Francisco Marcos Marín
Este acercamiento al español de los Estados Unidos parte del convencimiento de que se cuenta ya con algunas buenas perspectivas amplias y también con igualmente buenos estudios particulares, lo que permite continuar una reflexión que rellene ciertos aspectos de ese cuadro que todavía debe completarse. Esta visión general, de síntesis, es también particular, como toda circunstancia humana: su planteamiento tiene un punto de partida histórico, especialmente en lo que concierne a su intención de ser el primer estudio con propuestas minuciosas de la periodización de la lengua española al norte del río Grande, como primera etapa necesaria para la construcción de una historia del español en los Estados Unidos. Esa dimensión histórica, de hecho, implica un cambio en la mirada histórica sobre el país, tradicionalmente basada en el Mayflower, los peregrinos y una épica que hoy hay que considerar parcial, aunque, sin duda, exacta en sus aspectos propios y constitutivos. Los EUA son un país construido en torno a unos ideales anglosajones, sobre los que se establecen sus cimientos políticos y culturales, pero desarrollado para albergar a una comunidad mucho más amplia, pluriétnica y pluricultural si se quiere, pero cuyo primer componente es el hispánico, que incluso puede alcanzar un predominio parcial en ciertos territorios, ciudades incluidas, o, mejor, en ciertos estratos o sectores de la sociedad. De la integración de ese componente hispánico, a la cabeza de otros, depende buena parte del futuro de la República y de muchos de los ideales de justicia y libertad que los seres humanos empezaron a ver constituidos de manera estable a partir de 1789.
Se escribe este texto desde América y con una perspectiva americana y se dirige a un público inicialmente europeo. Por ello se puntualizarán cosas que, entre el Atlántico y el Pacífico, pueden ser obvias; pero no lo son en Europa, en concreto, y viceversa. Se escribe desde Tejas, que es Sur y es Suroeste, y, aunque no se limita a esta región, que tiene la dimensión de Europa occidental, se ciñe a ella en la medida de lo posible, sin pretender con ello que se trate de un territorio ni mucho menos homogéneo. Quien vea el español de Nuevo Méjico como el de Tejas o el de Arizona puede estar desviando peligrosamente la mirada. Una visión de conjunto tiene que buscar lo común caracterizador; pero sus lectores harán bien en pensar que todo es mucho más variado, rico y complejo de lo que la observación superficial o el desconocimiento del medio sugiere.
También se busca una presentación gráfica y estadística, en cuanto sea posible, porque es el momento de reconocer, desde la sequedad de los datos, cuanto sea útil para mejorar los planteamientos de una realidad tan importante como incompleta en su conocimiento, la del español de la América anglohablante.