Belisario Betancur
Veamos otros consejos más:
Si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar; que en esto satisfarás al cielo, que tanto gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada. Si trajeras a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala, y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto, suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.
Es extraña esta dura admonición del respetuoso enamorado que era don Quijote; quien, por cierto, murió soltero. Pero es sabia en el sentido de que no son pocas las instancias de una gobernación en las que se requiere la presencia y contribución de la esposa. Se trata, en todo caso, de prevenciones ante algunas conocidas ligerezas de Sancho. Por eso, también, la recomendación que sigue al gobernante viudo que quiere contraer nuevo matrimonio:
[...] si con el cargo mejorares de consorte, [...] no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.
Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos.
Estas son las cautelas de don Quijote frente a los delitos de cohecho y de prevaricato, castigados por todas las leyes penales en el muneldo, en tanto en cuanto se pretermiten las instancias del derecho por razón de interés. Es la ley del embudo mediante la cual se aplica benevolencia para el amigo y rigor para el enemigo en el reconocimiento de sus derechos: «Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo».
Este principio es la base de la equidad y de toda recta administración de justicia. De una justicia justa, oportuna y objetiva:
Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria, y ponlos en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aún de tu hacienda.
Y así, igualmente, los dos últimos consejos del prudente, del moralista y filósofo, que recuerda al tiempo a Kant, a Montaigne y a Tomás Moro:
Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia, que el de la justicia.
Y este consejo sobre la verdadera autoridad:
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo, que se guarden y cumplan. Que las pragmáticas que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen: antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen. Y las leyes que atemorizan y no se ejecutan vienen a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó y, con el tiempo, la menospreciaron y se subieron sobre ella.
Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos extremos, que en esto está el punto de la discreción...
Terminemos con estas joyas sobre la honestidad. Dice Sancho Panza:
Vuestras mercedes se queden con Dios, y digan al duque mi señor que desnudo me hallo; ni pierdo ni gano. Quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas.
Y Sancho cumplió los consejos del mentor, en los diez días escasos que duró su gobierno de la ínsula Barataria.