Belisario Betancur
Para concluir, vaya el siguiente testimonio personal.
En la Semana Santa de 1983, un terremoto destruyó Popayán, ciudad universitaria del sur de Colombia. Difícilmente pudo aterrizar el avión presidencial, por las grietas de la pista. Los viejos muros lloraban postrados en las calles centenarias. Cuando llegué a la catedral, la melancolía del Stabat Mater humedecía los escombros. De inmediato se dispuso que la vieja universidad, de la cual ha salido cerca de una veintena de presidentes de Colombia, dirigiera la reconstrucción. Desgonzado de tristeza en la puerta yacente de la catedral, impartí las primeras instrucciones para que la ciudad blanca volviera a levantarse de sus cenizas como un nuevo fénix. Fue entonces cuando ingenieros, arquitectos y artesanos recibieron, en breve homilía, la misión de buscar con cuidado los restos de don Quijote, enterrado en el parque de Caldas, frente a la catedral. Buscaron la tumba, con devoción y consagración, sin encontrarla. Narraban después que en las noches clarasoían dulces quejumbres y suspiros hondos que invadían el aire pleno de recordaciones. ¡Era el alma de don Quijote!