Belisario Betancur
No hay por qué insistir en el grado de realismo de la ficción cervantina, ni en su enfoque moral, aunque se ha constituido en una especie de manual de la decencia humana. No estamos ante una parábola al viejo estilo, como diría el ruso Nabokov, y por asimilación según su estilo, su género y su época, nos retan Esquilo, Sófocles, Aristófanes, Shakespeare y Cervantes, a mirar de frente algo que se resume bien así:
Hay historietas que trastornan a la gente, sea la división que condujo a la Guerra del Peloponeso, la división religiosa en Gran Bretaña, o el manejo económico e inquisitorial de España en los siglos xvi y xvii. Siempre habrá recursos para burlar cualquier forma de intolerancia. Recordemos que ya cien años antes de la aparición de El Quijote, en 1508, Erasmo había publicado su Elogio de la locura.
En definitiva ni la historia, ni la filosofía, ni la literatura han influido con profundidad y permanencia, en tiempo y espacio. Fulguran y divierten; y anticipan o reflejan todo, pero determinan poco. Estas grandeza y miseria evocan a Montaigne cuando cuenta que un grande e implacable general de su tiempo lloraba inconsolable ante el cadáver de su hijo sacrificado. Otro militar, duro, que estaba a su lado, le reclamó por tal debilidad y sobre todo porque el problema era insoluble. El afligido respondió: «Lloro precisamente porque sé que es inútil».
Para cerrar estas reflexiones sobre el goce o el sufrimiento inanes, abro camino a la leyenda de que, hacia el año 1100, el teólogo islámico Muhammad al-Ghazali divulgó unas cautelas para leer el Corán. En la sexta regla enseñaba que, para abrevar en el libro sagrado del islamismo, se debía antes sollozar, pues ciertas secciones del Corán han de leerse con tristeza en el corazón.
¿Acaso no nos ocurre lo mismo con el Quijote?