompensado, porque la situación general no permitía una equiparación de ambas lenguas. La novedad, a principios del siglo xxi, es que incluso el término bilingüe, en América del Norte, significa hoy hablante de inglés y de español. La gente corriente lo piensa así cuando oye de alguien que es bilingüe y a veces tiene muy serios problemas para comprender que alguien sea bilingüe si no habla español. La acepción del término se ha reducido a ese par, separándose del concepto de alguien que hable inglés e italiano o chino, fuera de sus comunidades respectivas, por supuesto. El desarrollo del término plurilingüe ha venido en parte exigido por esa especificidad que bilingüe fue tomando.
Estos condicionantes históricos tuvieron también consecuencias serias para la definición y constitución de la lengua española de Norteamérica. En todos los territorios de conquista lingüística se han producido o se han podido producir, al menos, vacíos debidos a retiradas de los colonizadores, a episodios guerreros adversos, a abandonos forzosos de territorios. Las actividades de poblamiento de los conquistadores, el inicio de la colonia con dimensión de profundidad, se iniciaron muy pronto, en 1520, en el Caribe, pero se dispararon en el decenio 1534-1544. Entre estos años se fundaron, con voluntad de carácter permanente, las principales poblaciones urbanas en Suramérica: Quito (1534), Lima (1535), Buenos Aires (1536), Bogotá (1538), Santiago de Chile (1541) y Valparaíso (1544); Asunción, que se había establecido en 1537 como baluarte, recibió en 1541 el fuero urbano.
Son bastante frecuentes las dobles fundaciones de ciudades en América, empezando por Buenos Aires (Pedro de Mendoza, 1536 y Juan de Garay, 1580), por citar una capital demográficamente esencial, además de culturalmente, y en los EUA también se produjeron episodios similares; pero la diferencia fundamental es que, mientras que en la América hispanohablante, los que regresaban a las zonas despobladas o abandonadas eran continuadores de los que se habían establecido allí previamente, en el caso de Norteamérica la rehispanización de un lugar no significó necesariamente que se retornara a las mismas condiciones lingüísticas, en el sentido de los mismos o similares dialectos sociales y geográficos del español. Ciudades como Santa Fe, en Nuevo Méjico, o San Antonio, en Tejas, y zonas como el sur de Tejas o la Florida son buenos ejemplos de ello. Lo que autores como Lipski llaman el español vestigial, es decir, el español que permanece en un grupo de hablantes, puede no estar vinculado a un territorio y trasladarse con ese grupo si cambia de área. Hay una vinculación muy estrecha entre lengua y hablantes, más que entre lengua y región. Las variedades, en consecuencia, son algo más que geográficas, lo que las hace también más móviles.
Las condiciones de construcción demográfica de los Estados Unidos hacen casi imposible fijar unas líneas delimitadoras objetivas, o sea, por razones externas solamente, de los períodos del español. Sin embargo, si se logra una voluntad de consenso, hay algunos hitos que marcan oscilaciones y éstas podrían tomarse como fronteras suficientes entre un período y otro. En esta aproximación se partirá de esta propuesta, que se justifica:
Primer período: establecimiento español (1507-1620). Desde las primeras expediciones a la Florida (1507), que alcanzaron un éxito relativo el 27 de marzo de 1513 (descubrimiento de la Florida por Juan Ponce de León, quien reclamó para el rey la nueva tierra, pero todavía sin identificarla), hasta la llegada del Mayflower a Cape Cod (11 de noviembre de 1620). Coincide, por tanto, con el primer período histórico.
Segundo período: convivencia con el inglés de la expansión (1620- 1783). El principio de este período no difiere sustancialmente del anterior, simplemente se van consolidando las colonias británicas en el norte y aumentan los enfrentamientos entre los intereses de los colonos y la Corona británica. El 4 de julio de 1776, fecha de la declaración de independencia, es un hito histórico que ha de tenerse en cuenta necesariamente en cualquier cronología de los EUA. Hasta esa fecha, el mundo hispanohablante y el anglohablante en América habían estado humana y geográficamente distanciados. Sin embargo, aunque la declaración en sí no alteró la relación entre ambos grupos, ésta comenzó a cambiar en 1778, cuando se produjo el pacto con Francia y revirtió una situación hasta entonces desfavorable para los sublevados. En 1789 España se adhirió al pacto. En 1780, Francia envió tropas expedicionarias al mando del general Rochambeau, y este ejército, combinado con el de Washington, que operaba en las cercanías de Nueva York, así como con el de La Fayette, que se encontraba en el Sur, más las tropas francesas llegadas de las Antillas, y gracias al dominio del mar, consiguió cercar el ejército británico del Sur, dirigido por Cornwallis, y hacerle capitular el 19 de octubre de 1781 en Yorktown. Lo ocurrido en estos años afecta a grandes territorios del Sur, como Luisiana y Florida (también a territorios antillanos y centroamericanos, como Honduras, fuera de este marco).
