Belisario Betancur
Es hora de despedirse en esta primera visita introductoria al Quijote.
Miremos ahora a través de las celosías de su humanidad. Por ellas vislumbramos un espíritu de la más alta nobleza, al cual ni los peores agravios, ni las burlas cruentas, ni su locura misma perturban un hondo sentido de la justicia, como lo demuestran sus consejos a Sancho Panza antes de que asumiera la gobernación de la ínsula Barataria. Hay allí un himno a aquella moral que todavía espera ser descubierta y aplicada. Una moral sin premios ni castigos: una moral no por utópica menos cierta. El hidalgo se acerca a ella con delicadeza, cuando da consejos que repercuten a los cuatro vientos. Su aplicabilidad en el gobierno del mundo contemporáneo es apodíctica, lo sabemos bien sabido quienes gobernamos prendidos de su sabiduría.
Tales reflexiones del cuerdo loco al gobernador deberían estar grabadas en letras de oro, hoy más que nunca, en todos los tribunales de este mundo tan adelantado en la técnica como atrasado y ciego en lo que concierne a la dignidad humana y a la moral, y que tanto necesita de aquella sabia cordura. Veamos algunos de esos consejos. Dice don Quijote a Sancho:
Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.
Lo segundo, has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.
Es el «conócete a ti mismo», que campea en la filosofía desde los presocráticos.
A pesar de lo dicho antes, y tratándose de un viaje entre la alucinación y el realismo, suscita nuestro interés el ejercicio sistemático de la nacionalización por parte de Cervantes: su culto a la justicia está por encima de las debilidades humanas. Va más allá del Sócrates del siglo iv antes de Cristo, y del buen gobierno de Pericles, grandes modelos de una ética a la que algún día llegara la no por lacónica menos estremecedora admonición del señor de la Mancha:
Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.
Y para que el sentido de la equidad y el buen juicio sobre la naturaleza no sean apabullados por aquella compasión, recuerda:
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.
Impresiona en un hombre como Cervantes, tan poco bien tratado por la vida, famoso y rodeado de escaseces, que, al estilo de grandes escritores de todos los tiempos, no hubiera convertido su exigua fortuna en arma envenenada contra la sociedad. Y hay algo más, que ya se había insinuado antes: el Quijote transcurre entre los actores que constituían la vida provinciana en España a finales del siglo xvi y comienzos del xvii. Aquí adhiero a una inquietud intelectual de vieja data: si no se nos enseñara en la escuela que Don Quijote de la Mancha se escribió en una época calificada como Siglo de Oro, ¿podríamos deducirlo de su sola lectura? La respuesta es un no rotundo, así la construcción y el vocabulario constituyan buenos indicios. Si pregunta y respuesta no sugieren interés investigativo o reflexivo, si convoca a discusión el hecho complejo y prolongado de que ni la gente del Quijote, ni la demás gente de España y el resto del mundo, sabía qué le estaba sucediendo como sociedad, ni como país en términos históricos. Los períodos cronológicos, las denominaciones geográficas o políticas, son meras construcciones ociales; los seres humanos nacen, viven y mueren como individuos. Y desde luego como seres sociales. Pero no como actores históricos. Eso es lo que les da su elevada exclusividad a monumentos de la inteligencia como don Quijote de la Mancha: los saca del catálogo de las cuentas materiales, y los transporta al silencioso reino de los manuales de vida.
Hemos leído y visto, en medios audiovisuales, testimonios sobre la vida diaria de los seres humanos, durante guerras de años de duración y otras conmociones. Es que, pase lo que pase, la existencia continúamás allá de las dificultades, la tragedia y el dolor. Al fondo de este panorama se proyectan las batallas fundamentales de testigos, intérpretes y teorizantes. Lo vemos en Herodoto, en Tucídides: pero, sobre todo, cada uno en su lugar, en un Esquilo, en un Sófocles, en un Aristófanes, y para nuestros efectos, en un Cervantes. Hemos de subrayar aquí que si el Quijote es el gran compendio, las Novelas ejemplares son obras en las que se presentan la fisiología y la patología de un sistema. ¿Qué es, si no, Rinconete y Cortadillo, el gran escenario de la connivencia entre autoridad y delito?
Pero no se trata de crear arquetipos. Pueden ser peligrosos, y las clasificaciones corren el riesgo de ser maniqueas. La última aventura de los ideólogos fue la división entre capitalismo y comunismo. Ahora, bajo el signo falsamente novedoso de la globalización, se nos propone enfrentar al dubitativo Hamlet shakesperiano, un casi apocalíptico líder sin dudas, un nuevo Mesías platónico o heideggeriano. Pero los admiradores de don Quijote no caeremos en tentación. No nos engañan ni el líder sin dudas, ni el líder dubitativo. Solo esperamos en el líder comprensivo y justo. Para esto, todos debemos recitar la despedida inmortal:
Señores —dijo don Quijote— vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo. Fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Queda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad a la estimación que de mí se tenía.
Y con ella, lo que agrega el autor inolvidable:
Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tener por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.