Belisario Betancur
Ni Sancho, ni los amigos, querían que don Quijote muriera.
En América tampoco hemos querido ver a don Quijote muerto, desde cuando Juan Sarria, librero de Alcalá, remitió a un socio de Lima sesenta ejemplares de la primera edición del Quijote, algunos de los cuales se perdieron en el camino, según dice Francisco Rico en la presentación. Mucho antes, en 1590, Cervantes había pedido al Consejo de Indias un puesto en Bolivia, o en México o en Santa Fe de Bogotá y Cartagena de Indias, en la Nueva Granada, cargo que, de no haberle sido negado, habría permitido que el Quijote hubiera sido escrito en las Indias. Por cierto que el escritor colombiano Pedro Gómez Valderrama, contra toda evidencia, en un cuento hizo viajar a Cervantes como contador de galeras, el cargo negado, a Cartagena de Indias, donde sucumbió a los encantos del ron y de una mulata que contemplaba, en las noches caribeñas de luna, desnuda ella y él delirante, en el pueblo de pescadores de La Boquilla.
Pues bien, o porque una trama urdida entre el frustrado viajero a las Indias, y el bachiller Sansón Carrasco, y la sobrina, el cura y el fiel escudero Sancho, hubieran preparado una cuarta salida de don Quijote; o porque las ensoñaciones y necesidades de idealismo, desinterés y nobleza de los pueblos recién descubiertos requirieran de la presencia y de las hazañas del gentil caballero, lo cierto es que don Quijote fue a dar con su humanidad a las Indias. Al parecer, se embarcó en Palos de Moguer. Viajó en la carabela del virrey Blasco Núñez Vela, quien iba al Perú a tomar cuentas a don Francisco Pizarro. En Túmbez se enroló con don Sebastián de Belalcázar, quien viajaba a la Nueva Granada. Y quien había de fundar la ciudad de Popayán, en donde sentó sus reales don Quijote. Allí lo encontró una noche el poeta Guillermo Valencia, quien relata así el episodio:
—¡Don Alonso! —le dije—. ¡Vive Dios! Si es extraña
vuestra presencia aquí, muerto hace tantos siglos.
—¿Muerto yo? ¡Estoy más vivo que en un solar de España
entre duques y dueñas, gigantes y vestigios!
Alenté para el Bien, pero la turba ignara
no descifró el enigma de mi falaz locura:
sublimar lo rüin convirtiéndolo en ara;
dar alas al gusano para vencer la altura.
Pugné por elevar lo común y mezquino
ciñéndome la toga de lo insigne y procero
porque oyesen rugir al león en el pollino,
y en el gañán mirasen un alto caballero.
Magnifiqué las cosas para darles sentido
a la Vida, al Dolor, al Combate, a la Ley,
y no ver mustias pajas cuando se mira un nido
ni ver divinos lampos cuando se mira un rey.
Agiganté los seres de este mundo pequeño br> para valorizar en él toda incidencia;
para borrar las lindes que separan el sueño
de la vigilia; el vago pensar, de la conciencia.
Y me enterraron presto, sin contar con la extraña
fuerza que dio a mi vida don Miguel (que Dios guarde).
Como soy inmortal, pude fugar de España
en Palos de Moguer, sin ruido ni alarde.
—Y siendo así —le dije— ¿para qué el sacrificio
estéril? —Y él, airado—: Para que la existencia
tenga un noble valer que nos haga propicio el sino,
bajo el claro fanal de la conciencia—.
Sancho también viajó al Nuevo Mundo. En efecto, cuenta Andrés Trapiello en su reciente novela Al morir don Quijote (Destino, colección«Ancora y Delfín», Barcelona, 2004) que un año después de muerto el hidalgo caballero, Sancho resolvió viajar a Nueva España, con el bachiller Sansón Carrasco: «Cuando serví a don Quijote me di cuenta de que no hacen falta muchas cosas para salir adelante...», decía.