Tercer período: del Mississippi al Rio Grande (1783-1853). Desde el Tratado de Paz de Versalles (3 de septiembre de 1783) hasta la fijación de la frontera con México mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo (2 de febrero de 1848) y su ampliación el 16 de noviembre de 1854 mediante la compra por diez millones de dólares del territorio de La Mesilla, al sur de Arizona, en el área de Tucson. El conjunto supuso la incorporación de un enorme espacio, aunque con una densidad de población muy baja, de lengua española y la creación de una larguísima frontera con México cuyos habitantes hispanos, a los dos lados, se verán como comunidad y se considerarán, de alguna manera, que puede ser muy fuerte, aunque estén en el Norte, mexicanos. La lealtad de grupo no siempre va unida a la conservación de la lengua, sobre todo porque las presiones para eliminar el español, con la escuela como arma fundamental, fueron enormes, llegando a prolongarse en el período siguiente.
Cuarto período: desarrollo del español de la inmigración (1854 ...). Período nada homogéneo, ni en su historia, ni en su demografía, ni en su distribución geográfica o social ni lingüísticamente, que exige periodizaciones más exactas por áreas. Tres hitos modernos deben tenerse en cuenta a la hora de subdividir este último sector temporal, alguno de los cuales, al menos en ciertas zonas, obligará en el futuro a ordenar estas etapas de otro modo. El primero es la revolución mexicana del 20 de noviembre de 1910, cuyo planteamiento, el Plan de San Luis Potosí, fue preparado y difundido por Francisco Ignacio Madero desde San Antonio, en Tejas, región que, en aquel entonces, sería con seguridad una parte del área dialectal del Norte de México. Este período coincide con la primera gran entrada de puertorriqueños, centrada en el Noreste. El segundo es la Gran Depresión que empezó en 1929 con la crisis del mercado de valores y terminó en 1941 con la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Un efecto inmediato de la depresión fue la necesidad de trabajo por los norteamericanos que se habían quedado sin sus mejores empleos y que consiguieron los que hasta entonces habían estado en manos de mexicanos, por lo que éstos, en gran número, se vieron obligados a emigrar de nuevo (lo cual en muchos casos no fue lo mismo que regresar) a México. Este subperíodo coincide con los sucesos de Los Ángeles, motivados por la presencia de un fuerte contingente militar en esa ciudad, por la entrada en guerra, y sus enfrentamientos con los mexico-americanos. Este proceso contribuye al nacimiento de una cultura distintiva, la chicana, cuya expresión lingüística no va necesariamente vinculada al español. El tercer subperíodo sería precisamente el que va desde la entrada en guerra hasta el éxodo de los cubanos que huyeron de la dictadura marxista de Fidel Castro a partir del 17 de mayo de 1959, promulgación de la ley de reforma agraria. La novedad es que se cambiaron social, económica y lingüísticamente zonas de los EUA, como el estado de Florida. Esta emigración aportó trabajadores de muy alto nivel y, por ello, tanto ideas como calidad humana y riqueza material, pese a las limitaciones que la dictadura impuso a los que se exiliaban. Además, la vía de salida pasaba muchas veces por España, lo que aportó otro tipo de experiencia y de relaciones humanas, pues partes de las familias permanecieron en Europa. Esa época coincide, en la costa occidental, con el triunfo de las reivindicaciones obreristas de los sindicatos chicanos guiados por César Chávez, lo que supuso un cambio decisivo en la relación entre capital agrario y mano de obra (inmigrante y predominantemente chicana) en California, inicialmente, extendida luego. Otras subdivisiones están relacionadas con períodos de inseguridad política en América Latina, por causas muy diversas, dictaduras, militares o semiciviles, en Argentina, Chile, en Centroamérica, inseguridad vinculada a la droga, Colombia, dictaduras marxistas, en Nicaragua. En los Estados Unidos viven más salvadoreños que en El Salvador, si se quiere un ejemplo determinante. El trasiego de personas, dialectos, normas, es constante y se entrecruza con las variantes locales y los restos o hablas vestigiales, que también se mueven con sus hablantes.
Un ejemplo sencillo puede ser el caso de los puertorriqueños. El español de Puerto Rico no es el de los Estados Unidos, lo que se dice, por tanto, se refiere sólo al proceso de su inmigración. Tras la guerra de España y los Estados Unidos y la derrota española de 1898, la isla fue cedida a los EUA, quienes, entre 1900 y 1917 como consecuencia de la Foraker Act, pusieron fin a su ocupación militar. No obstante, los puertorriqueños no obtuvieron la ciudadanía norteamericana (limitada, pues no podían elegir al presidente) hasta la Jones Act de 1917. A partir de este año empezó la gran emigración a Nueva York y los estados del Este, en un primer subperíodo moderno, ya dentro del español de los Estados Unidos, que llega hasta los años sesenta, en los que empieza su desplazamiento al Sur, Florida, y el Oeste, en lo que constituye el segundo subperíodo.
El proceso de constitución de los EUA, para relacionarlo con la propuesta establecida, se resume en el mapa 1 (http://www.pais-global.com.ar/mapas/mapa67.htm).